El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Estaba dando vueltas y más vueltas a la piedra en su mano, cuando de pronto sintió que los dedos de Cyllan se entrelazaban con los suyos, deteniendo el movimiento.
—Tus pensamientos no son felices, Tarod —dijo ella a media voz—. ¿Estabas pensando en lo que sucedió en Perspectiva?
El la miró y suspiró.
—Sí. Y me estaba preguntando qué vería en tus ojos cuando te despertases, y si podría resistirlo.
— ¿Por qué no habrías de poder? ¿Tanto crees que he cambiado?
Tarod sacudió la cabeza. Hizo un indeciso intento de retirar la mano, pero ella no la soltó.
—Ayer viste por primera vez la fuerza que realmente me anima, Cyllan —dijo—. Viste mi alma, y esta alma no es humana. Viste el Caos.
—Vi a Tarod como veo a Tarod ahora... y como he tocado y he sentido a Tarod esta noche.
—Entonces tal vez no comprendes todavía lo que realmente soy.
La cara de ella estaba parcialmente cubierta por la cortina de sus cabellos, pero incluso en la penumbra pudo ver él una extraña y ardiente intensidad en sus ojos.
—Oh, sí, creo que lo comprendo —dijo obstinadamente ella—. Sé que me amas lo bastante para haberme salvado la vida, sin importarte el precio que habrías de pagar por ello. En cuanto a si el motivo procede del Orden o del Caos, ¡esto no importa, Tarod! Es un sentimiento humano, una emoción de mortal. —Le apretó con fuerza los dedos—. ¿No demuestra esto dónde está la verdad real? Sí; mataste a alguien. Pero lo hiciste para salvarme. ¿Y no sería hipócrita si te condenase por no haber hecho más de lo que hice yo?
Tarod comprendió lo que ella estaba diciendo y, al fin, vio confirmado algo que había oído pero de lo que dudaba. Se desconcertó un poco al descubrir que esta confirmación no le pilló por sorpresa.
—Entonces es verdad, tú mataste a Drachea Rannak... —dijo.
Cyllan se apartó de él.
—Sí. Yo le maté, y no puedo lamentarlo. He tratado de sentir remordimiento, pero no he podido; no, después de lo que él trató de hacernos. —Al fin le soltó la mano y caminó hacia el borde del bosque, contemplando los montes de Perspectiva, pero sin captar nada del paisaje—. Empleé la piedra para matarle, y la emplearía de nuevo..., la emplearía ahora, si tuviese que hacerlo. ¿Hace esto que sea mala?
—No. Pero...
—Tarod, si te cuesta reconciliarte con tu conciencia, entonces sólo puedo rezar para que comprendas y me perdones por lo que he hecho...
El se acercó a ella.
—Sabes que no hay nada que perdonar. Si...
Ella le interrumpió de nuevo, con voz inesperadamente dura.
—No me refiero solamente a Drachea. Hay más.
—Más —Tarod vaciló; después apoyó las manos en los hombros de ella, atrayéndola hacia sí, aunque ella todavía no quiso mirarle—. Dímelo.
Sintió que Cyllan temblaba, y esta vez pareció que tenía que hacer un gran esfuerzo de voluntad para hablar.
—Tú rechazaste tu propia alma porque no querías tener parte de una herencia maligna —dijo—. Yo, en cambio, no pude seguir tu principio, y creo que esto me hace mucho más mala que tú. Mira.., hice un pacto con el Caos para conseguir tu libertad.
Los dedos de Tarod apretaron reflexivamente los músculos de su hombro, pero ésta fue la única señal externa de la impresión que sentía. Cyllan levantó poco a poco el brazo izquierdo y volvió hacia arri ba la palma de la mano, para que se arremangase la manga de su chaqueta. Incluso en la penumbra, pudo ver él la oscura cicatriz que, como una quemadura, manchaba su piel.
—Yandros hizo esta marca —le dijo Cyllan pausadamente—. Besó mi muñeca para sellar nuestro pacto.
Tarod, pasmado, le asió el brazo, pero lo hizo con amabilidad. La piel estaba arrugada y, al tocar la cicatriz, pudo sentir su origen; era un estigma que el tiempo no podría borrar. Recordó con terrible claridad la cara de Yandros; la boca orgullosa y sonriente, los ojos siempre cambiantes, el poder que desafiaba los conceptos mortales... El había retado a Yandros una vez, y le había vencido; pero comprendía al Caos mejor que cualquier otro hechicero, y sabía cómo emplear las propias armas del Señor de las Tinieblas contra él. La idea de que Cyllan, inexperta y sin protección, se había enfrentado con aquel poder, le estremeció hasta la medula.
Sin saber cómo expresar sus sentimientos con palabras, dijo:
— ¿Pero... , cómo pudo él llegar hasta aquí? Estaba desterrado.
Cyllan cruzó con fuerza los brazos.
—Yo le llamé... , supongo que tú dirías que le rogué... y él me respondió. Es cuanto sé. Apareció en mi habitación y... y accedió a ayudarme.
Cerró los ojos, tratando de expulsar de la memoria aquella sensación de poder espantoso y el miedo paralizador que podía todavía engendrar.
Tarod lanzó un fuerte y largo suspiro, dominando el impulso de maldecir el mundo y todo lo que había en él.
—Cyllan... Cyllan, ¡lo que hiciste fue una locura! ¿Por qué a:-tuaste tan temerariamente?
Ella se volvió al fin, con los ojos brillantes.
—¿Y qué otra cosa podía hacer? Tú ibas a morir, y Yandros era el único, aparte de mí, que quería que vivieses. —Una extraña y amarga sonrisa deformó su semblante—. ¿Crees que Aeoris habría intervenido para salvarte la vida?
Ella llamó a la quintaesencia del mal, aceptando la condenación, y todo por él... Tarod sintió un ciego furor al pensar en lo que tenía que haber sufrido y, al mismo tiempo, se sintió dolorosamente conmovido por su valor. Cierto que él habría hecho lo mismo y más por ella, sin pensarlo dos veces; pero él conocía demasiado al Caos para temerlo. Pero Cyllan era diferente. Interpretando erróneamente su silencio, Cyllan se apartó de él, súbitamente afligida. Su jactancia desafiadora había durado poco; ahora agachó la cabeza.
—Lo siento —murmuró—. Sé lo que él te ha hecho, lo que es..., ¡pero no tenía alternativa! Tenía que salvarte, y sólo podía apelar a su poder. Por favor, Tarod, no me odies.
—¿Odiarte? —Hizo una pausa, después la asió y, cuando ella trató de resistirse, la estrechó con fuerza entre sus brazos—. ¿Acaso no me conoces, Cyllan? —Su tono era ardiente—. Lo único que importa, lo único que me preocupa, es el riesgo que corriste. Conozco a Yan-dros, y sé que no da absolutamente nada sin tomar en pago más de lo que recibe. —La terrible idea que había tratado de no expresar brotó súbitamente de sus labios— ¿Qué le prometiste a cambio de su ayuda?
Cyllan levantó la mirada y pestañeó.
—Mi lealtad.
—Lealtad...
—Fue todo lo que me pidió. —Rió en un tono extraño, entrecortado—. Dijo que ya me había condenado a los ojos de mis propios dioses al llamarle; por consiguiente, ¿qué tenía que perder?
Esta generosidad no era propia de la naturaleza de Yandros. Tenía que haber tenido otro motivo y ese motivo era de mal agüero...
—El quiere que vivas, Tarod —dijo Cyllan—. Así me lo dijo. Y parece que quiere que yo sobreviva también... , al menos por ahora. — Sonrió, aunque tristemente—. Le pedí que me matase, para librarte del pacto que habías hecho con el Sumo Iniciado, pero se negó. Dijo... dijo que yo podía serle útil. Y así cerramos el trato.