Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
– Esta mañana recibió una carta de unos parientes del reverendo Newcombe, su prometido -contestó-. Van a pasar unos días en la ciudad y la han invitado a visitar los jardines de Kew con ellos y con sus hijos.
– Será una excursión agradable -replicó él-. Y el tiempo no podía ser más propicio. No hace mucho calor ni mucho viento.
– Supongo que podríamos hablar del tiempo hasta que lleguemos al parque, señor Huxtable -dijo Hannah en cuanto Constantine salió de la plaza-. Yo, en cambio, prefiero dejar constancia de lo molesta que me siento con usted.
– Sí -replicó él, que volvió la cabeza para mirarla-. Ya me había dado cuenta.
– Anoche, en mitad de la fiesta, encontré a Barbara al borde del llanto en el tocador de señoras.
– Vaya -dijo él antes de clavar la vista al frente.
– Creía haber traicionado mi confianza -explicó-. Temía que diera por terminada nuestra amistad. Pero, como es una dama de moral inquebrantable y rígida, se sentía en la obligación de confesarme lo que había hecho en vez de ocultármelo.
Constantine no le preguntó a qué se refería. Se limitó a guiar con habilidad los caballos para adelantar a una carreta que circulaba más despacio que ellos.
– Crecí en el pueblo de Markle, en Lincolnshire -siguió-. Era la hija del señor Joseph Delmont, un caballero de escasa importancia social o fortuna. Tenía una hermana, Dawn. Ahora es lady Young, la esposa de sir Colin Young, un baronet. Fue en la boda de un primo suyo, ahora fallecido, donde conocí al duque de Dunbarton, con quien me casé cinco días después. No he vuelto a Markle ni he mantenido contacto alguno con ningún miembro de mi familia desde entonces. ¿Quiere saber algo más, señor Huxtable?
Constantine seguía con la mirada fija al frente. Un enorme y antiguo carruaje avanzaba hacia ellos por el centro de la calzada pese a los improperios que le proferían los transeúntes al distraído cochero. De modo que se vio obligado a apartarse para evitar una colisión. Tenía los labios apretados.
– ¿Sobre el motivo por el que nunca he vuelto a casa, por ejemplo? -sugirió. Sentía los fuertes latidos del corazón en el pecho. Le estaban atronando los oídos.
En ese momento Hannah se percató de que el carruaje pertenecía a la condesa viuda de Blackwell y de que la dama en cuestión la saludaba con un regio gesto de la cabeza desde una de las ventanillas. Le devolvió el saludo con una sonrisa y un gesto de la mano.
– Pues te diré por qué -dijo, tuteándolo de nuevo y dispuesta a responder la pregunta aunque él no la hiciera-. Durante dicha boda, descubrí que Colin Young, mi prometido, se encontraba detrás del cenador con mi hermana, en una situación que solo podría calificarse de «comprometida» si no se quiere herir la sensibilidad del interlocutor con un lenguaje más descriptivo. Y después de que se… separasen y se arreglasen, ambos se mostraron desafiantes y a la defensiva en vez de avergonzados y contritos, u horrorizados, porque los hubiera descubierto. Dawn me dijo que se había cansado de estar siempre a mi sombra, de que nunca se fijaran en ella porque todo el mundo quería mirarme a mí. Que estaba harta de sentirse fea. Quería a Colin y Colin la quería a ella, y me aseguró que yo no podía hacer nada para cambiar ese hecho. Colin me dijo que mi hermana tenía razón. Había llegado hacía relativamente poco al vecindario y mi belleza lo cegó al principio, antes de conocer a Dawn y de darse cuenta de que la personalidad era muchísimo más importante que cualquier otra cosa. Y que el amor también lo era. Añadió que lo sentía muchísimo, pero que había decidido que quería a una mujer de verdad en vez de a una simple beldad. Su intención no era la de ofenderme, claro. Porque realmente yo era guapa. Colin esperaba que comprendiera su situación y que lo liberara de una obligación que se había convertido en una carga para él.
»Como si yo no fuera real. Como si yo fuera incapaz de sentir amor o compañerismo. Como si fuera incapaz de sentirme dolida porque era guapa.
»Y, después, cuando arrastré a mi padre a la biblioteca y me arrojé a sus abrazos en busca de consuelo y apoyo, me dijo con un suspiro que mi belleza llevaba toda la vida siendo una pesada carga para él… al menos desde que mi madre murió cuando yo tenía trece años. Me dijo que siempre fui la preferida de mi madre, pero que él era muy consciente de que tenía dos hijas. Que todas las muchachas me admiraban y querían ser mis amigas, de modo que prácticamente obviaban a Dawn; y que todos los jóvenes me rondaban y se peleaban para llamar mi atención, sin reparar siquiera en mi hermana. Me preguntó que por qué debía envidiar su felicidad cuando había acabado encontrando el amor después de todo. Me aseguró que si me preocupara mínimamente por mi hermana, me habría percatado de la situación semanas atrás. Me preguntó si iba a ser egoísta, como siempre, y me iba a negar a liberar a Colin Young de una promesa que había hecho sin pensar y de la que se había arrepentido casi de inmediato; si no era capaz de pensar en otra persona que no fuera yo misma al menos una vez en la vida. Porque según él, yo encontraría otro hombre cuando quisiera.
»Sin embargo, yo llevaba toda la vida intentando parecerme a las demás. Quería a mi hermana e intentaba que los demás la quisieran también. Nunca entendí por qué la gente no la apreciaba. Además, yo no la obligaba a estar a mi sombra. De verdad que no. De vez en cuando se las apañaba para quitarme amigos y admiradores, y se regodeaba después. No siempre nos llevábamos bien. Tuvimos unas cuantas peleas memorables, y estoy segura de que fui tan hiriente como ella. Pero era mi hermana. ¡La quería! Jamás pensé que pudiera arrebatarme a mi prometido. Existía un compromiso. Los juegos se habían acabado.
»Tal vez ellos tenían razón. Tal vez todo fuera culpa mía. Tal vez…
Hannah se detuvo para tomar aire. De hecho, estaba jadeando. La puerta de entrada al parque se encontraba muy cerca.
– Duquesa -dijo Constantine.
Sin embargo, alzó una mano para silenciarlo. Todavía no había terminado.
– Le quería -afirmó-. No pensé que tuviera que proteger mi corazón. Solo tenía ojos para él. Sabía que mi belleza podía ser una desventaja en ocasiones. Sabía que a veces las demás muchachas me envidiaban cuando había jóvenes cerca. Intenté no ser guapa. Lo intenté incluso de niña porque me avergonzaba que mi madre alabara mi belleza delante de Dawn y de otras niñas, que me mirase complacida y me atusara los tirabuzones para ponerme más guapa. Cuando fui lo bastante mayor para elegir mi propia ropa, intenté llevar vestidos discretos y peinarme con sencillez. Intenté agachar la cabeza y mantenerme callada cuando estaba con más personas. Intenté demostrar que no era vanidosa. Pero con Colin me creí libre para amar y para ser yo misma por fin.
No tengo palabras para describir cómo me sentí cuando mi padre me dejó sola y me dijo que debía poner buena cara y sonreír… El vacío, la soledad, el pánico… Y en ese momento descubrí que no estábamos solos en la biblioteca. El duque de Dunbarton estuvo presente todo el tiempo. Se había retirado a la biblioteca aburrido por la celebración y estaba sentado en un sillón orejero que había acercado a una ventana, colocándolo de espaldas a la estancia. No me percaté de su presencia hasta que estuve llorando con tanta fuerza que creí que iba a morirme. Pero a morirme de verdad.
Constantine hizo pasar el tílburi por la puerta del parque, pero había aminorado la marcha.
– Siempre recordaré las primeras palabras que me dirigió -continuó ella, cerrando los ojos-. «Mi querida señorita Delmont», me dijo con esa voz hastiada y algo ronca tan suya, «ninguna mujer puede ser demasiado guapa. Veo que voy a tener que casarme con usted y repetirle esa lección hasta que se la crea a pies juntillas. Será usted mi último proyecto en la vida». Y por extraño que parezca, por increíble que suene, me puse a reír y a llorar al mismo tiempo. La presencia del duque en la boda nos tenía a todos aterrados. Lo habíamos evitado en la medida de lo posible por miedo a que nos matara con una sola mirada si nos atrevíamos a cruzarnos en su camino o a posar los ojos en su ilustre persona. Sin embargo, allí estaba, diciéndome que iba a tener que casarse conmigo, que iba a encargarse de mi educación y que me iba a convertir en el último proyecto de su vida. Y dándome su delicado pañuelo de lino con una expresión bastante triste.