La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
Abrió la mirilla de la puerta y observó al hombre, que estaba inmóvil de espaldas a ella, abatido y en cierto modo desamparado, como les sucede a todos los que se ven apartados de la sociedad humana y encerrados como animales en una jaula.
Se dio la vuelta lentamente y la miró a los ojos a través de la puerta de acero, y ella cerró la mirilla de golpe.
A la mañana siguiente, temprano, comenzó el interrogatorio. Erlendur participó en él, pero fue Elínborg quien lo dirigió en todo momento. Había un cenicero atornillado a la superficie de la mesa que los separaba. El padre estaba sin afeitar, con un traje de chaqueta arrugado y camisa blanca no menos arrugada pero abotonada hasta el cuello, con la corbata anudada con absoluta pulcritud, como si en ello radicara todo lo que quedaba de su dignidad.
Elínborg puso en marcha la grabadora e indicó los datos de registro, los nombres de los presentes y el número asignado al caso. Se había preparado bien. Había hablado con un tutor del niño que le habló de dislexia, déficit de concentración y malos resultados en el aprendizaje; con una psicóloga amiga suya que le habló de falta de ilusión, estrés y negación; charló con amigos del niño, con vecinos, con parientes, con todos los que pensó que podrían decirle algo sobre el niño y su padre.
El hombre no se rindió. Dijo que exigía que le pidieran disculpas, les anunció que les demandaría y se negó a responder a sus preguntas. Elínborg miró a Erlendur. Apareció el guarda de la prisión y se llevó al hombre de vuelta a la celda.
Dos días más tarde volvieron a interrogarlo. Su abogado le había llevado ropa limpia, y llevaba pantalones vaqueros y camiseta de manga corta con el emblema de la marca en un lado del pecho, como si fuese una medalla concedida por comprar algo de un precio absurdamente elevado. Ahora tenía otra actitud. Tres días detenido le habían hecho perder la insolencia, como suele suceder, y se había dado cuenta de que dependía de él seguir en la celda o no.
Elínborg dio instrucciones para que acudiera descalzo al interrogatorio. Le hicieron quitarse zapatos y calcetines sin darle ninguna explicación. Cuando se sentó delante de ellos, intentó meter los pies debajo de la silla. Igual que la primera vez, Elínborg y Erlendur estaban sentados impertérritos delante de él. La cinta de la grabadora zumbaba sin parar.
– He hablado con la maestra de tu hijo -dijo Elínborg-. Y aunque lo sucedido y lo que hayáis podido hablar los dos es una cuestión privada, y ella puso mucho énfasis en que eso quedara bien claro, deseaba ayudar al niño, y colaborar en el caso. Me contó que en cierta ocasión le pegaste delante de ella.
– ¡Que le pegué! Si acaso le di una torta de nada. Eso no es pegar. Es muy rebelde, y no paraba de moverse. Es un niño difícil. No tenéis ni idea de la presión.
– ¿Y por eso es justo castigarlo?
– Mi hijo y yo nos llevamos muy bien -dijo el padre-. Lo quiero. Yo cargo con toda la responsabilidad por él. Su madre…
– Ya sé lo de su madre -dijo Elínborg-. Y ciertamente puede ser difícil criar a un niño completamente solo. Pero lo que le has hecho y lo que le haces es… es indescriptible.
El padre se quedó en silencio.
– Yo no le hice nada -respondió al poco.
Elínborg llevaba unos zapatos de suela dura y punta afilada, y al mover los pies debajo de la mesa chocaron con los del padre, que gimió de dolor.
– Perdón -se excusó Elínborg.
Él la miró con gesto dolorido, sin saber si lo había hecho intencionadamente o no.
– El maestro dijo que planteas exigencias desmesuradas al niño -dijo ella, como si no hubiera pasado nada-. ¿Es eso cierto?
– ¿Qué quiere decir desmesurado? Lo que quiero es que se eduque para llegar a ser alguien.
– Es comprensible -dijo Elínborg-. Pero tiene ocho años, es disléxico y le falta un pelo para estar diagnosticado como hiperactivo. Tú tampoco terminaste el bachillerato.
– Yo tengo una empresa y soy el director.
– Que está en suspensión de pagos. Vas a perder tu casa, el todoterreno, los signos de riqueza que te han proporcionado un cierto estatus en la vida. Eres admirado. En las reuniones de ex compañeros de curso seguro que eres el líder indiscutible. En los viajes de golf, con tus amigos. Vas a perder todo eso. Es irritante, más aún si se tiene en cuenta que tu mujer está internada en un psiquiátrico y tu hijo va retrasado en los estudios. Todo se acumula y acabaste por estallar cuando tu hijo, que seguramente durante toda su vida ha tirado la leche y ha dejado caer platos al suelo, rompió una botella de Drambuie en el mármol del salón.
El padre la miró. No mostró reacción alguna.
– Mi mujer no tiene nada que ver con todo esto -dijo.
Elínborg la había visitado en el psiquiátrico de Kleppur. Sufría de esquizofrenia y a veces, cuando se manifestaban las alucinaciones y las voces la abrumaban, tenían que ingresarla. Cuando la visitó Elínborg, estaba bajo los efectos de la fuerte medicación, de modo que poco pudo hablar con ella. Estaba sentada, moviéndose hacia delante y atrás, y le pidió a Elínborg que le diera un cigarrillo. No tenía ni idea de por qué había ido a visitarla.
– Intento criar a mi hijo lo mejor que puedo -dijo el padre en la sala de interrogatorios.
– Clavándole alfileres en la mano.
– Cállate.
Elínborg había hablado con la hermana del hombre, que dijo que a veces su forma de educar al niño le parecía demasiado dura. Mencionó el ejemplo de una vez que fue a su casa. El niño tenía por entonces cuatro años y se quejaba de que se encontraba mal, lloró un poco y ella pensó que incluso podía tener la gripe. Su hermano perdió la paciencia después de que el niño estuviera un rato dándole la tabarra y lo levantó en el aire.
– ¿Pasa algo? -preguntó al niño, con aspereza.
– No -respondió el niño en voz baja y vacilante, como si estuviera a punto de ceder.
– No tienes que llorar.
– No -dijo el muchacho.
– Si no pasa nada, no tienes por qué llorar.
– No.
– ¿Pasa algo?
– No.
– ¿Todo está bien?
– Sí.
– Perfecto. No hay que lloriquear por nada.
Elínborg le contó esta historia al padre, y él no mostró reacción alguna.
– No tengo buena relación con mi hermana -dijo-. No recuerdo ese día.
– ¿Le pegaste a tu hijo con el resultado de que hubo de ser trasladado al hospital? -preguntó Elínborg.
El padre la miró.
Elínborg repitió la pregunta.
– No -respondió él-. No le pegué. ¿Crees que un padre puede hacer algo así? Le pegaron en el colegio.
El niño había salido del hospital. El servicio de protección a la infancia le había buscado un hogar de acogida y Elínborg fue a verlo al terminar el interrogatorio. Se sentó a su lado y le preguntó qué tal estaba. El niño no le había dicho ni una palabra desde la primera vez que se vieron, pero ahora la miró como si quisiera decir algo.
Carraspeó dubitativo.
– Echo de menos a mi papá -dijo con voz llorosa, desde el fondo de la garganta.
Erlendur estaba desayunando cuando vio a Sigurdur Óli acercarse con Henry Wapshott detrás de él. Tras ellos se sentaron dos policías de paisano. El coleccionista de discos inglés iba más desastrado que antes, con el pelo revuelto y una expresión de sufrimiento en el rostro que traslucía su humillación y su derrota en la batalla contra la resaca y la prisión.