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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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La única mujer que reconocí fue Foila, y sólo porque ella me reconoció a mí y exclamó «¡Severian!» mientras yo me movía entre heridos y moribundos. Me acerqué e intenté interrogarla, pero estaba muy débily poco me pudo contar. El ataque había llegado de improviso y había destrozado el lazareto como un rayo; todos sus recuerdos eran de las secuelas: gritos que por mucho tiempo no habían atraído salvadores, y unos soldados que la arrastraban y que sabían poco de medicina. La besé lo mejor que pude y le prometí que volvería a verla; promesa, creo, que ambos sabíamos que yo no podría mantener.

—¿Te acuerdas de cuando todos contamos historias?—me dijo—. Pensé en eso.

Le dije que lo sabía.

—Cuando nos traían aquí, quiero decir. Melito y Hallvard y los demás han muerto, creo. El único que recuerde serás tú, Severian.

Le dije que recordaría siempre.

—Quiero que le cuentes a otros. En días de invierno, o una noche que no haya nada que hacer. ¿Recuerdas las historias?

—«Mi tierra es la tierra de los horizontes lejanos, del cielo ancho.”

—Sí —dijo ella, y pareció que se dormía.

La segunda promesa la he cumplido, primero copiando todas las historias en las páginas en blanco del final del libro marrón, luego dándolas aquí tal como las oí en los largos y cálidos mediodías.

XIX — Guasacht

Los dos días siguientes los pasé vagando de aquí para allá. No diré mucho de esos días, pues hay poco que decir. Habría podido, supongo, alistarme en varias unidades, pero no estaba seguro. Me habría gustado volver a la Ultima Casa, pero era demasiado orgulloso para entregarme a la caridad del maestro Ash, suponiendo que pudiera encontrarlo otra vez. Me decía que de buena gana habría vuelto al cargo de lictor de Thrax, pero no sé si lo hubiera hecho, aun cuando fuese posible. Yo dormía en lugares hoscosos y agarraba la comida que podía, que era poca.

Al tercer día descubrí una cimitarra herrumbrada, extraviada en alguna campaña del año anterior. Saqué mi redoma de aceite y la piedra de amolar rota (cosas que, junto con la vaina, yo había guardado después de tirar al agua los restos de TerminusEst) y pasé una guardia feliz limpiándola y afilándola. Una vez que hube acabado, continué mi penosa marcha y pronto di con un camino.

Retirada de hecho la protección del salvoconducto de Mannea, me resistía a mostrarme en campo abierto, más que cuando había ido a la casa del maestro Ash. Pero a esas alturas era probable que el soldado muerto que la Garra había despertado, y que se hacía llamar Miles aunque yo supiera que parte de él era jonas, se hubiese incorporado a alguna unidad. En ese caso, si no estaba realmente en combate, estaría en un camino o un campamento cercano al frente; y yo quería hablarle. Como Dor cas, él había descansado un tiempo en el país de los muertos. Ella había pasado allí más tiempo, pero yo esperaba, si conseguía interrogarlo antes de que un lapso demasiado largo le borrara los recuerdos, saber quizás algo que —si no me permitía recuperarlame ayudara al menos a reconciliarme con el hecho de haberla perdido.

Porque descubría que ahora la amaba como nunca la había amado mientras cruzábamos el campo hacia Thrax. Entonces había tenido los pensamientos demasiado puestos en Thecla; no dejaba de volverme hacia dentro para encontrarla. Ahora, aunque más no fuese porque hacía tanto que era parte de mí, tenía la impresión de haberla alcanzado con un abrazo más final que cualquier acoplamiento. Así como la semilla del hombre penetra en el cuerpo de la mujer para producir (si es la voluntad de Apeirón) un nuevo ser humano, ella, entrándome por la boca, se había combinado con el Severian que iba a establecer un hombre nuevo: yo, que aún me llamo Severian pero soy consciente, por así decir, de mi doble raíz.

No sé si Miles-Donas me hubiera revelado lo que perseguía. Nunca lo encontré, aunque he continuado buscándolo desde aquel día hasta hoy. Hacia media tarde entré en un dominio de árboles rotos; de vez en cuando pasaba junto a cuerpos en un estado más o menos avanzado de descomposición. Al principio probé despojarlos como había hecho con el cadáver de Miles-Donas, pero otros habían pasado antes, y sin duda los pequeños fenecos habían venido de noche a saquear la carne con sus pequeños dientes afilados.

Algo después, cuando las energías empezaban a flaquearme, me detuve frente a los restos humeantes de un carro vacío. Los animales de tiro, que al parecer no habían muerto hacía mucho, yacían en el camino, con el conductor caído boca abajo entre ellos; y se me ocurrió que había cosas peores que quitar de los flancos de los animales toda la carne que yo necesitara y llevármela a un lugar aislado donde pudiera encender un fuego. Había hundido la punta de la cimitarra en el anca de un animal cuando oí un redoble de cascos, y suponiendo que pertenecían al destriero de un estafeta, me moví al borde del camino para dejarlo pasar.

Era, en cambio, un hombre bajo, fornido y de aspecto enérgico en una montura alta y maltratada. Al verme tiró de las riendas, pero algo en su expresión me dijo que no había necesidad de huir o luchar. (De haberla habido, habría luchado. El destriero le habría valido de poco entre los tocones y los troncos caídos, y pese a que llevaba cota de malla y gorro de cuero ceñido de latón, creo que yo podría haberlo superado.) —¿Quién eres? —exclamó. Y cuando se lo dije—: Conque Severian de Nessus. Entonces eres civilizado, del todo o a medias; pero parece que no has estado comiendo muy bien.

—Al contrario —dije—. Recientemente, mejor que de costumbre. —No quería que me creyera débil. —Pero no te sobraría algo más… Eso que hay en tu espada no es sangre de ascio. ¿Qué eres? ¿Un eschiavoni? ¿Un irregular?

—En los últimos tiempos mi vida ha sido bastante irregular, sin duda.

—Pero ¿no estás unido a ninguna formación?

Con asombrosa destreza se apeó de la silla, echó las riendas al suelo y se acercó a grandes pasos. Era levemente patizambo y tenía una de esas caras que parecen modeladas en arcilla y que achatan por arriba y abajo antes de cocerlas, de modo que frente y mentón son bajos pero anchos; los ojos, ranuras, y la boca, alargada. Ysin embargo me gustó en seguida por su nervio, y por lo poco que se esforzaba en esconder su deshonestidad.

Dije: —No estoy unido a nada ni a nadie… salvo a los recuerdos.

—¡Ahh! —suspiró, y por un instante volvió los ojos hacia arriba—. Ya sé… Ya sé. Todos tenemos nuestras dificultades, todos y cada uno. ¿Qué fue, una mujer o la ley?

Yo nunca había considerado mis problemas en esa perspectiva, pero tras pensarlo un momento admití que un poco de cada cosa.

—Pues has llegado al lugar justo y has encontrado al hombre adecuado. ¿Qué te parece una buena comida esta noche, un montón de amigos nuevos y mañana un puñado de oricretas? ¿No suena bien? ¡Bien!

Volvió a su montura, y rápida como un sable de espadachín, disparó una mano para agarrar la brida antes de que el animal se alejara. Cuando tuvo de nuevo las riendas, saltó de nuevo a la silla tan prestamente como había bajado.

—Y ahora móntate aquí detrás —ordenó—. No es e jos, y le será fácil llevarnos a los dos.

Hice lo que decía, aunque con considerable dificultad, porque no tenía estribos para apoyarme. En cuanto estuve sentado, el destriero me atacó la pierna como una culebra; pero su amo, que había previsto la maniobra, le dio tal golpe con el mango metálico del puñal que la bestia se tambaleó y casi se cae.

—No le hagas caso —dijo. Como el cuello corto no le permitía mirar por sobre el hombro, para dejar en claro que me hablaba a mí, torcía el lado izquierdo de la boca—. Es un animal excelente y corajudo en la lucha; sólo quiere que comprendas cuánto vale. Como una iniciación, ¿sabes? ¿Sabes qué es una iniciación?

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