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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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– ¿Buscas a mi papá?

Asentí.

– Está afuera, engrasando el carro.

Debí de parecerle desorientada, porque apuntó con su pequeño dedo en dirección a una puerta de madera que estaba junto a los fogones.

Asentí otra vez y traté de sonreír.

– Pronto comenzaré a trabajar con él, cuando cumpla ocho años -anunció el niño, mientras volvía a concentrarse en su piedra, y se preparaba para un nuevo lanzamiento.

– Tienes suerte -intervino, celoso, el más pequeño.

El mayor se encogió de hombros.

– Alguien tiene que ocuparse de las cosas cuando él no esté y tú eres muy pequeño.

Yo me dirigí a la puerta y la abrí.

Detrás de una cuerda para colgar ropa de la que pendía una hilera de camisas y pañales manchados de amarillo, estaba el mercachifle, encorvado, inspeccionando las ruedas de su carromato.

– Maldita cosa -refunfuñó entre dientes.

Cuando me oyó carraspear, volvió precipitadamente la cabeza y se golpeó contra uno de los palos que servían para tirar del carro.

– Mierda -soltó, y con la pipa colgando del labio inferior, echó un vistazo hacia donde yo estaba.

Traté de recuperar el estilo de Myra sin éxito y tuve que conformarme con la voz que me salió.

– Soy Grace. He venido por el libro. -Esperé la respuesta, que no llegó, y continué-: El de sir Arthur Conan Doyle.

Él se apoyó en el carro.

– Sé quién eres -afirmó y exhaló el dulce aroma del tabaco que se quemaba en su pipa. Luego se limpió las manos de grasa en el pantalón y me miró-. Estoy reparando mi carro para que al chico le resulte más fácil manejarlo.

– ¿Cuándo parte?

El hombre miró al cielo, más allá de la hilera de ropa colgada, con sus fantasmagóricas manchas amarillentas.

– El mes próximo, con la infantería de marina -declaró tocándose la frente con su mano sucia-. Siempre quise conocer el océano, desde que era niño.

Cuando me miró, algo en su expresión, una especie de desolación, me hizo apartar la vista. A través de la ventana de la cocina vi a la mujer, al bebé, y a los dos niños observándonos. El relieve del cristal, sucio de hollín, hacía que sus rostros parecieran reflejos en una charca de agua estancada.

El mercachifle miró en la misma dirección.

– Un hombre puede ganarse la vida en la marina. Si tiene suerte -afirmó. Después de tirar su trapo al suelo se dirigió al interior de la casa-. Ven, el libro está aquí.

Completamos la transacción en la diminuta habitación que daba al frente y después me acompañó a la puerta. Tuve cuidado de no mirar a los lados, para no ver los rostros hambrientos que, sabía, me estaban observando. Cuando bajé los escalones de la entrada oí que el hijo mayor decía:

– ¿Qué compró esa señora, papi? ¿Compró jabón? Olía como el jabón. Es una buena señora, ¿verdad, papi?

Caminé lo más rápido que pude, aunque evité correr. Quería alejarme de esa casa y sus niños, que creían que yo, una vulgar criada, era una verdadera dama.

Me sentí aliviada al doblar la esquina hacia Railway Street y dejar atrás el opresivo hedor del carbón y la pobreza. Las privaciones no eran para mí algo ajeno -muchas veces mi madre y yo tuvimos que arreglarnos como pudimos- pero podía advertir que Riverton me había cambiado. Me había acostumbrado a su abrigo, su comodidad, su abundancia. Esas cosas habían comenzado a formar parte de mis expectativas. El viento helado azotaba mis mejillas, y mientras avanzaba presurosa y cruzaba la calle detrás del carro del lechero, tomé la decisión de no renunciar a ellas. Nunca perdería mi puesto, como había hecho mi madre.

Justo antes de llegar a la intersección con High Street, me escondí en un oscuro hueco, bajo un toldo de tela, y me acurruqué junto a una brillante puerta negra con una placa metálica. Mi aliento se quedó suspendido en el aire, blanco y frío, mientras buscaba el objeto comprado en mi abrigo y me quitaba los guantes.

En casa del vendedor apenas había mirado el libro; y no pude comprobar si era el título pedido. Ahora podía estudiar minuciosamente la cubierta, recorrer con los dedos el lomo de cuero y el relieve de las letras que formaban el título: El valle del miedo. Susurré para mis adentros esas inquietantes palabras. Luego levanté el libro a la altura de mi nariz y aspiré el olor a tinta de sus páginas. El aroma de lo posible.

Guardé el preciado y prohibido bien dentro del forro de mi abrigo y lo apreté contra mi pecho. Mi primer libro nuevo. Mi primer objeto nuevo. Sólo tenía que deslizarlo en el cajón del ático sin despertar las sospechas del señor Hamilton o confirmar las de Myra. Obligué a los guantes a volver a cubrir mis dedos entumecidos, contemplé con ojos entrecerrados el resplandor helado de la calle y emprendí el camino, chocando de frente con una joven dama que se dirigía a la entrada cubierta por el toldo.

– Oh, perdóneme -declaró, sorprendida-. ¡Qué torpe soy!

Cuando la miré, mis mejillas ardieron: era Hannah.

– Espere… -pidió un poco desconcertada-. La conozco… usted trabaja para mi abuelo.

– Sí, señorita. Soy Grace, señorita.

– Grace.

Mi nombre fluyó de sus labios.

– Sí, señorita. -Debajo del abrigo, mi corazón tamborileaba sobre el libro.

Ella se aflojó la bufanda azul dejando a la vista un retazo de piel blanca como la nieve.

– Una vez nos salvaste de morir a manos de la poesía romántica.

– Sí, señorita.

Hannah miró hacia la calle, donde el viento gélido transformaba el aire en aguanieve, e involuntariamente se estremeció de frío.

– Hace un día muy desapacible para salir.

– Sí, señorita -respondí.

– No me hubiera atrevido a desafiar este clima -añadió, mirándome con las mejillas congestionadas- si no hubiera acordado una lección de música adicional.

– Tampoco yo, señorita, si no tuviera que recoger el pedido de la señora Townsend. Hojaldres para el almuerzo de Año Nuevo.

Hannah observó mis manos vacías, y luego el lugar del que yo había salido.

– Un extraño sitio para comprar dulces.

Seguí su mirada. En la placa metálica de la puerta negra se leía «Señora Dove, Escuela de Secretarias». Traté de encontrar una respuesta. Nada podía explicar mi presencia en ese lugar. Nada, excepto la verdad. No podía arriesgarme a que descubrieran lo que había comprado. El señor Hamilton había dejado bien claras las normas respecto al material de lectura. Pero ¿qué otra cosa podía decir? Corría el riesgo de perder mi puesto si Hannah le decía a lady Violet que yo recibía clases sin autorización.

Antes de que pudiera inventar una excusa, Hannah se aclaró la voz y jugueteó con un paquete envuelto en papel manila.

– Bueno… -dijo. La palabra quedó suspendida en el aire, entre nosotras dos.

Esperé apesadumbrada la acusación que sobrevendría.

Hannah cambió de lugar, enderezó el cuello y me miró de frente. Permaneció así un momento y por fin habló.

– Bueno, Grace -declaró con firmeza-, por lo que parece cada una de nosotras tiene un secreto.

Me quedé tan atónita que al principio no pude responder. Mi nerviosismo me había impedido comprender que ella se sentía igual que yo. Tragué saliva, y aferré el borde de mi oculta carga.

– Señorita…

Ella asintió y luego hizo algo que me confundió: se acercó a mí y tomó vehementemente mi mano.

– Te felicito, Grace.

– ¿En serio, señorita?

– Lo sé, porque he hecho lo mismo -confesó señalando su paquete y me dirigió una mirada emocionada-. Aquí no hay partituras, Grace.

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