La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
– ¿Contiene algo interesante?
– Discos. Antiguos. Trastos de vinilo como el que encontramos en la habitación del sótano.
– ¿Te refieres a discos de Gudlaugur?
– Eso me pareció. No muchos. Y llevaba otros discos más. Puedes echarles un vistazo mañana.
– Buscaba discos de Gudlaugur.
– A lo mejor ha podido aumentar su colección -dijo Sigurdur Óli-. ¿Nos vemos mañana por la mañana en comisaría?
– Necesitamos una muestra de saliva -dijo Erlendur.
– Yo me encargo de ello -dijo Sigurdur Óli, y cortaron la conversación.
Erlendur volvió a guardar el móvil en el bolsillo.
– ¿Ha confesado? -preguntó el director del hotel-. ¿Ha confesado ya?
– ¿Recuerdas si el tipo ese había estado antes en el hotel? Henry Wapshott, un inglés. Un hombre de unos sesenta años. Me dijo que era su primera visita a Islandia, pero resulta que ya se había alojado antes en este mismo hotel.
– No recuerdo a nadie con ese nombre. ¿No tendrás una foto suya?
– Necesito encontrar una. Para saber si alguno de los empleados le conoce. Es posible que alguien se acuerde de ese hombre. No importa que se trate de algo insignificante.
– Ojalá puedas aclarar pronto este asunto -dijo el director del hotel con un hondo suspiro-. Hemos tenido algunas cancelaciones por culpa del crimen. La mayoría, de islandeses. La noticia aún no se ha difundido demasiado por el extranjero. Pero en el bufé hay menos tráfico y las reservas han disminuido. Nunca debí dejar que siguiera viviendo en el sótano. Así le pagan a uno la bondad. Maldita bondad.
– Eres un verdadero manantial de bondad -dijo Erlendur.
El director del hotel lo miró sin saber del todo si le estaba tomando el pelo, pero Erlendur puso cara de póquer. El jefe de la científica salió al pasillo, se dirigió hacia ellos, saludó al director del hotel y se llevó a Erlendur aparte.
– Todo es exactamente igual que lo que tendría cualquier viajero que se alojara en una habitación doble de hotel en Reikiavik -dijo-. El arma homicida no está encima de la mesilla de noche, si era eso lo que esperabas, ni hay ropa ensangrentada en la maleta, en realidad no hay nada que lo relacione con el hombre del sótano. Hay un montón de huellas dactilares ahí dentro. Pero es evidente que ese hombre estaba huyendo. Dejó su habitación como si hubiera bajado un momento al bar. La maquinilla de afeitar está aún enchufada. Un par de zapatos en el suelo. Incluso las zapatillas. En realidad, eso es lo único que sabemos en este momento. Ese hombre tenía mucha prisa. Estaba huyendo.
El jefe volvió a entrar en la habitación y Erlendur se acercó al director del hotel.
– ¿Quién se encarga de la limpieza de este pasillo? -preguntó-. ¿Quién puede entrar en esta habitación? ¿Los encargados de la limpieza se reparten las plantas?
– Sé perfectamente quiénes son las encargadas de este pasillo -dijo el director del hotel-. No hay hombres. Por algún motivo.
Lo dijo con ironía, como si las labores de limpieza fueran una evidente tarea de mujeres.
– ¿Y quiénes son, entonces? -preguntó Erlendur.
– Bueno, pues, por ejemplo, la chica con la que hablaste.
– ¿La chica con la que hablé? -preguntó Erlendur.
– La del sótano -dijo el director del hotel-. La que encontró el cadáver. La chica que encontró muerto a Papá Noel. Este pasillo es suyo.
Cuando Erlendur llegó a su habitación, dos plantas más arriba, Eva Lind estaba en el pasillo, esperándole. Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y la barbilla sobre las rodillas, y Erlendur creyó que dormía. Cuando su padre se acercó, levantó la vista y extendió las piernas.
– ¡Vaya, me encanta tener que venir a este hotel! -exclamó-. ¿No piensas largarte a casa?
– Esa era mi intención -dijo Erlendur-. Yo también estoy empezando a aburrirme en este edificio.
Pasó la tarjeta por la ranura de la cerradura y la puerta se abrió. Eva Lind se puso en pie y entró en la habitación detrás de él. Erlendur cerró y Eva se tumbó cuan larga era en su cama. Él se sentó junto a la pequeña mesa de escritorio.
– ¿Avanza el casé*. -preguntó Eva, tumbada boca abajo en la cama con los ojos cerrados, como si tuviera intención de dormirse.
– Muy poco a poco -dijo Erlendur-; y deja de usar esa palabra inglesa, case. Deberías haber dicho: ¿Avanza el caso?
– Ay, cállate ya -dijo Eva Lind con los ojos cerrados. Erlendur sonrió. Miró a su hija en la cama y pensó en la clase de educación que habría recibido ella. ¿Le habría exigido demasiado? ¿La habría matriculado en clases de ballet? ¿La habría animado a aprender piano? ¿Habría esperado que llegara a ser una pequeña virtuosa? ¿La habría golpeado si hubiera tirado al suelo su botella de licor?
– ¿Estás ahí? -preguntó Eva, sin abrir los ojos.
– Sí, estoy aquí -dijo Erlendur con voz cansina.
– ¿Por qué no dices nada?
– ¿Qué tengo que decir? ¿Siempre hay que estar diciendo algo?
– Bueno, por ejemplo, lo que estás haciendo en este hotel. En serio.
– No lo sé. No me apetecía irme al apartamento solo, como siempre. Esto es un pequeño cambio.
– ¿Un cambio? ¿Cuál es la diferencia entre estar sin hacer nada en esta habitación o estar sin hacer nada en tu propia casa?
– ¿Quieres oír un poco de música? -preguntó Erlendur intentando evitar la conversación sobre sí mismo. Empezó explicarle el caso a su hija punto por punto, para tener él mismo una visión de conjunto. Le habló de la chica que encontró al Papá Noel apuñalado, que en otros tiempos aquel hombre fue considerado un escolano de dotes extraordinarias, y que los dos discos que había grabado eran muy codiciados por los coleccionistas. Tenía una voz excepcional.
Alargó el brazo para coger el disco que había estado escuchando. Tenía dos salmos y resultaba evidente que se había editado justo antes de unas navidades. En la parte delantera de la funda estaba Gudlaugur con gorro de Papá Noel, sonriendo de oreja a oreja, dejando ver unos dientes de adulto, y Erlendur pensó en la ironía del destino. Puso el disco en el plato y la voz del muchacho inundó la habitación con una hermosa, tierna melodía. Eva Lind abrió los ojos y se incorporó en la cama.
– ¿Me estás tomando el pelo?
– ¿No te parece magnífico?
– Nunca he oído a un niño cantar de una forma tan hermosa -dijo Eva-. Creo que nunca he escuchado a nadie cantar de una forma tan hermosa -se sentaron en silencio y escucharon la canción hasta el final. Erlendur volvió a estirar el brazo, dio la vuelta al disco y puso el salmo de la segunda cara. Lo estuvieron escuchando, y cuando terminó de sonar, Eva Lind le pidió que lo pusiera otra vez.
Erlendur le habló de la familia de Gudlaugur, del recital del Cine Municipal, de que ni el padre ni la hermana habían estado en contacto con él en más de treinta años, y del coleccionista inglés que había intentado huir del país, y a quien lo único que le interesaba eran los niños de coro. Le contó que los discos de Gudlaugur podrían ser valiosos hoy día.
– ¿Crees que pudieron cargárselo por eso? -preguntó Eva Lind-. ¿Por los discos? ¿Porque hoy día son muy valiosos?
– No lo sé.
– ¿Quedan muchas copias?
– No creo -dijo Erlendur, y probablemente sea eso lo que los hace tan codiciados. Elínborg dice que los coleccionistas buscan objetos únicos en el mundo. Pero igual eso no tiene ninguna importancia. A lo mejor fue alguien del hotel quien le agredió. Alguien que no sabía nada de su pasado como niño de coro.
Erlendur prefirió no contarle a su hija los detalles de cómo encontraron a Gudlaugur. Sabía que en su peor época había ejercido la prostitución y estaba bien enterada de su funcionamiento en Reikiavik. Sin embargo, rechazaba la idea de hablar con ella de ese tema. Ella vivía su vida y pasó por lo que tuvo que pasar sin que en ningún momento él hubiera tenido nada que decir al respecto, pero consideró la posibilidad de que Gudlaugur se hubiera comprado algún favorcillo en el hotel, y le preguntó si sabía si en ese hotel se practicaba la prostitución.