Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Me quedé tan sorprendida que me llevé la mano a la boca y no la bajé en un buen rato; estoy segura de que debí de poner unos ojos como platos. El remite, bajo los sellos, era del Señor Tanaka. No tenía ni idea de lo que contenía el paquete, pero al ver el nombre del Señor Tanaka… dirás que es absurdo, pero sinceramente esperé que hubiera reconocido su error al enviarme a aquel sitio tan espantoso y me había mandado algo para librarme de la okiya. No puedo imaginarme qué se puede enviar en un paquete para librar a una niña de la esclavitud; incluso entonces no me resultaba fácil imaginármelo. Pero en el fondo de mi corazón, creí de verdad que cuando abriera aquel paquete, mi vida cambiaría para siempre.
Antes de poder pensar qué iba a hacer entonces, la Tía bajó y me dijo que me apartara del paquete, aunque fuera dirigido a mí. Me habría gustado abrirlo yo misma, pero pidió un cuchillo para cortar el cordel y luego se tomó su tiempo para desenvolverlo. Bajo el papel había una capa de tela de saco cosida con el tosco hilo de las redes de pesca. Y cosido a la tela de saco por sus esquinas había un sobre con mi nombre. La Tía lo separó y luego retiró la tela de saco y reveló una caja de madera oscura. Yo empecé a ponerme nerviosa con lo que podría haber dentro, pero cuando la Tía levantó la tapa, me sentí desfallecer. Pues allí, dispuestas sobre un lecho de tela blanca, estaban las tablillas mortuorias que habían presidido antaño el altar de nuestra casita. Dos de ellas, que yo no había visto antes, parecían más nuevas que las otras y llevaban unos nombres budistas desconocidos para mí y escritos con unos caracteres que yo no entendía. Me asustaba la sola idea de pensar por qué las habría enviado el Señor Tanaka.
La Tía dejó de momento la caja en el suelo, con las tablillas cuidadosamente alineadas en su interior, y sacó la carta del sobre para leerla. Yo esperé de pie lo que me pareció una eternidad, llena de temor y no atreviéndome siquiera a pensar. Finalmente, la Tía suspiró profundamente y me llevó por el brazo hasta la sala. Cuando me arrodillé delante de la mesa, me temblaban las manos sobre el regazo, probablemente del esfuerzo que estaba haciendo por no dejar salir a la superficie de mi mente todos aquellos temores. Tal vez era un signo esperanzador que el Señor Tanaka me hubiera enviado las tablillas mortuorias. ¿No podría tratarse de que mi familia se trasladaba a Kioto e íbamos a comprar un altar nuevo para poner todas las tablillas? O, tal vez, Satsu le había pedido que me las enviara, porque iba a regresar. Entonces la Tía interrumpió mis pensamientos.
– Chiyo, te voy a leer algo que te escribe un hombre llamado Tanaka Ichiro -me dijo con una voz extrañamente grave y lenta. Creo que dejé de respirar mientras ella extendía el papel sobre la mesa.
Querida Chiyo:
Han pasado dos estaciones desde que te fuiste de Yoroido y pronto nacerán nuevos capullos en los árboles. Las flores que salen donde otras se marchitaron nos recuerdan que un día nos llegará a todos la muerte.
Como el huérfano que esta humilde persona fue en su día, siento tener que comunicarte el terrible pesar que has de sobrellevar. Seis semanas después de que te fueras Dará iniciar una nueva vida en Kioto, dieron fin los sufrimientos de tu honorable madre, y sólo unas semanas después tu honorable padre dejó también este mundo. Esta humilde persona lamenta profundamente dichas pérdidas y te ruega que tengas la seguridad de que los restos mortales de ambos han recibido sepultura en el cementerio del pueblo. Se celebraron ceremonias fúnebres en el Templo Hokoji de Senzuru, y además las mujeres de Yoroido les cantaron los sufras. Esta humilde persona confía en que ambos hayan encontrado su lugar en el paraíso.
El aprendizaje de una geisha es un camino arduo. Sin embargo, esta humilde persona admira con todo su corazón a quienes son capaces de refundir su sufrimiento y se convierten en grandes artistas. Hace unos años, estando de visita en Gion, tuve el honor de presenciar las danzas de primavera y de asistir a la fiesta que siguió en una casa de té, y esa experiencia me causó una profunda impresión. Me proporciona cierta satisfacción saber que hemos encontrado para ti un lugar seguro en el mundo, Chiyo, y que no te verás obligada a sufrir años de incertidumbre. Esta humilde persona ha vivido lo bastante para haber visto crecer a dos generaciones de niños, y sabe lo raro que es que nazca un cisne de un pájaro común. El cisne que sigue viviendo en el árbol de sus padres acaba muriendo; por eso quienes están dotados de belleza y de talentos llevan la carga de encontrar su propio camino.
Tu hermana, Satsu, vino a Yoroido al final del otoño pasado, pero enseguida huyó con el hijo del Señor Sugi. Éste espera fervientemente volver a ver a su querido hijo antes de morir, y, por consiguiente, te pide que si recibes noticias de tu hermana, tengas la bondad de notificárselo de inmediato.
Sinceramente tuyo,
Tanaka Ichiro
Mucho antes de que la Tía hubiera terminado de leer la carta, las lágrimas habían empezado a manar de mis ojos, como el agua que sale de una olla hirviendo. Pues ya habría sido bastante malo enterarme de la muerte de mi madre, o de la de mi padre. ¡Pero enterarme de golpe de la muerte de ambos y de que también había perdido a mi hermana para siempre…! Mi mente no tardó en sentirse como un jarrón hecho añicos en el suelo. Me sentía perdida incluso dentro de aquella habitación.
Pensarás que era muy ingenua al haber mantenido viva durante tanto tiempo la esperanza de que mi madre siguiera viva. Pero tenía tan poco que esperar que supongo que me habría agarrado a cualquier cosa. La Tía fue muy amable conmigo mientras yo intentaba recuperarme. «Ánimo, Chiyo, ánimo. Ya ninguno de nosotros puede hacer nada.»
Cuando por fin pude hablar, le pedí a la Tía que dispusiera las tablillas donde yo no las viera y que rezara en mi nombre, pues a mí me apenaría mucho hacerlo. Pero ella se negó, y me dijo que debería darme vergüenza de volver así la espalda a mis ancestros. Me ayudó a ponerlas en un estante junto al pie de la escalera, donde podía rezar delante de ellas todas las mañanas. «No las olvides nunca, Chiyo-chan», me dijo. «Son lo único que te queda de tu infancia.»
Capítulo nueve
Más o menos por la época de mi sesenta y cinco cumpleaños, un amigo me envió un artículo titulado «Las veinte grandes Geishas del pasado de Gion». O tal vez era las treinta grandes geishas, no recuerdo exactamente. Pero yo estaba incluida con un pequeño párrafo en el que se contaban algunos datos sobre mi vida; entre ellos, que había nacido en Kioto, lo que, claro está, no era cierto. Y también puedo asegurarte que tampoco fui una de las grandes veinte geishas de Gion. Hay gente que no distingue entre lo grande y lo que les han contado. En cualquier caso, de no haberme escrito el Señor Tanaka anunciándome la muerte de mis padres y la desaparición de mi hermana, como tantas chicas de baja extracción social, me habría considerado afortunada si acababa siendo una geisha mediocre y no especialmente feliz.
Seguramente recordarás que dije que la tarde que conocí al Señor Tanaka fue la mejor y también la peor de mi vida. Probablemente no me sea necesario explicar por qué fue la peor; pero puede que te preguntes cómo se me ocurrió pensar que podría salir de allí nada bueno. Es cierto que hasta ese momento de mi vida, el Señor Tanaka no me había traído más que sufrimientos; pero también cambió para siempre mis horizontes vitales. Llevamos nuestras vidas como el agua que corre colina abajo, más o menos en una dirección, hasta que damos con algo que nos obliga a encontrar un nuevo curso. Si no hubiera conocido al Señor Tanaka, mi vida habría discurrido, cual simple riachuelo, entre nuestra casita piripi y el océano. El Señor Tanaka lo modificó todo al mandarme al mundo. Pero no es lo mismo que te envíen al mundo que dejar el hogar voluntariamente. Llevaba en Gion un poco más de seis meses cuando recibí la carta del Señor Tanaka; y, sin embargo, durante ese tiempo, nunca había dejado de creer que algún día encontraría una vida mejor en cualquier otro lado, junto a mi familia o lo que quedara de ella. Sólo una parte de mí vivía en Gion; la otra vivía en los sueños de volver a casa. Por eso los sueños son tan peligrosos: abrasan como el fuego y a veces nos consumen completamente.