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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—Venerable Jorge —dijo Guillermo—, creo que sois injusto cuando tratáis de castrado a Abelardo, porque sabéis que fue la iniquidad ajena la que lo sumió en esa triste condición.

—Fueron sus pecados. Fue la soberbia de su confianza en la razón humana. Así la fe de los simples fue escarnecida, los misterios de Dios desentrañados (mejor dicho, se intentó desentrañarlos, ¡necios quienes lo intentaron!), abordadas con temeridad cuestiones relativas a las cosas más altas, escarnecidos los padres por haber considerado que no eran respuestas sino consuelo lo que esas cuestiones requerían.

—No estoy de acuerdo, venerable Jorge. Dios quiere que ejerzamos nuestra razón a propósito de muchas cosas oscuras sobre las que la escritura nos ha dejado en libertad de decidir. Y cuando alguien os incita a creer en determinada proposición, lo primero que debéis hacer es considerar si la misma es o no aceptable, porque nuestra razón ha sido creada por Dios, y lo que agrada a nuestra razón no puede no agradar a la razón divina, sobre la cual, por otra parte, sólo sabemos lo que, por analogía y a menudo por negación, inferimos basándonos en las operaciones de nuestra propia razón. Y ahora fijaos en que, a veces, para minar la falsa autoridad de una proposición absurda, que repugna a la razón, también la risa puede ser un instrumento idóneo. A menudo la risa sirve para confundir a los malvados y para poner en evidencia su necedad. Cuentan que cuando los paganos sumergieron a San Mauro en agua hirviente, éste se quejó de que el baño estuviese tan frío; el gobernador pagano puso estúpidamente la mano en el agua para probarla, y se escaldó. Bello acto de aquel santo mártir, que ridiculizó así a los enemigos de la fe.

Jorge sonrió con malignidad y dijo:

—También en los episodios que cuentan los predicadores hay muchas patrañas. Un santo sumergido en agua hirviendo sufre por Cristo y se contiene para no gritar, ¡no tiende trampas infantiles a los paganos!

—¿Veis? ¡Esta historia os parece inaceptable para la razón y la acusáis de ser ridícula! Aunque tácitamente, y dominando vuestros labios, os estáis riendo de algo y queréis que tampoco yo lo tome en serio. Reís de la risa, pero reís.

Jorge hizo un gesto de fastidio:

—Jugando con la risa me estáis arrastrando a hablar de frivolidades. Pero sabéis bien que Cristo no reía.

—No estoy muy seguro. Cuando invita a los fariseos a que arrojen la primera piedra, cuando pregunta de quién es la efigie estampada en la moneda con que ha de pagarse el tributo, cuando juega con las palabras y dice: «Tu es petrus»,[59] creo que dice cosas ingeniosas, para confundir a los pecadores, para alentar a los suyos. También habla con ingenio cuando dice a Caifás: «Tú lo has dicho». Y Jerónimo, cuando comenta el pasaje de Jeremías en que Dios dice a Jerusalén «nudavi femora contra faciem tuam», explica: «Sive nudabo et relevabo femora et posteriora tua».[60] De modo que hasta Dios se expresa mediante agudezas para confundir a los que quiere castigar. Y bien sabéis que, en el momento más vivo de la disputa entre cluniacenses y cistercienses, los primeros acusaron a los segundos, para ridiculizarles, de no llevar calzones. Y en el Speculum stultorum, el asno Brunello se pregunta qué sucedería si por la noche el viento levantase las mantas y el monje viera sus partes pudendas…

Los monjes que estaban alrededor rompieron a reír, y Jorge montó en cólera:

—Estáis arrebatándome a estos hermanos para arrastrarlos a una fiesta de locos. Ya sé que es común entre los franciscanos conquistarse las simpatías del pueblo con este tipo de tonterías, pero sobre estos ludi os diré lo que dice un verso que en cierta ocasión oí en boca de uno de vuestros predicadores: «Tum podex carmen extulit horridulum».[61]

La reprimenda era un poco excesiva: Guillermo había estado impertinente, pero ahora Jorge lo acusaba de emitir pedos por la boca. Me pregunté si con la severidad de su respuesta el anciano no estaría invitándonos a salir del scriptorium. Pero vi que Guillermo, tan combativo hacía un momento, adoptaba la más dócil de las actitudes.

—Os pido perdón, venerable Jorge —dijo—. Mi boca no ha sabido ser fiel a mi pensamiento; no quise faltaros al respeto. Quizá lo que decís sea justo, y quizá yo esté equivocado.

Ante este acto de exquisita humildad, Jorge emitió un gruñido, que tanto podía expresar satisfacción como perdón, y no pudo hacer más que regresar a su sitio, mientras los monjes, que durante la discusión se habían ido acercando, fueron refluyendo hacia sus mesas de trabajo. Guillermo volvió a arrodillarse ante la mesa de Venancio y continuó hurgando entre las hojas. Su respuesta humildísima le había permitido ganar algunos segundos de tranquilidad. Y lo que pudo ver en ese brevísimo lapso guió la búsqueda que emprendería aquella misma noche.

Sin embargo, sólo fueron unos pocos segundos. Bencio se acercó en seguida, fingiendo haber olvidado su estilo sobre la mesa cuando se había aproximado para escuchar la conversación con Jorge. Le susurró a Guillermo que debía hablar urgentemente con él, y dijo que lo vería detrás de los baños. Le dijo que saliese primero, y que por su parte no tardaría en seguirlo.

Guillermo vaciló un instante, después llamó a Malaquías, que desde su mesa de bibliotecario, junto al catálogo, había observado todo lo anterior, y le pidió, en virtud del mandato que había recibido del Abad (e hizo mucho hincapié en ese privilegio), que pusiera a alguien de guardia junto a la mesa de Venancio, porque consideraba conveniente para su investigación que nadie se acercase a ella durante el resto del día, hasta que él pudiese regresar. Lo dijo en alta voz, porque así no sólo comprometía a Malaquías para que vigilara a los monjes sino también a estos últimos para que vigilaran a aquél. El bibliotecario no pudo hacer más que aceptar, y Guillermo se alejó conmigo.

Mientras atravesábamos el huerto en dirección a los baños, que estaban junto al edificio del hospital, Guillermo observó:

—Parece que a muchos no les gusta que ande tocando algo que hay sobre, o debajo de, la mesa de Venancio.

—¿Qué será?

—Tengo la impresión de que ni siquiera ellos lo saben.

—Entonces, ¿Bencio no tiene nada que decirnos y sólo hace esto para alejarnos del scriptorium?

—En seguida lo sabremos —dijo Guillermo.

Y, en efecto, Bencio no se hizo esperar.

SEXTA

Donde, por un extraño relato de Bencio, llegan a saberse cosas poco edificantes sobre la vida en la abadía.

Lo que Bencio nos dijo fue un poco confuso. Parecía que, realmente, sólo nos había atraído hacia allí para alejarnos del scriptorium, pero también que, incapaz de inventar un pretexto convincente, estaba diciéndonos cosas ciertas, fragmentos de una verdad más grande que él conocía.

Nos dijo que por la mañana había estado reticente, pero que ahora, después de una madura reflexión, pensaba que Guillermo debía conocer toda la verdad. Durante la famosa conversación sobre la risa, Berengario se había referido al «finis Africae». ¿De qué se trataba? La biblioteca estaba llena de secretos, y sobre todo de libros que los monjes nunca habían podido consultar. Las palabras de Guillermo sobre el examen racional de las proposiciones habían causado honda impresión en Bencio. Consideraba que un monje estudioso tenía derecho a conocer todo lo que guardaba la biblioteca. Criticó con ardor el concilio de Soissons, que había condenado a Abelardo. Y, mientras así hablaba, fuimos comprendiendo que aquel monje todavía joven, que se deleitaba en el estudio de la retórica, tenía arrebatos de independencia y aceptaba con dificultad los límites que la disciplina de la abadía imponía a la curiosidad de su intelecto. Siempre me han enseñado a desconfiar de esa clase de curiosidades, pero sé bien que a mi maestro no le disgustaba esa actitud, y advertí que simpatizaba con Bencio y que creía en lo que éste estaba diciendo. En resumen: Bencio nos dijo que no sabía de qué secretos habían hablado Adelmo, Venancio y Berengario, pero que no le hubiese desagradado que de aquella triste historia surgiera alguna claridad sobre la forma en que se administraba la biblioteca, y que confiaba en que mi maestro, como quiera que desenredase la madeja del asunto, extrayera elementos susceptibles de hacer que el Abad se sintiese inclinado a suavizar la disciplina intelectual que pesaba sobre los monjes; venidos de tan lejos, como él, añadió, precisamente para nutrir su intelecto con las maravillas que escondía el amplio vientre de la biblioteca.

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59

«Tú eres Pedro.»

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60

«Desnudé los muslos frente a tu rostro. O desnudaré o descubriré tus muslos y tus posaderas.»

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61

«entonces el ano lanzó un poema desaliñado».

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