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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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—Gracias —dijo ella. Y luego—: Lo conseguiste. No creí que pudieras.

—¿De lo contrario no habrías accedido? Yo suponía que te obligaban.

—No te habría hecho ese tajo con la fusta. Querrás cobrártelo, ¿no? Con las riendas, supongo.

—¿Qué te hace pensarlo? —Yo estaba cansado y me senté. En la hierba crecían flores amarillas, cada capullo no mayor que una gota de agua; arranqué algunas y descubrí que olían a calambuco.

—Pareces de ésos. Además, me cargaste culo arriba, y los hombres que lo hacen, siempre quieren zurrarlo.

—No lo sabía. Es una idea interesante.

—Tengo a montones, de ésos. —Rápida y graciosa se sentó a mi lado y me puso una mano en la rodilla.Escucha, fue una iniciación, nada más. Nos turnamos, y me tocaba a mí y se supone que debía pegarte. Ahora se ha terminado.

—Comprendo.

—¿Entonces no me harás daño? Maravilloso. Podemos pasarlo muy bien aquí, de veras. Lo que quieras y cuanto quieras, y no volveremos hasta la hora de comer.

—No dije que no fuera a hacerte daño.

Aflojó la cara, que se había retorcido en sonrisas, y miró el suelo. Le sugerí que escapase.

—Eso sólo aumentará tu diversión, y antes de que acabemos me habrás lastimado más. —Mientras hablaba iba deslizando la mano por mi muslo.— Eres guapo, ¿sabes? Tan alto, y con esos ojos brillantes… —Sin levantarse se inclinó hacia mí, apretándome el rostro en el regazo para darme un beso cosquilleante, y enderezándose en seguida.— Podría ser bonito. De veras.

—También podrías matarte. ¿Tienes un cuchillo? Por un instante la boca se le abrió en un círculo pequeño y perfecto.

—Tú estás loco, ¿no? Debí haberlo sabido. —Se puso en pie de un salto.

La agarré de un tobillo y quedó tendida sobre el blando suelo del bosque. Las mañas de ella estaban podridas de tanto usarlas: un tirón y caían.

—Dijiste que no ibas a escapar.

Me miró por encima del hombro con los ojos dilatados.

—No tenéis poder sobre mí, ni tú ni ellos —le dije—. No temo el dolor ni la muerte. Hay una sola mujer viva que deseo, y no quiero a ningún hombre salvo a mí mismo.

XX — Patrulla

Ocupábamos un perímetro de no más de doscientos pasos de ancho. La mayoría de nuestros enemigos sólo tenía cuchillos y hachas —las hachas y las ropas astrosas recordaban a los voluntarios contra los que yo había ayudado a Vodalus en nuestra necrópolis— pero ya había centenares, y seguían llegando.

El bacele había ensillado y había dejado el campamento antes del amanecer. Las sombras todavía eran largas cuando en algún punto del inestable frente, un explorador le mostró a Guasacht los profundos surcos de un coche que viajaba hacia el norte. Durante tres guardias seguimos el rastro.

Los infantes ascios que lo habían capturado lucharon bien, girando al sur para sorprendernos, luego al oeste, luego de nuevo al norte como una serpiente que se retuerce; pero dejando siempre un rastro de muertos, capturados entre nuestro fuego y el de los guardias del coche, que les disparaban por las troneras. Sólo en el final, cuando los ascios ya no pudieron seguir huyendo, advertimos que había otros cazadores.

Hacia el mediodía, el pequeño valle estaba rodeado. El reluciente coche de acero con prisioneros muertos y agonizantes se había hundido en el barro hasta los ejes. Delante se acuclillaban nuestros prisioneros ascios, custodiados por los heridos. El oficial ascio hablaba nuestro idioma, y una guardia antes Guasacht le había ordenado que liberara el coche, y había matado a varios ascios cuando el oficial fracasó; quedaban treinta o mas, casi desnudos, apáticos, con la mirada vacía. A cierta distancia se apilaban sus armas, cerca de nuestros caballos atados.

Ahora Guasacht recorría nuestras filas, y lo vi detenerse en el tocón que protegía al coracero próximo a mí. A cierta altura de la ladera, una enemiga asomó la cabeza por detrás de una mata de arbustos. Mi contus le dio con un rayo ardiente; saltó por reflejo y luego se encrespó como una araña arrojada a las ascuas de una fogata. Bajo la bandana roja había tenido el rostro pálido, y súbitamente comprendí que la habían hecho mirar: que detrás de aquella mata había quienes no la querían, o al menos no la valoraban, y la habían obligado a asomarse. Volví a disparar, castigando la vegetación con el rayo y levantando una vaharada de humo acre que flotó hacia mí como el fantasma de la mujer.

—No derroches cargas dijo Guasacht a mi lado. Más por costumbre, creo, que por miedo, se había echado cuerpo a tierra.

Le pregunté si disparando seis veces por guardia agotaría las cargas antes de la noche.

Se encogió de hombros y meneó la cabeza.

—Así he estado disparando esta cosa, según juzgo por el sol. Y cuando llegue la noche…

Lo miré, y Guasacht encogió de nuevo los hombros.

—Cuando llegue la noche —continué— no podremos verlos hasta que estén a unos pasos. Dispararemos más o menos al azar y mataremos unas docenas; luego sacaremos las espadas y aguantaremos hombro con hombro, y nos matarán.

—Antes llegarán auxilios —me dijo, y cuando vio que no le creía, escupió—. Ojalá no hubiera mirado nunca el maldito surco. Ojalá no hubiera oído hablar de ese trasto.

Me tocaba a mí encoger los hombros. —Devuélveselo a los ascios y nos libraremos.

—¡Te digo que es dinero! Oro para pagar a nuestras tropas. Pesa demasiado para ser otra cosa.

—El peso de la coraza me parece considerable. —No tanto. He visto antes coches así, y es oro de Nessus o de la Casa Absoluta. Pero ésos que hay dentro… ¿Quién ha visto criaturas así?

—Yo.

Guasacht me miró fijamente.

—Cuando atravesé la Puerta de la Piedad de la Muralla de Nessus. Son hombres- bestia, productos de las mismas artes perdidas que hicieron a nuestros destrieros más rápidos que los vehículos a motor de antaño. —Intenté recordar qué más me había contado Jonas, y concluí diciendo, débilmente:—El Autarca los emplea en tareas demasiado laboriosas para el hombre, o para las cuales el hombre no es de fiar.

—Supongo que tendrá razón. No ha de ser fácil robar el dinero. ¿Adónde van a ir? Oye, te he estado observando.

—Lo sé —dije—. Lo he sentido.

—Te he estado observando, digo. Sobre todo desde que hiciste que ese pío tuyo atacara al que lo había entrenado. Aquí en Orithya vemos muchos hombres fuertes y montones de valientes, sobre todo cuando pisamos sus cadáveres. También vemos muchos listos, y diecinueve de cada veinte son demasiado listos para servirle a alguien, incluidos ellos mismos. Los que valen son los hombres, y a veces las mujeres, que tienen una especie de poder, el poder que logra que los demás quieran hacer lo que ellos dicen. No pretendo alardear, pero yo lo tengo. Tú también lo tienes.

—Hasta ahora no había sido demasiado obvio.

—A veces hace falta la guerra para que aflore. Es uno de los beneficios de la guerra, y ya que no tiene muchos deberíamos apreciarlo. Severian, quiero que vayas hasta el coche y pactes con esos hombres-animales. Has dicho que sabes algo de ellos. Consigue que salgan y nos ayuden. A fin de cuentas estamos del mismo lado.

Asentí.

—Y si consigo que abran las puertas, podemos repartir el dinero entre nosotros. Tal vez escapemos algunos, al menos.

Sacudió la cabeza, disgustado. —¿Qué te dije hace un rato sobre los demasiado listos? Si fueras listo de verdad no lo habrías pasado por alto. No: les dices que aunque sólo sean tres o cuatro, todo combatiente es importante. Además, hay cuando menos una posibilidad de que estos malditos piratas se espanten al verlos. Déjame tu contus, y te cubriré hasta que vuelvas.

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