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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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Eva Lind miró a su padre.

– Pobre hombre -dijo ella, pero no respondió. Estaba pensando aún en el niño de coro-. En mi colegio también había una niña así. En primaria. Cantaba, y grabó varios discos. Se llamaba Vala Dogg. ¿La recuerdas? Se montó mucho ruido con ella. Una chiquilla rubia y dulce.

Erlendur agitó la cabeza.

– Era una niña prodigio. Cantaba también en programas infantiles de la radio, y cantaba muy bien, una auténtica muñequita. Su padre era un simple telonero, se dedicaba a la música pop, pero a la madre se le fue la olla y decidió convertirla en una estrella pop. Pobre chica, todos se metían con ella sin parar. En realidad era muy linda y nada presumida ni afectada, pero estaban fastidiándola a todas horas. Aquí no hay más que envidia y mala leche. La acosaron, dejó la escuela y se puso a trabajar. Yo la veía mucho cuando me metí en la droga, y ella ya estaba hecha un guiñapo. Peor que yo. Quemada y olvidada. Me dijo que había sido lo peor que le había sucedido nunca.

– ¿El convertirse en niña prodigio?

– Aquello la destrozó por completo. Nunca llegó a recuperarse. No pudo ser ella misma. Su madre era espantosamente autoritaria. Nunca le preguntó si era eso lo que quería. Le gustaba cantar y le divertía estar sobre el escenario, con las luces y todo eso, pero no comprendía lo que estaba sucediendo. Nunca pudo ser otra cosa que una muñeca de fiestas infantiles. Sólo podía tener esa única dimensión. Ser la preciosa pequeña Vala Dogg. Y encima se metían con ella por todo, y no comprendió nada hasta que creció y se dio cuenta de que nunca sería otra cosa que una linda muñequita que cantaba vestida con faldita de colegiala. Que nunca llegaría a ser una cantante pop mundialmente famosa, como decía siempre su madre.

Eva Lind calló y miró a su padre.

– Se fue totalmente a la mierda. Dijo que lo peor había sido el acoso escolar, aquello la había dejado hecha un trapo. Siempre acabas por tener de ti mismo la misma opinión que tienen los que te torturan.

– Probablemente, a Gudlaugur le sucedió algo semejante -dijo Erlendur-. Se marchó de casa muy joven. Debe de ser un infierno para un chico encontrarse en una situación como esa.

Los dos callaron.

– Claro que hay putas en este hotel -soltó de repente Eva Lind, tumbándose de nuevo en la cama. ¡¿Qué te pensabas?!

– ¿Qué sabes de ese asunto? ¿Algo que me pudiera ayudar?

– Hay putas en todas partes. Se puede llamar a un número y te estarán esperando en el hotel. Putas finas. Ellas no se llaman a sí mismas putas, sino que prefieren el nombre de «servicio de señoritas de compañía».

– ¿Conoces a alguna que tenga relación con este hotel? ¿Chicas o mujeres que ejerzan esa actividad?

– No tienen por qué ser islandesas. También pueden ser emigrantes. Llegan como turistas por unas semanas, para eso no necesitan permiso. Y luego vuelven al cabo de seis meses.

Eva Lind miró a su padre.

– Habla con Stína. Es amiga mía. Conoce este asunto. ¿Crees que fue una puta quien lo mató?

– No tengo ni la menor idea.

Callaron. Fuera, en la oscuridad, resplandecían los copos de nieve que caían al suelo. Erlendur se acordó de que en la Biblia se decía algo acerca de la nieve, algo sobre los pecados y la nieve, e intentó recordarlo con más precisión. «¿Son vuestros pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve!»

– Estoy a punto de perder el control -dijo Eva Lind. No había tensión alguna en la voz. Ni énfasis.

– Quizás es que no puedes conseguirlo tú sola -dijo Erlendur, que ya había animado a su hija otras veces a buscar ayuda-. A lo mejor debería ayudarte alguna otra persona, aparte de mí.

– No empieces con tus mierdas psicológicas -dijo Eva.

– Aún no te has recuperado, y es evidente que te encuentras mal y que dentro de poco tratarás de aliviar tu malestar con el viejo sistema, y entonces acabarás en el mismo caos que antes.

Erlendur estuvo a punto de pronunciar una frase que hasta entonces nunca se había atrevido a decirle en voz alta a su hija.

– Siempre el mismo sermón -dijo Eva Lind, y se levantó, presa de un súbito nerviosismo.

Erlendur decidió jugárselo todo a una carta.

– Estarías traicionando a la niña muerta.

Eva Lind clavó en su padre unos ojos llenos de furia.

– La única posibilidad que tienes es enfrentarte a esta mierda de vida, como tú la llamas, y aguantar ese sufrimiento que siempre la acompaña. Aguantar los sufrimientos que todos tenemos que aguantar, siempre, para poder superarlos y sentir, y gozar incluso de la alegría y la felicidad que la existencia puede proporcionarnos, pese a todo.

– ¡Y me lo dices tú! ¡Tú, que no eres capaz ni siquiera de ir a tu casa en Navidad porque allí no hay nada! ¡Nada en absoluto, y sabes que no es más que un agujero vacío y ya no te apetece meterte en él!

– Siempre estoy en casa en Navidad -dijo Erlendur.

Eva Lind vaciló. No entendía bien lo que le quería decir.

– ¿De qué hablas?

– Es lo peor de la Navidad -dijo Erlendur-. Siempre vuelvo a casa.

– No te comprendo -dijo Eva Lind, y abrió la puerta-. Nunca conseguiré entenderte.

Cerró dando un portazo. Erlendur se levantó con intención de seguirla, pero no lo hizo. Sabía que volvería. Fue a la ventana y miró su reflejo en el cristal, hasta que la vio en medio de la oscuridad y bajo los relucientes copos de nieve.

Había olvidado que tenía intención de irse a casa, a ese agujero vacío, como lo había definido Eva Lind. Dio la espalda a la ventana y puso en el plato el disco de salmos de Gudlaugur, se tumbó otra vez y escuchó a aquel muchacho que mucho tiempo después sería encontrado en un cuartucho de hotel, olvidado por todos, y pensó en pecados blancos como la nieve.

Cuarto Día

17

Despertó por la mañana temprano, estaba vestido y encima del edredón. Tardó un buen rato en sacudirse el sopor del sueño. El sueño que había tenido sobre su padre le acompañó hasta la oscuridad matinal. Trataba de recordarlo, pero solo conseguía recuperar algunos fragmentos; su padre, con un aspecto más joven y más fuerte, le sonreía en un desierto.

La habitación del hotel estaba oscura y fría. Faltaban aún varias lloras para el amanecer. Siguió tumbado, pensando en el sueño, en su padre y en la desaparición de su hermano. En el insoportable vacío que aquella pérdida había provocado en su vida. Y cómo aquel vacío no hacía sino crecer y él se apartaba del borde y miraba ese abismo que acabaría por tragárselo cuando por fin cayera en él.

Se sacudió el sopor matutino y pensó en las tareas del día. ¿Qué ocultaba Henry Wapshott? ¿Por qué mintió y se lanzó a una fuga imposible, bebido y sin equipaje? Su comportamiento era un misterio para Erlendur. Y antes de que pasara mucho rato, su mente había pasado al niño hospitalizado y a su padre; el caso de Elínborg, que ella le había explicado hasta el último detalle.

Elínborg albergaba sospechas de que el niño había sido maltratado con anterioridad, y existían indicios que apuntaban a que eso había sucedido en su hogar. El padre estaba bajo sospecha. Solicitó su detención provisional mientras se investigaba el caso. Se acordó una prórroga de la detención de una semana, pese a las enérgicas protestas del padre y de su abogado. Cuando llegó la decisión judicial, Elínborg fue a buscarlo, acompañada por cuatro policías uniformados, y lo condujeron a Hverfisgata. Lo acompañó durante las formalidades del ingreso en prisión y ella misma cerró la puerta de la celda.

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