La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
—Bueno, ahora tendrás lo que deseabas.
—No deseo en el mundo otra cosa que…
Casi imponiéndole silencio, Justin se dirigió a mí:
—Ya puedes irte. Te llamas Carlee, ¿verdad? La señora Saint Larston te llamará cuando te necesite.
Incliné levemente la cabeza. Al cruzar la habitación sentí que ella me observaba y lo observaba al mismo tiempo. Sabía lo que estaba pensando, merced a lo que había oído estando oculta en el armario, en esa misma pieza. Era una mujer violentamente celosa; no soportaba que él mirase a otra mujer… ni siquiera a su propia criada.
Toqué los rollos de cabello que tenía sobre la cabeza; tuve la esperanza de que mi complacencia no fuese evidente. Al volver a mi pieza, pensaba que la riqueza no hacía necesariamente feliz a la gente. Era bueno recordarlo cuando alguien tan orgulloso como yo se encontraba de pronto en una situación humillante.
* * *
Esos primeros días en el Abbas siempre resaltarán con claridad en mi mente. La casa misma me fascinaba todavía más que la gente que en ella vivía. La rodeaba una dudosa atmósfera de intemporalidad. Cuando se estaba sola, era muy fácil creerse en otra época. Desde que oyera la historia de las Vírgenes, mi imaginación estaba cautiva; con frecuencia me había imaginado explorando el Abbas… y esta era una de esas poco habituales ocasiones en que la realidad sobrepasaba a la imaginación.
Esas altas habitaciones, con sus cielorrasos tallados y decorados, algunos pintados, otros con inscripciones en latín o en dialecto de Cornualles, eran, un deleite para mí. Me gustaba tocar la suntuosa tela de las cortinas, quitarme los zapatos y sentir la mullida alfombra. Me agradaba sentarme en los sillones y canapés e imaginarme dando órdenes; y a veces hablaba conmigo misma como si yo fuese el ama de la casa. Eso se convirtió en un juego del que yo disfrutaba, y nunca me perdía una oportunidad de jugarlo. Pero aunque tanto admiraba los aposentos, lujosamente amueblados, que la familia utilizaba, me sentía atraída una y otra vez hacia esa parte de la casa que casi nunca se usaba y que evidentemente había formado parte del antiguo convento. Era allí donde Johnny me había llevado la noche del baile. La rodeaba un aroma que repelía y fascinaba al mismo tiempo; un olor húmedo, oscuro; un olor a pasado. Las escaleras, que parecían surgir de pronto y enroscarse por algunos peldaños para luego terminar en una puerta o en un corredor; la piedra que había sido desgastada por millones de pisadas; esos extraños y pequeños— aposentos, con ventanas que parecían hendiduras, que habían sido las celdas de las monjas; y bajo tierra estaban las mazmorras, ya que la casa había tenido una prisión. Descubrí la capilla —oscura y húmeda— con su antiquísimo tríptico, sus bancos de madera, su piso de baldosas de piedra, su altar donde había velas que parecían preparadas para que los ocupantes de la casa acudiesen a orar. Pero yo sabía que nunca se la utilizaba ya, puesto que los Saint Larston iban a orar a la iglesia de Saint Larston.
En esa parte de la casa habían vivido las seis vírgenes; sus pies habían pisado esos mismos corredores de piedra; sus manos habían aferrado la soga al subir los empinados peldaños.
Empecé a querer a esa casa; y puesto que amar era ser feliz, no era desdichada, en esos días, a pesar de pequeñas humillaciones. Me había hecho valer en la sala de los criados, y más bien había gozado de la batalla que allí se hubo de librar, especialmente porque, según me lo aseguraba, yo había sido la vencedora. No era hermosa con los rasgos finamente cincelados de Judith Saint Larston ni con el sutil encanto de porcelana de Mellyora, pero con mi resplandeciente cabello negro, mis grandes ojos que eran muy buenos para expresar desdén, y mi orgullo, era más sorprendentemente atractiva que ellas. Era alta y delgada casi hasta la flacura, y poseía una indefinible cualidad de extranjera que, empezaba a darme cuenta, podía utilizarse en mi beneficio.
Haggety era consciente de ella. Me había colocado en la mesa junto a él mismo, una circunstancia que desagradaba a la señora Rolt; lo sabía porque la había oído protestar.
—Oh, querida mía, por favor —respondió él—, después de todo es la doncella de compañía, como usted debería saber. Es un poco diferente de esas criadas suyas.
—Y a mí me gustaría saber de dónde vino.
—Eso no tiene remedio. Lo que debemos tener en cuenta, es lo que ella es.
¡Lo que ella es!, pensé mientras me pasaba las manos por las caderas. Cada día, a cada hora, me estaba reconciliando más y más con mi vida. Humillaciones, sí, pero la vida en el Abbas podía ser más regocijante que en cualquier otra parte. Y yo vivía allí.
Sentada a la mesa, en la sala de los criados, tenía la oportunidad de estudiar a los ocupantes de la casa que vivían en la planta baja. A la cabecera de la mesa, el señor Haggety —ojillos porcinos, labios propensos a aflojarse ante un plato o una mujer suculentos, gobernando el gallinero—, el rey de la cocina, el mayordomo del Abbas. Lo seguía en importancia la señora Rolt, el ama de llaves, que se autodenominaba viuda, pero muy probablemente utilizara el "señora" como título de cortesía, esperando que algún día el señor Haggety le hiciera la pregunta y el "señora" fuese suyo en derecho cuando hubiese cambiado su apellido, de Rolt a Haggety. Mezquina, taimada, decidida a mantener su puesto: jefa de personal bajo las órdenes del señor Haggety. Después la señora Salt, cocinera, devota de la comida y las habladurías; su talante era lúgubre; habiendo sufrido en su vida matrimonial, había abandonado a su marido, a quien se refería como "aquel" cada vez que era posible; lo había abandonado al venir al Abbas desde la misma punta de Cornualles al oeste de Saint Ives; y expresaba grandes temores de que "algún día él la encontrara. Estaba también su hija, Jane Salt; una mujer de unos treinta años que era doncella, silenciosa, dueña de sí misma, devota de su madre. Luego Doll, hija de un minero, más o menos veinte años, con terso cabello rubio y una afición al azul brillante, que lucía cuando disponía de una o dos horas para salir de conquista, como decía. La simplota Daisy trabajaba con ella en las cocinas, la seguía por todas partes, la imitaba y anhelaba salir de conquista; la conversación de ambas parecía limitarse a dicho tema. Todos estos criados vivían en la casa, pero estaban además los sirvientes externos, que entraban para las comidas. Polore, la señora Polore y el hijo de ambos, Willy. Polore y Willy estaban asignados a los establos, mientras que la señora Polore cumplía tareas domésticas en el Abbas. Había dos cabañas en el cercado; la otra estaba ocupada por el señor y la señora Trelance y la hija de ambos, Florrie. Parecía haber la opinión de que Florrie y Willy debían casarse; todos, salvo la pareja interesada, lo consideraban una excelente idea; solamente Willy y Florrie se resistían. Pero como decía la señora Rolt:
—Ya llegarán a eso a su debido tiempo.
Por eso eran muchos los integrantes del grupo que se sentaba alrededor de la mesa grande del refectorio después de que la familia había comido. Juntas, la señora Rolt y la señora Salt se ocupaban de que nada nos faltara; en todo caso comíamos mejor que los que se sentaban abajo, en el majestuoso comedor.
Empecé a gozar de la conversación, que era muy reveladora, pues poco era lo que les faltaba saber a esas personas en cuanto a los asuntos de la casa o del poblado.
Doll siempre podía animar la mesa con relatos sobre las aventuras de su familia en las minas. La señora Rolt declaraba que, a veces lo que decía Doll le daba escalofríos, y aprovechaba la oportunidad para acercarse más al señor Haggety en busca de protección. El señor Haggety no era muy receptivo; habitualmente estaba ocupado buscando mi pie bajo la mesa, pues parecía creer que ese era un modo de comunicarme que me aprobaba.