La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
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Confesé que carecía de experiencia militar, pero le dije que en ciertas ocasiones, había descubierto vencer consistía en desenredarse.
—De todos modos, esperaba que se te ocurriera algo mejor.
Elevándose inexorablemente, los picos del este ya rasguñaban el borde inferior del sol; se los señalé. De pronto Guasacht sonrió: —Al fin y al cabo son los mismos ascios a quienes se lo quitamos antes.
Llamó al oficial ascio y le dijo que nuestros jinetes dirigirían el ataque, y que sus soldados podían seguir el coche de acero a pie. El ascio aceptó, pero cuando sus soldados se rearmaron insistió en colocar media docena sobre el coche y ponerse él al frente con los demás. Guasacht accedió con una aparente mala gana que me pareció totalmente fingida. Pusimos un coracero armado sobre cada uno de los ocho destrieros del nuevo tiro, y vi que Guasacht conversaba gravemente con su corneta.
Yo le había prometido al ascio que romperíamos el cerco de desertores por el norte, pero en esa dirección el suelo resultó inadecuado para el coche y al final se acordó una ruta hacia el noroeste. La infantería ascia avanzó a paso redoblado, disparando sobre la marcha. El coche los siguió. Los cerrados y firmes golpes de los conti alcanzaron a la turba harapienta que intentaba rodearlos, y los arcabuses de los ascios apostados en el techo les lanzaban gotas de energía violeta. Los hombres-bestia dispararon los fusiles desde las ventanas de barrotes, matando media docena de una sola descarga.
Habiendo mantenido nuestras posiciones después de que el coche partiera, el resto de nuestras tropas (yo entre ellas) avanzó detrás. Para ahorrar cargas preciosas, muchos dejaron los conti en los aros de las sillas, sacaron las espadas, y acometieron a los rezagados remanentes que los ascios y el coche habían dejado detrás.
Luego el enemigo quedó superado, y el terreno se aclaró. En seguida los coraceros espolearon las monturas que tiraban del coche, y Guasacht, Erblon y varios más que los seguían de cerca barrieron a los ascios del techo con una nube de llamas rojas y humo.
Los que iban a pie se dispersaron, y luego se volvieron a disparar.
Sentí que yo no podía participar en ese combate. Tiré de las riendas y por eso vi — antes que cualquiera de los otros, creo— a la primera de las anpiels: se dejaba caer, como el ángel de la fábula de Melito, desde las nubes tintas en sol. Eran hermosas; parecían mujeres jóvenes de cuerpos delgados y desnudos; pero las alas extendidas eran más grandes que las de cualquier teratornis, y cada anpiel llevaba en la mano una pistola.
Tarde esa noche, de vuelta en el campamento y curados ya los heridos, le pregunté a Guasacht si volvería a hacer lo que había hecho.
Lo pensó un momento. —Nadie podía prever la llegada de esas muchachas voladoras. Aunque en verdad es bastante naturaclass="underline" en el coche había quizá bastante oro para pagar a medio ejército, y no vacilaron en mandar tropas de élite a buscarlo. ¿Pero te lo hubieras imaginado antes de que pasara?
Sacudí la cabeza.
—Oye, Severian, no debería hablarte así. Pero hiciste lo posible, y eres el parásito más grande que yo haya visto. El caso es que al final todo salió bien, ¿no? Ya viste lo amistosa que era esa serafma. Al fin y al cabo, ¿qué vio? Muchachos corajudos intentando arrebatarles el coche a los ascios. Diría yo que nos van a condecorar. Quizá nos den una recompensa.
—Cuando bajaron el dinero del coche —dije—, po haber matado a los hombres-bestia y a los ascios. No lo hiciste porque yo también habría muerto. Creo que te mereces una condecoración. Al menos de mi parte.
Se restregó con las manos la cara ojerosa.
—Bien, estoy igual de contento. Podría haber sido el fin del Decimoctavo; una guardia más y nos habríamos matado entre nosotros por el dinero.
XXI — Despliegue
Antes de la batalla hubo otras patrullas y días de ocio. La mayoría de las veces no veíamos ascios, o sólo veíamos sus muertos. Nuestro supuesto deber era arrestar desertores y expulsar de la zona a los buhoneros y vagabundos que suelen vivir a costas de un ejército; pero si nos parecía que eran como la turba que había rodeado el coche, los matábamos, no en ejecuciones formales sino abatiéndolos desde la silla.
La luna, que había vuelto a crecer, colgaba del cielo como una manzana verde. Coraceros experimentados me contaron que los peores combates ocurrían siempre con la luna llena, que alimenta la locura, dicen. Supongo que en realidad es porque el fulgor permite a los generales traer refuerzos de noche.
El día de la batalla, el rebuzno del cuerno nos sacó de las mantas al amanecer. Marchábamos en la niebla en una doble columna despareja, con Guasacht a la cabeza y Erblon siguiándolo con el estandarte. Yo había supuesto que las mujeres se quedarían atrás —como la mayor parte cuando íbamos de patrulla—, pero más de la mitad sacaron unos conti y vinieron con nosotros. Las que tenían casco, noté, escondían la cabellera, y muchas llevaban corseletes que les achataban los pechos. Se lo mencioné a Mesrop, que cabalgaba a mi costado.
—Podría haber problemas con la paga dijo—. Quizás algún avispado esté contándonos, y por lo general los contratos exigen hombres.
—Guasacht dijo que hoy habría más dinero —le recordé.
Se aclaró la garganta y escupió; la flema blanca desapareció en el aire viscoso como si se la hubiera tragado la misma Urth.
—No, no pagarán hasta que se termine. Nunca lo hacen.
Guasacht dio un grito y agitó el brazo; Erblon hizo una señal con la bandera y partimos; los cascos sonaron como el repique de cien tambores con sordina.
—Supongo que así no tienen que pagar por los que mueren.
—Pagan el triple; una paga porque el hombre luchó, otra por el seguro de sangre y otra por despido. —O luchó la mujer, supongo.
Mesrop volvió a escupir.
Cabalgamos cierto tiempo y luego paramos en un lugar que no parecía diferente de otros. Mientras la columna callaba, oí un siseo o murmullo en las colinas de alrededor. Un ejército disperso, esparcido sin duda por razones sanitarias y para privar al enemigo ascio de un blanco concentrado se juntaba ahora como las partículas de polvo de la ciudad de piedra en los cuerpos de los bailarines resucitados.
No inadvertidos. Así como antes de llegar a aquella ciudad nos habían seguido aves rapaces, ahora nos perseguían formas de cinco brazos, girando como ruedas sobre las nubes dispersas que se atenuaban y fundían en la lisa luz roja del amanecer. Al principio, cuando se mantuvieron en las alturas, nos parecieron meramente grises; pero mientras mirábamos empezaron a bajar hacia nosotros, y vi que eran de un matiz para el que no encuentro nombre, pero que es al ácromo como el dorado al amarillo, o el plateado al blanco. El aire rugía con sus vueltas.
Otra que no habíamos visto surgió en nuestro camino, apenas más alto que las copas de los árboles.
Cada rayo era del largo de una torre, horadado de ventanillas y troneras. Aunque se mantenía plano en el aire, parecía avanzar dando zancadas. El viento sibilante que nos lanzaba era como para arrancar árboles. Mi pío relinchó y corcoveó, lo mismo que muchos otros destrieros, y algunos cayeron bajo aquel viento extraño.
En el lapso de un latido se acabó. Las hojas que se habían arremolinado como nieve cayeron al suelo. Guasacht dio un grito y Erblon hizo sonar el cuerno y agitó la bandera. Serené al pío y galopé de un destriero a otro, sujetándolos por los ollares hasta que los jinetes volvieron a dominarlos.
Del mismo modo rescaté a Daria, de quien ignoraba que estuviera en la columna. Estaba muy bonita y varonil vestida de coracero, con un contus y un sable fino a cada lado del borrén. Mirándola, me fue imposible no preguntarme qué les habría ocurrido en la misma situación a otras mujeres que yo había conocido: Thea una teatral doncella guerrera, hermosa y dramática pero esencialmente una figura de mascarón; Thecla — ahora parte de mí—, una vengadora burlesca blandiendo armas envenenadas; Agia a horcajadas de un alazán de patas finas, de coraza ajustada, y con el pelo ondeando al viento; Jolenta una reina florida con una armadura de púas, los grandes pechos y los muslos carnosos sacudiéndose de un modo absurdo no bien aceleraba un poco el paso, sonriendo con aire soñador en cada alto e intentando reclinarse en la silla; Dorcas una náyade montada, pasajeramente elevada como una fuente destellante de sol; Valeria, tal vez, una Daria aristocrática.