Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
Constantine había aminorado tanto el paso que los caballos casi se habían detenido.
– ¿Ya estás satisfecho? -preguntó.
– Sí -contestó él con un suspiro-. Me has puesto en mi sitio, duquesa. De hecho, no podrías haber encontrado mejor manera de castigarme que responder todas las preguntas que el tacto y la delicadeza no me dejaron hacer anoche. Y has logrado que me pese mucho la impertinencia de las preguntas que sí hice. Te pido disculpas, aunque soy consciente de que las disculpas suelen ser inadecuadas. ¿Estaría pidiéndote perdón si no me hubieran descubierto? No lo sé, aunque ya me arrepentí en su momento, cuando me di cuenta de que la señorita Leavensworth se sentía incómoda con mis preguntas y de que yo no estaba siendo muy caballeroso al hacérselas a ella en vez de a ti.
Hannah supuso que eran unas disculpas bastante decentes.
– Si me lo permites, iré a ver a la señorita Leavensworth mañana y me disculparé con ella en persona -continuó Constantine.
Pese al paso de tortuga que llevaban, pronto se encontrarían inmersos en medio de la multitud que se congregaba por la tarde en el parque.
– ¿Y ahora qué? -Quiso saber Constantine-. ¿Quieres que te lleve de vuelta a casa? ¿Prefieres que no sigamos con nuestra relación?
Esa última pregunta la sobresaltó. ¿Lo prefería? La noche anterior o esa misma mañana habría contestado que sí. Incluso a primera hora de esa tarde. Pero a fin de cuentas, lo único que había hecho Constantine era formular unas cuantas preguntas sobre su vida. ¿Tan distintos eran? Ella también quería saber cosas sobre Constantine. Aunque siempre había pensado sonsacárselas en persona.
– ¡No! -Exclamó con un giro decidido de su sombrilla-. Necesito una aventura. No un matrimonio. Todavía no, al menos, y tal vez nunca lo necesite. No puedo librarme de la convicción de que sigo casada con el duque, aunque lleva muerto más de un año.
– Le querías -afirmó él.
Volvió la cabeza para mirarlo, en busca de un gesto irónico. Sin embargo, no encontró rastro de ironía en su expresión ni tampoco había escuchado un deje extraño en su voz.
– Le quería, sí -confesó-, con todo mi corazón. Fue mi ancla y mi seguridad durante diez años. Él me quería de forma incondicional, con toda el alma. Me adoraba, y yo lo adoraba a él. Nadie lo creerá, por supuesto, pero la verdad es que no me importa. -Se percató con horror de que le temblaba ligeramente la voz.
– Yo te creo -aseguró él en voz baja.
– Gracias -replicó-. Necesito un amante, Constantine. Es demasiado pronto para algo más… amor, matrimonio o lo que sea. Y en cierto sentido, en un sentido muy concreto, los años de mi matrimonio me han dejado famélica. Si te dejo ahora, tendré que empezar desde cero para encontrar otro amante, y eso sería muy tedioso.
– ¿Eso quiere decir que me has perdonado? -quiso saber él-. No volveré a hacer preguntas, duquesa. Puedes conservar los secretos que te queden, si acaso te queda alguno. No intentaré desentrañarlos.
– ¿No quieres conocerme? -Preguntó Hannah-. ¿No quieres averiguar todo lo que se puede saber sobre mí?
– Al igual que tú, duquesa -contestó él-, solo quiero una amante, no una esposa. No volveré a dejarme llevar por la curiosidad.
– Pues yo quiero averiguar todo lo que se puede saber sobre ti -aseguró-. Al fin y al cabo, un amante no es un objeto inanimado. Ni solo un cuerpo, aunque definitivamente sea un cuerpo espléndido y haga el amor de forma más que satisfactoria. -Cuando lo miró, se percató de que Constantine estaba sonriendo, algo que no hacía a menudo. Esa expresión le alteró de forma muy extraña la respiración-. El perdón tiene un precio, Constantine -continuó-. Estás en deuda conmigo. Vas a responder unas cuantas preguntas esta noche después de hacerme el amor.
– Acompáñame a casa ahora. -Volvió la cabeza para mirarla.
– Barbara estará de vuelta para la cena -adujo- y no he aceptado ninguna invitación para esta noche. Vamos a pasar una maravillosa noche en casa, charlando y disfrutando de nuestra mutua compañía. La quiero más que a nadie en el mundo ahora que el duque ha muerto, ¿sabes? Envíame tu carruaje a las once.
– ¿Te desobedece alguien alguna vez, duquesa?
Lo miró con una sonrisa arrogante.
– ¿No quieres verme esta noche? -Preguntó a su vez-. ¿Ni hacerme el amor?
Constantine sonrió de oreja a oreja.
– Enviaré mi carruaje a las once -contestó-. Estarás preparada a la hora en punto. Si no estás en mi casa a las once y cuarto, yo personalmente cerraré con llave.
Soltó una carcajada al escucharlo.
Y se vieron envueltos por la multitud.
De repente, Hannah se sintió increíblemente feliz.
Barbara estaba cansada después de su excursión a los jardines de Kew, aunque había disfrutado muchísimo y se lo describió a Hannah todo, en especial la pagoda, que era una de las estructuras más bonitas que había visto en la vida. Y también se lo había pasado de maravilla con los primos de Simón, a quienes no conocía. La habían tratado como si ya formara parte de la familia, y ella los había hecho reír buscando similitudes entre Simón y ellos. Había jugado al escondite con los niños, aunque ya tenían doce años. Eran gemelos, un niño y una niña.
Estaba ansiosa por escuchar los detalles del té que había celebrado Hannah, una idea organizada a toda prisa poco después del desayuno. Y escuchó con expresión desolada que Constantine se presentaría en casa a la mañana siguiente para disculparse por su comportamiento de la noche anterior.
– Tienes que decirle que está perdonado -dijo Barbara-, porque lo está. Estoy segura de que no tenía malas intenciones, Hannah. Solo quería saber más cosas sobre ti, y lo admiro por ello, ya que sugiere que te valora como persona. Tal vez esté enamorado de ti. Tal vez…
Sin embargo, Hannah se echó a reír.
– Aunque digas ser una solterona que se ha quedado a punto de vestir santos, a mí no me engañas. Sigues siendo la misma romántica empedernida de siempre. ¿Por qué ibas a esperar si no hasta rondar los treinta para escoger a tu compañero? Los sentimientos de Constantine Huxtable por mí no tienen nada que ver con el romanticismo, te lo aseguro. Y me parece perfecto, que lo sepas, porque los míos hacia él tampoco.
– No dejes que venga a hablar conmigo mañana -suplicó su amiga-. Me moriría de la vergüenza.
– Intentaré convencerlo de que no lo haga -prometió cariñosamente Hannah.
Barbara se acostó poco después de las diez.
El carruaje llegó a las once menos cinco. Hannah, que llevaba preparada desde las diez y media, esperó quince minutos antes de salir de la casa. Cuando el carruaje llegó a la casa de Constantine poco después de las once y cuarto, la puerta estaba cerrada con llave. Intentó abrirla ella misma al darse cuenta de que no se abría como siempre en cuanto llegaba y que la discreta llamada del cochero tampoco recibía respuesta.
– ¡Vaya! -exclamó, dividida entre la risa y la mortificación.
Y, como si acabara de pronunciar la palabra mágica, la puerta se abrió de par en par. Entró en la casa y Constantine cerró la puerta tras ella. Cuando se volvió para mirarlo, lo vio sosteniendo una enorme llave con la punta de un dedo.
– ¡Tirano! -le espetó.
– ¡Bruja!
Los dos se echaron a reír y Hannah se acercó para echarle los brazos al cuello y besarle con pasión. Constantine la abrazó por la cintura con fuerza y le devolvió el beso, con más pasión si cabía.