El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– Algo ayuda.
– Hablas como el doctor Hayes. ¿Cómo es posible que ese hombre se sacara el título? No mueve un dedo. «Esperar y observar», esa es su única solución. Hay que hacer algo ya. Cirugía. Fármacos.
– ¿Fármacos? ¿Te refieres a enmascarar los síntomas?
– ¿Crees que soy solo un síntoma? ¿Su hermana falsa?
– No es eso lo que estoy diciendo -respondió Daniel, y por un momento pareció distanciarse de ella.
Karin tendió las palmas, disculpándose al mismo tiempo que se defendía.
– Mira. Por favor, no… por favor, no me dejes sola con esto. Me siento tan impotente. No he hecho nada en absoluto por él. -Y, ante la mirada de total incredulidad que le dirigió Daniel, añadió-: Su auténtica hermana lo habría hecho.
Daniel intentaba serle de utilidad, y le compró otros dos libros en edición de bolsillo. El autor era Gerald Weber, un neurólogo cognitivo, al parecer muy conocido, que vivía en Nueva York. Daniel había encontrado el nombre en las noticias, con respecto a un libro muy esperado que estaba a punto de aparecer. Se disculpó por no haberlo descubierto antes. Karin examinó la foto del autor, un cincuentón de cabello gris y rostro amable, con pinta de dramaturgo. Los ojos, de expresión meditabunda, miraban con fijeza a un lado del cristal de las gafas. Parecían encontrar a Karin, sospechar ya su historia.
Devoró los libros en tres noches seguidas. Eran apasionantes, y a medida que pasaba los capítulos, no podía abandonar la lectura. Los libros del doctor Weber componían un documental de cada uno de los estados en que podía entrar la conciencia, y, desde sus primeras palabras, ella sintió la conmoción de descubrir un nuevo continente donde no había habido ninguno. Los casos que exponía revelaban la alucinante plasticidad del cerebro y la infinita ignorancia de la neurología. Escribía en un estilo simple y llano que se basaba más en los relatos de las personas que en la sabiduría médica vigente. En Más vasto que el cielo, afirmaba: «Ahora más que nunca, sobre todo en la era del diagnóstico digital, nuestro bienestar integral no depende tanto de hablar como de escuchar». A ella nadie la había escuchado. Aquel hombre sugería que tal vez merecería la pena escucharla. El doctor Weber escribía:
El espacio mental es mayor de lo que podamos pensar. Cada una de las cien mil millones de células de un solo cerebro establece millares de conexiones. La fuerza y la naturaleza de esas conexiones varían cada vez que el uso las activa. Cualquier cerebro puede adoptar más estados singulares que partículas hay en el universo… Si preguntarais a un grupo de neurocientíficos reunidos al azar cuánto sabemos acerca de la manera en que el cerebro conforma el yo, la mejor respuesta que podrían dar sería: «Casi nada».
En una serie de historias de casos personales, Weber mostraba el asombro e infinito misterio que encierra el interior de la estructura más compleja del universo. Los libros producían en Karin un temor reverencial que había olvidado, y se sorprendía al ser capaz de experimentarlo todavía. Karin leyó sobre cerebros divididos que luchaban por la posesión de su inconsciente dueño; sobre un hombre capaz de pronunciar frases pero no repetirlas; sobre una mujer que olía el color violeta y oía el naranja. Muchas de esas historias la hacían sentirse agradecida por que Mark hubiera evitado un destino peor que el síndrome de Capgras. Pero incluso cuando el doctor Weber escribía sobre personas incapaces de hablar, estancadas en el tiempo o inmovilizadas en estados previos al de mamífero, parecía tratarlos a todos como si fuesen sus parientes más cercanos.
Por primera vez desde que Mark se irguiera y hablara, Karin experimentaba un cauto optimismo. No estaba sola: la mitad de la humanidad sufría cierto grado de dolencia cerebral. Leyó de cabo a rabo ambos volúmenes, sus sinapsis cambiando mientras devoraba las páginas. El escritor parecía poseer una poderosa inteligencia adelantada a su tiempo. Karin no podía estar segura del camino que abriría ante ella el accidente de Mark. Pero, de alguna manera, sabía que se había cruzado con el de aquel hombre.
A juzgar por lo que él mismo decía, el doctor Weber nunca se había adentrado en un terreno como aquel en el que su hermano vivía ahora. Karin se sentó a escribirle, imitando a conciencia su estilo. Tenía la sensación de que era prácticamente imposible lograr que aquel deslumbrante investigador se interesara por ella, pero podía hacer que la misma insensatez del Capgras de Mark resultara irresistible para un hombre como aquel.
Escribió a Gerald Weber con pocas esperanzas de que le respondiera. Pero ya imaginaba lo que ocurriría si llegaba a hacerlo. Vería en Mark un caso como los que describían sus libros. «Las personas cuyas vidas han cambiado de este modo se diferencian de nosotros solo en cuestión de grado. Cada uno de nosotros ha habitado en esas islas desconcertantes, aunque solo haya sido brevemente.» Las probabilidades de que ni siquiera leyera su nota eran grandes. Pero los libros de Weber describían cosas mucho más extrañas como si fueran habituales.
– Estos libros son increíbles -le dijo a su amante-. El autor es asombroso. ¿Cómo lo has descubierto?
Volvía a estar en deuda con Daniel. Por encima de todo lo demás, él le había procurado aquel hilo de posibilidad. Y ella, una vez más, no le había dado nada a cambio. Pero, como siempre, Daniel no parecía necesitar nada más que la oportunidad de dar. De todos los estados morbosos del cerebro que describía el doctor, ninguno era más extraño que el de cuidar y preocuparse por los demás.
SEGUNDA PARTE
Conozco una pintura tan evanescente que raras veces se ve.
Aldo Leopold,
Almanaque del Condado Arenoso
Con más rapidez que cuando se reunieron, los únicos testigos desaparecen. Se agrupan en el río durante unas pocas semanas, engordan y entonces emprenden el vuelo. A una señal invisible, la alfombra se deshilacha y forma madejas. Millares de aves en hilera se alzan como un hilo inmenso, llevándose consigo su recuerdo del Platte. Medio millón de grullas se dispersan por el continente. Avanzan hacia el norte, y recorren un estado o más al día. Las más fuertes podrían cubrir aún millares de kilómetros, aparte de los millares que las han traído a este río.
Las grullas que se apretujaban en densas colonias aviares ahora se dispersan. Vuelan en familias, emparejadas para toda la vida con uno o dos vástagos, los que hayan sobrevivido al año anterior. Se dirigen a la tundra, la turba y las tierras pantanosas, un origen recordado. Siguen hitos geográficos -agua, montañas, bosques-, lugares recuperados de años anteriores por medio de un mapa grullesco en el interior de una cabeza de grulla. Horas antes de que comience el mal tiempo, se detendrán a pasar el día, prediciendo las tormentas sin ninguna evidencia. En mayo, encuentran los lugares para anidar que abandonaron el año anterior.
La primavera se extiende por el Ártico acompañada por los gritos de esas aves arcaicas. Una pareja que se ha posado junto a la carretera la noche del accidente, cerca de la camioneta volcada, avanza hacia su hogar en un remoto trecho de la costa de Alaska, en el canal de Kotzebue. A medida que se aproximan al nido, en sus cerebros se cambia un chip estacional, y se vuelven ferozmente territoriales. Atacan incluso a su desconcertado polluelo, el que han alimentado durante todo este camino de regreso, expulsándolo a picotazos y golpes de ala.
La pareja gris azulada se vuelve marrón, debido al hierro que se oxida en estos tremedales. Se revisten de barro y hojas, un camuflaje estacional. Su nido es un montón de plantas y hojas rodeado por un foso de un metro de ancho. Se llaman una a otra, con tráqueas enrolladas y resonantes como trombones. Danzan haciendo profundas reverencias, agitando el aire fresco y salado, las gargantas arqueadas hacia atrás, con algún impulso que oscila entre el estrés y la alegría: la primavera ritual en el borde septentrional del ser.