La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
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Le dije que me creía familiarizado con el término. —Ya verás que allí adonde vale la pena pertenecer siempre hay una… Yo ya lo he descubierto. No conozco ninguna que un muchacho corajudo no pueda manejar y después no le haga reírse.
Con esa críptica frase de aliento, clavó las enormes espuelas en los ijares del animal, como si quisiera eviscerarlo allí mismo, y nos lanzamos por el camino seguidos de una nube de polvo.
En mi inocencia, desde la vez que montara el corcel de Vodalus fuera de Saltus, yo había supuesto que las monturas podían dividirse en dos clases: las de raza y rápidas, y las de sangre fría y lentas. Las mejores, pensaba, corrían casi con la graciosa soltura de los gatos; las peores, con tal pesadez que apenas importaba cómo lo hacían. Uno de los tutores de Thecla tenía la máxima de que todo sistema de dos valores es falso, y en aquella cabalgata renové mi respeto por él. La montura de mi benefactor pertenecía a esa tercera clase (harto extensa, según he descubierto desde entonces) compuesta por animales que superan en rapidez a los pájaros pero parecen correr con patas de hierro sobre un camino empedrado. Si bien los hombres tienen innumerables ventajas sobre las mujeres, y por eso se les encarga justamente protegerlas, hay una muy grande de la que las mujeres pueden jactarse: no hay mujer alguna cuyos órganos de generación se hayan aplastado entre la propia pelvis y el espinazo de una de esas bestias galopantes. A mí esto me sucedió unas veinte o treinta veces antes de que frenáramos, y cuando al fin me deslicé de la grupa y salté a un lado para evitar una coz, no estaba de muy buen humor.
Nos habíamos detenido en uno de esos prados perdidos que hay a veces entre las colinas, un área más o menos plana de unas cien zancadas de ancho. En el centro se alzaba una tienda grande como una cabaña, ante la cual flameaba una desteñida bandera negra y verde. Varias docenas de monturas maneadas pastaban alrededor, y un número igual de hombres harapientos, con un puñado de mujeres desaseadas, haraganeaba limpiando armaduras, durmiendo yjugando a las cartas.
—¡Atended! —gritó mi benefactor, desmontando para ponerse a mi lado—. ¡Un nuevo recluta! —Ya mí me anunció:— Severian de Nessus, te encuentras en presencia del Decimoctavo Bacele de Contarü Irregulares, en donde todos somos combatientes de valor intrépido, cuando es posible ganar una pizca de dinero.
Los hombres y mujeres harapientos ya se habían levantado y venían hacia nosotros, muchos de ellos con francas sonrisas. Abría la marcha un hombre alto y muy flaco.
—¡Camaradas, os entrego a Severian de Nessus!”Severian —continuó mi benefactor—, yo soy tu condottiero. Llámame Guasacht. Esta caña de pescar que ves aquí, más alto incluso que tú, es mi segundo, Erblon. Los demás se presentarán solos, estoy seguro.
»Erblon, quiero hablar contigo. Mañana habrá patrullas. —Tomó del brazo al hombre alto y lo llevó a la tienda, dejándome con la hueste que a esas alturas me había rodeado.
Uno de los más grandes, un hombre ursino de casi mi altura y al menos el doble de peso, señaló la cimitarra.
—¿No tienes una vaina para eso? Déjame verla.
La rendí sin discutir; pasara lo que pasase, estaba seguro de que no habría ocasión de matar.
—Así que eres jinete, ¿eh?
—No —dije—. He montado un poco, pero no me considero un experto.
—¿Pero sabes manejarlos?
—Conozco mejor a los hombres y las mujeres. Todo el mundo se rió y el grandote dijo: —Pues magnífico, porque probablemente no montarás mucho, pero te servirá comprender bien a las mujeres… y los destrieros.
Mientras él hablaba, oí ruido de cascos. Dos hombres conducían un pío musculoso y de ojos violen— tos. Le habían dividido y alargado las riendas, de modo que los hombres pudieran estar a los costados de la cabeza, cada uno a tres pasos. Una mujerzuela de pelo color de zorro y cara sonriente se mantenía fácilmente en la silla, y en vez de riendas llevaba en cada mano una fusta. Los coraceros y sus mujeres vivaban y aplaudían, y a ese clamor el pío reculó como un remolino y manoteó el aire, revelando los tres desarrollos de cada pata delantera que llamamos cascos como lo que realmente eran: talones adaptados casi tanto para el combate como para aferrarse a la hierba. Las fintas eran más rápidas que mi vista.
El grandote me palmeó la espalda: —No es el mejor que he tenido, pero es bastante bueno y lo entrené yo mismo. Mesrop y Lactan van a pasarte las riendas, y todo lo que tienes que hacer es montarte. Si lo consigues sin derribar a Daria, puedes tenerla hasta que te alcancemos. —Alzó la voz:— Yo había esperado que los dos hombres me pasaran las riendas. En vez de eso me las tiraron a la cara, y no alcancé a agarrarlas. Alguien azuzó al pío por detrás, y el grandote soltó un silbido peculiar y penetrante. Al pío le habían enseñado a pelear, como a los destrieros de la Torre del Oso, y aunque no le habían alargado los dientes con hojas de metal, los habían dejado crecer naturalmente y asomaban por la boca como cuchillos.
Esquivé el relámpago de una pata delantera e intenté asir el cabestro; un golpe de una de las fustas me dio en plena cara y el empellón del pío me dejó tendido en el suelo.
Los coraceros deben de haberlo retenido o me habría pisoteado. A lo mejor también me ayudaron a levantarme; no puedo estar seguro. Tenía la garganta llena de polvo y la sangre de la frente me goteaba en los ojos.
Fui de nuevo por él, con un rodeo hacia la derecha para evitar los cascos, pero se volvió más rápido que yo y la muchacha llamada Daria intentó alejarme chasqueando las fustas ante mi cara. Más por rabia que por cálculo atrapé una. Ella tenía la correa del mango sujeta a la muñeca; cuando tiré del látigo se vino con él y me cayó en los brazos. Me mordió la oreja, pero la agarré por el pescuezo, le di la vuelta, hundí los dedos en una nalga firme y la levanté. Pateando el aire, sus piernas parecieron sorprender al pío. Lo hice retroceder entre la turba hasta que uno de sus torturadores lo aguijoneó contra mí, y entonces pisé las riendas.
Después fue fácil. Dejé caer a la muchacha, aferré el cabestro del pío, le torcí la cabeza y con una patada en los pies delanteros, como nos enseñaban a hacer con los clientes díscolos, lo dejé sin apoyo. Con un agudo grito el animal se estrelló en el suelo. Sin darle tiempo a enderezar las patas me subí a la silla y desde allí, con las largas riendas, le azoté los flancos y como un rayo lo lancé por entre la turba; después lo hice girar y cargué de nuevo.
Aunque toda mi vida había oído hablar de la excitación de este tipo de combate, nunca la había experimentado. Ahora todo me parecía más que cierto. Los coraceros y sus mujeres aullaban y corrían, y unos pocos blandían espadas. Bien habrían podido desafiar una tormenta: de una sola pasada derribé media docena. La muchacha huía con el pelo rojo ondeando como un estandarte, pero no había piernas humanas capaces de aventajar a ese animal. Cuando pasamos junto a ella, la agarré por el estandarte y la puse ante mí sobre el arzón.
Un sendero sinuoso llevaba a un barranco oscuro, y ese barranco a otro. Adelante corrían unos ciervos; en tres saltos dimos alcance a un gamo aterciopelado y de un topetazo lo apartamos del camino. Siendo lictor de Thrax, había oído que los eclécticos solían perseguir la caza y saltar de la montura para apuñalarla. Ahora creía esas historias: yo podría haber degollado al gamo con un cuchillo de carnicero. Lo dejamos atrás, trepamos una nueva colina y nos lanzamos hacia un valle boscoso y callado. Cuando el pío terminó de desfogarse lo dejé encontrar su propia senda entre los árboles, que eran los más grandes que yo había visto desde Saltus; y cuando se paró a tascar la hierba dispersa y tierna que crecía entre las raíces, hice un alto y arrojé las riendas al suelo como le había visto hacer a Guasacht; luego desmonté y ayudé a la pelirroja a bajarse.