La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
– ¿Qué me cuentas de ti? -preguntó Marión, dando una calada al puro.
– Nada -respondió Erlendur.
– ¿No te van las navidades?
– Nunca he conseguido comprender eso de las navidades -dijo Erlendur con la cabeza en otro sitio, y miró hacia la cocina, por si veía el gorro de cocinero.
– No, claro -dijo Marión-. Demasiada alegría y demasiada felicidad, me parece. ¿Por qué no te buscas una mujer? No eres tan viejo. Hay montones de tías que serían capaces de irse con un muermo como tú. Te lo aseguro.
– Lo he intentado -dijo Erlendur-. ¿Qué has encontrado sobre…?
– ¿Te refieres a tu mujercita?
Erlendur no estaba dispuesto a continuar una conversación sobre su vida privada.
– Para ya, por favor -dijo.
– Me enteré de que…
– Te he dicho que pares -dijo Erlendur enfadado.
– Vale, vale -dijo Marión-. Tu forma de vivir no es asunto mío. Lo único que sé es que la soledad mata poco a poco. -Calló-. Pero naturalmente, tú tienes a tus hijos. ¿O no?
– ¿No podríamos dejar ya ese tema? -dijo Erlendur-. Eres… -no continuó.
– ¿Qué soy?
– ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No podías llamar por teléfono?
Marión miró a Erlendur, y en su viejo rostro pareció dibujarse una sonrisa.
– Me han dicho que te estás quedando a dormir en el hotel. Que no vas a tu casa ni aunque sea Navidad. ¿Pero qué te pasa? ¿Por qué no te marchas a casa?
Erlendur no respondió.
– ¿Tan aburrido estás ya de ti mismo?
– ¿Podemos hablar de otra cosa?
– Conozco esa sensación. La de estar aburrido de uno mismo. De ese bicho que somos y que no nos quitamos de la cabeza. Uno puede llegar a librarse de él algún rato, pero siempre regresa y empieza a dar la tabarra otra vez. Uno puede intentar quitárselo a base de beber. O cambiando de ambiente. Alojándose en un hotel cuando las cosas se ponen peor.
– Marion -rogó Erlendur-. Déjame en paz.
– Quien tenga discos de Gudlaugur Egilsson -dijo Marion Briem, entrando de repente en materia-, se puede bañar en oro.
– ¿Por qué dices eso?
– Hoy en día son un tesoro. Desde luego, no hay mucha gente que los tenga o que sepa de su existencia, pero quienes los conocen están dispuestos a pagar por ellos cantidades astronómicas. Los discos de Gudlaugur son una absoluta rareza en el mundo de los coleccionistas, y son muy codiciados.
– ¿Qué cantidades astronómicas? ¿Decenas de miles?
– Podrían ser cientos de miles -dijo Marión Briem-. Por cada copia.
– ¿¡Cientos de miles?! No puede ser verdad -Erlendur se irguió en su asiento. Pensó en Henry Wapshott. Comprendió por qué iba a Islandia en busca de Gudlaugur. En busca de sus discos. No era solo la atracción por el niño de coro lo que le movía, como quería hacerle creer. Erlendur comprendió por qué le había dado medio millón a Gudlaugur sin garantías del resultado.
– Por lo que he podido saber, solo se grabaron esos dos discos con el chico -dijo Marión Briem-. Y lo que los hace tan valiosos, aparte de la increíble voz del niño, es que la edición fue muy limitada y casi no se vendieron. Hay pocas personas que posean alguno de osos discos hoy en día.
– ¿El canto tiene alguna importancia en sí mismo?
– Creo que sí, pero la norma es que la calidad de la música, la calidad de lo que contienen los discos, tiene menos importancia que el estado general de estos. La música puede ser mala, pero si hay una buena interpretación de la pieza adecuada, con el productor adecuado y en el momento justo, el valor puede ser ilimitado. La calidad artística no es el criterio principal.
– ¿Qué fue de las demás copias? ¿Lo sabes?
– No aparecen. Se han ido perdiendo con el paso del tiempo, o sencillamente las arrojaron a la basura. Probablemente no hubo muchas, en todo caso, quizá solo unos cuantos centenares. El motivo de que los discos sean tan caros se debe sobre todo a que, al parecer, circulan muy pocas copias por el mundo. Otro factor es que la carrera del chico fue muy breve; solo existen esos dos discos, editados en el mismo año. Y después, tengo entendido que cambió la voz y no volvió a cantar nunca más.
– Al pobre chico le sucedió durante un concierto -dijo Erlendur-. Un gallo, se llama. Se rompe la voz.
– Y aparece asesinado muchos decenios más tarde.
– Si el valor de esos discos alcanza los cientos de miles…
– ¿Sí?
– ¿No es eso motivo suficiente para matarlo? En su cuarto encontramos un ejemplar de cada disco. En realidad, era casi lo único que tenía.
– Entonces, quien lo apuñaló no debería de tener mucha idea de su valor -dijo Marión Briem.
– ¿Quieres decir que, de saberlo, habría robado los discos?
– ¿En qué estado se encontraban las copias?
– Como nuevas -dijo Erlendur-. Las fundas no tenían ni una arruga, ni una mancha, y me parece que no los han puesto jamás en un tocadiscos.
Miró a Marión Briem.
– ¿Es posible que Gudlaugur fuera el dueño de las copias sobrantes? -preguntó.
– ¿Por qué no? -dijo Marión.
– Encontramos una llave en su cuarto que no sabemos de qué son. ¿Dónde podría guardarlos?
– A lo mejor no se trata de todos los discos -dijo Marión-. Solo de una parte. ¿Qué otra persona podría tenerlos, aparte del propio solista del coro?
– No lo sé -dijo Erlendur-. Hemos detenido a un coleccionista que vino de Inglaterra para hablar con Gudlaugur. Un individuo un tanto misterioso que intentó escapar y que adora al antiguo niño de coro. Es la única persona, que yo sepa, que conoce el valor de los discos de Gudlaugur. Colecciona discos de escolanos.
– ¿No estará chalado? -preguntó Marión Briem.
– Sigurdur Óli se encargará de comprobarlo -dijo Erlendur-. Gudlaugur era el Papá Noel del hotel -añadió, como si existiera un puesto fijo de Papá Noel.
Marión esbozó una sonrisa desde su grisácea vejez.
– Encontramos una nota en el cuarto de Gudlaugur en la que ponía Henry y una hora, las 18:30, como si tuviera una cita con alguien a esa hora. Henry Wapshott dice que estuvo con él a las seis y media, el día antes del crimen.
Erlendur calló, sumido en sus pensamientos.
– ¿Qué estás rumiando? -preguntó Marión.
– Wapshott me dijo que le había pagado a Gudlaugur medio millón de coronas para demostrarle que iba en serio, o algo por el estilo. Que quería comprar discos. Ese dinero podría encontrarse en su cuartucho cuando se produjo la agresión.
– ¿Insinúas que alguien podía estar al corriente de los tratos de Wapshott con Gudlaugur?
– No es imposible.
– ¿Otro coleccionista?
– Quizá. No lo sé. Wapshott es un tipo muy raro. Sé que nos está ocultando algo. Si es algo sobre él mismo o sobre Gudlaugur, eso no lo sé.
– Y naturalmente, cuando lo encontraron, ese dinero había desaparecido.
– Sí.
– Tengo que irme -dijo Marión, y se puso en pie. Erlendur se levantó también-. No llego ni a la mitad del día -añadió Marión-. Un cansancio de muerte. ¿Cómo le va a tu hija?
– ¿A Eva? Pues no lo sé. Creo que no anda muy bien.
– Quizá deberías pasar las vacaciones en casa con ella.