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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Durante el resto de la primavera y todo el verano siguientes a la recepción de aquella carta, me sentí como una criatura perdida en un lago entre la niebla. Los días se derramaban uno tras otro en una confusa maraña. Sólo recuerdo retazos de las cosas, aparte de una sensación constante de miedo y sufrimiento. Una fría tarde de invierno, sentada en el cuarto de las criadas mientras la nieve caía muda en el pequeño patio de la okiya, pensé en mi padre tosiendo solo frente a la mesita de su desolada casa; y en mi madre, tan débil que su cuerpo apenas se hundía en el futón. Salí dando tumbos al patio, intentando huir de mi pena, pero, claro está, es imposible huir de la pena que se lleva dentro.

Un año después de que me comunicaran las terribles noticias de mi familia, sucedió algo. Era al principio de la primavera, al siguiente abril, y los cerezos volvían a estar en flor. Puede incluso que ese día hiciera exactamente un año que había recibido la carta del Señor Tanaka. Para entonces ya tenía casi doce años, y empezaba a tener ciertas formas de mujer, mientras que Calabaza seguía pareciendo una niña. Ya había crecido prácticamente todo lo que iba a crecer. Mi cuerpo seguiría siendo fino y nudoso como una ramita, pero mi cara había perdido su blandura infantil y se había afilado en la barbilla y las mejillas, dando a mis ojos una verdadera forma almendrada. Antes los hombres no se fijaban en mí por la calle más de lo que lo harían en una paloma; ahora me miraban cuando pasaba a su lado. Me extrañó ser objeto de su atención después de haber sido ignorada durante tanto tiempo.

En cualquier caso, una madrugada de aquel mes de abril, me desperté soñando con un hombre de barba. La barba era tan espesa que sus facciones se me desdibujaban, como si alguien las hubiera censurado de la película. Estaba frente a mí diciéndome algo que no recuerdo, y luego de pronto abría el estor de papel de la ventana que tenía al lado haciendo un sonoro clac. Me desperté pensando que había oído este ruido en la habitación. Las criadas suspiraban en sueños. Calabaza dormía sin hacer ruido, con su cara regordeta hundida en la almohada. Todo estaba igual que siempre; pero yo estaba extrañamente distinta. Me sentía como si el mundo que estaba viendo hubiera cambiado con respecto al que había visto la noche anterior; casi como si estuviera asomada a la misma ventana que se había abierto en mis sueños.

Por supuesto, no habría podido explicar qué significaba todo aquello. Pero seguí pensando en ello mientras barría el patio aquella mañana, hasta que empecé a sentir ese zumbido típico de cuando le das vueltas a algo en la cabeza, como una abeja metida en un frasco cerrado. No tardé en dejar a un lado la escoba, y me fui a sentar en el pasaje, donde la fresca corriente que salía de debajo de la casa me acariciaba la espalda. Y entonces se me vino a la cabeza algo en lo que no había pensado desde mi primera semana en Kioto.

Un día o dos después de ser separada de mi hermana, estaba lavando unos trapos como me habían mandado que hiciera, cuando una mariposa bajó revoloteando del cielo y se posó en mi brazo. La espanté de un manotazo, esperando que se fuera volando a otro lado, pero en lugar de esto, cayó como una piedrecita al suelo del patio. No sabía si había caído del cielo ya muerta o si yo la había matado, pero su muerte me conmovió. Admiré el bonito dibujo de sus alas y luego la envolví en uno de los trapos que estaba lavando y la escondí debajo de la casa.

No había vuelto a pensar en aquella mariposa; pero en cuanto la recordé, me arrodillé y busqué junto a los pequeños pilotes que soportaban la casa hasta que la encontré. Muchas cosas en mi vida habían cambiado, incluso mí aspecto; pero cuando desenvolví la mariposa, despojándola de su sudario, seguía siendo la misma criatura sorprendentemente hermosa del día que la había enterrado. Parecía vestida en unos suaves tonos grises y marrones, semejantes a los que llevaba Mamita cuando salía por la noche a jugar al mah-jong. Todo en ella era hermoso y perfecto y estaba totalmente intacto. Con que sólo una cosa en mi vida hubiera seguido igual que estaba cuando llegué a Kioto… Cuando pensé esto, mi mente empezó a girar como un remolino. Me sorprendía que fuéramos -la mariposa y yo- dos extremos opuestos. Mi existencia era como un río, que cambiaba cada día. Mientras pensaba estas cosas, saqué un dedo para acariciar la superficie aterciopelada de la mariposa, pero en cuanto la rocé, se convirtió de inmediato en un montoncito de ceniza, sin hacer el más mínimo ruido, sin darme siquiera tiempo a verla desmoronarse. Me asombró tanto que dejé escapar un gritito. El torbellino de mi mente se detuvo; me sentí como si hubiera entrado en el ojo del huracán. Dejé caer el pequeño sudario y la pila de cenizas, que revolotearon y se posaron en el suelo; y entonces comprendí el enigma que me había tenido desconcertada toda la mañana. El aire ya no olía a cerrado. El pasado había desaparecido. Mi madre y mi padre habían muerto y yo no podía hacer nada para cambiarlo. Pero supongo que yo también había estado en cierto modo muerta aquel último año. Y mi hermana… pues sí, se había ido; pero yo no me había ido. No estoy segura de que lo entiendas, pero era como si me hubiera vuelto a mirar hacia otro lado, de modo que ya no tenía frente a mí el pasado, sino el futuro. Y ahora la cuestión a la que me enfrentaba era: ¿cómo sería aquel futuro?

No bien me hube formulado esta pregunta, supe con una certeza como no había tenido hasta entonces que en el transcurso de aquel día recibiría un signo al respecto. Por eso en mi sueño un hombre con barba abría una ventana. Me decía: «Estate atenta a aquello que se te aparezca, pues ése será tu futuro».

No tuve tiempo de pensar más, pues en ese momento la Tía me dio una voz:

– ¡Chiyo, ven!

Avancé por el pasillo de tierra del patio como en trance. No me habría sorprendido si la Tía me hubiera dicho: «¿Quieres saber tu futuro? Pues entonces escucha atentamente…». Pero en lugar de ello, la Tía sencillamente me entregó dos adornos del pelo sobre un trozo de seda blanca.

– Agárralos -me dijo-. Dios sabe lo que andaría haciendo Hatsumono anoche; volvió a la okiya con los adornos del pelo de otra chica. Debió de beber más de lo que acostumbra. Ve a ver si la encuentras en la escuela, pregúntale de quién son y devuélveselos a su dueña.

Cuando tomé los adornos, la Tía me dio un trozo de papel con varios recados apuntados y me dijo que en cuanto hubiera terminado volviera inmediatamente a la okiya.

Puede que el volver a casa de noche con los adornos del pelo de otra persona no suene tan extraño, pero en realidad es como volver a casa con la ropa interior de otra persona puesta. Las geishas no se lavan la cabeza todos los días; llevan unos peinados demasiado complicados para ello. Así que los adornos del pelo son algo bastante íntimo. La Tía ni siquiera quiso tocarlos, por eso los puso sobre un trocito de seda. Los envolvió en ella para dármelos, de modo que parecían la mariposa envuelta en un trapo que había tenido en la mano unos minutos antes. Claro está que un signo no significa nada a no ser que sepas cómo interpretarlo. Me quedé mirando aquel atado de seda hasta que la Tía dijo: «¡Por todos los cielos, agárralo y vete a hacer lo que te mando!». Luego, de camino hacia la escuela, lo desenvolví para echar otro vistazo a los ornamentos. Uno era una peineta de laca negra con la forma de un sol poniéndose tras las colina y con unas flores pintadas por el borde; el otro era un palillo de madera dorada que llevaba en el extremo una pequeña esfera de ámbar sujeta por dos perlas.

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