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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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Recordé el libro del cuarto de los niños, con su bello lomo, donde estaba escrito el nombre de Timothy Hartford.

– Sus gritos fueron tan atronadores que no pudimos evitar oírlos -recordó Myra, girando el pie para dejar salir el aire frío-, pero nada comparado con los de ella.

– ¿Los de quien? -pregunté en voz baja.

– Los de su madre, Jemina. Comenzaron cuando se llevaron de aquí al pequeño y no cesaron durante una semana. Si hubieras oído ese lamento… Un dolor que haría encanecer el cabello. No comía, no bebía, su palidez llegó a igualar a la del pobre hijo muerto, Dios lo tenga en su gloria.

Temblé. Traté de hacer concordar esa descripción con la de la mujer poco agraciada y regordeta, que parecía demasiado vulgar para experimentar semejante sufrimiento.

– Dijiste hijos. ¿Qué ocurrió con los otros?

– Otro -aclaró Myra-. Adam. Vivió más que Timmy. Todos creíamos que se había salvado de la maldición. Pobre chico, no fue así. Lo habían protegido mucho más que a su hermano. Su madre no le permitía más actividad que leer en la biblioteca. No quería cometer dos veces el mismo error. -Myra suspiró y flexionó las rodillas, acercándolas al pecho para combatir el frío-. Pero no hay en este mundo una madre que pueda evitar que su hijo haga una travesura cuando se lo propone.

– ¿Cuál fue su travesura, la que le causó la muerte?

– No hizo más que subir las escaleras. Ocurrió en la casa del mayor en Buckinghamshire. Yo no lo vi, pero Sarah, la criada de la casa, estaba limpiando la sala y lo contempló con sus propios ojos. Contó que el niño estaba corriendo muy rápido, que tropezó y se resbaló. Nada más. Aparentemente no se había lastimado, porque pudo ponerse de pie y seguir andando. Pero esa noche su rodilla se hinchó como un melón maduro, tal como había ocurrido con el hombro de Timmy, y más tarde comenzó a llorar.

– ¿También agonizó durante días, como su hermano?

– No, no fue así con Adam -explicó Myra bajando la voz-. El pobre gritó agonizante casi toda la noche llamando a su madre, rogándole que lo librara del dolor. En la casa nadie pegó ojo esa noche, ni siquiera el señor Barker, el mozo de cuadra, que era medio sordo. Todos se quedaron en sus camas escuchando los gritos de dolor del niño. El mayor veló junto a su puerta toda la noche, demostró gran valentía y no derramó una sola lágrima.

Luego, justo antes de que amaneciera, según dijo Sarah, los gritos cesaron súbitamente y en la casa reinó un silencio mortal. Por la mañana, cuando ella le llevó al niño la bandeja con el desayuno, encontró a Jemina acostada en su cama. Tenía a su hijo en bazos, con el rostro tan sereno como el de un ángel, como si sólo estuviera dormido.

– ¿Gritaba, como la otra vez?

– No. Sarah dijo que se la veía casi tan serena como a su hijo. Tal vez porque el niño había dejado de sufrir. La noche había terminado y ella lo había visto partir a un lugar mejor, donde las dificultades y las penas ya no podrían acosarlo.

Consideré la situación que Myra había descrito. La súbita interrupción de los gritos del niño. El alivio de la madre.

– Myra -murmuré lentamente-, ¿no crees que…?

– Creo que fue una bendición que el niño muriera más rápidamente que su hermano, eso es lo que creo -me interrumpió Myra.

Nos quedamos en silencio, y por un instante pensé que Myra se había dormido. Pero su respiración no era profunda, por lo que creí que sólo simulaba dormir. Estiré mi manta hasta el cuello y cerré los ojos, tratando de no imaginar escenas con niños gimientes y madres desesperadas.

Ya estaba abandonándome al sueño cuando el susurro de mi compañera rasgó el aire helado.

– Ahora está esperando otro hijo. Nacerá en agosto. Debes multiplicar tus rezos, ¿me oyes? Especialmente ahora, en Navidad, cuando Dios está más cerca de nosotros. -Inesperadamente, Myra se había vuelto piadosa-. Debes rogar que esta vez traiga al mundo un niño saludable. Uno que no se desangre y muera a tan temprana edad -concluyó dándose vuelta y enrollándose en la manta.

La Navidad pasó, la biblioteca de lord Ashbury fue declarada libre de polvo, y la mañana del 27 de diciembre, desafiando al frío, me dirigí a Saffron Green para cumplir un encargo de la señora Townsend. Lady Ashbury estaba planeando organizar un almuerzo de fin de año, con la esperanza de conseguir apoyo para su comité de ayuda a los refugiados belgas. Myra la había oído decir que tenía interés en ampliar la iniciativa a los expatriados franceses y portugueses en caso de que fuera necesario.

De acuerdo con las palabras de la señora Townsend, no había modo más seguro de impresionar en un almuerzo que ofrecer la auténtica pastelería griega de la señora Georgias. No todo el mundo podía deleitarse con algo así, agregaba dándose aires de grandeza, en particular en esos tiempos difíciles. A mí me tocó ir hasta la tienda de comestibles y preguntar por el pedido especial de la señora Town send.

A pesar del aire glacial, me gustó la idea de ir al pueblo. Después de días de preparativos para las fiestas -primero la Navidad y luego el Año Nuevo-, agradecía poder salir, estar sola, pasar una mañana lejos de la implacable mirada escrutadora de Myra. Porque, después de algunos meses de relativa tranquilidad, había surgido en ella un especial interés por mis tareas y no dejaba de observarme, reprenderme y corregirme. Tenía la desagradable sensación de que me estaban preparando para una instancia distinta, aún incierta.

Además, tenía un motivo secreto para alegrarme por salir al pueblo. Se había publicado la cuarta novela de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle, y yo había acordado con el mercachifle que me reservaría un ejemplar. Me había costado seis meses ahorrar el dinero, aquél sería el primer libro nuevo de mi propiedad. El valle del miedo. El título en sí mismo ya anticipaba una historia emocionante.

Sabía que el vendedor ambulante vivía con su esposa y sus hijos en una modesta casa de piedra gris que formaba parte de una sucesión de otras tantas, idénticas a ella. La calle estaba en un lóbrego barrio ubicado detrás de la estación de tren, donde el olor a carbón quemado estaba suspendido en el aire. Los adoquines estaban ennegrecidos y los postes de alumbrado, cubiertos por una película de hollín. Golpeé cautelosa la ruinosa puerta y retrocedí para esperar. Un niño de unos tres años, con unos zapatos polvorientos y un jersey raído, se sentó en el escalón y se dedicó a golpear el tubo de desagüe con un palo. Sus rodillas desnudas estaban cubiertas de costras azuladas a causa del frío.

Volví a golpear, esta vez más fuerte. Por fin la puerta se abrió y apareció una mujer con un ajustado delantal, bajo el cual sobresalía el vientre que mostraba su preñez. En la cadera llevaba un niño con los ojos enrojecidos. Sin decir nada, me lanzó una lánguida mi rada mientras yo trataba de encontrar las palabras para dirigirme a ella.

– Hola -salude en un tono que había aprendido de Myra-. Soy Grace Reeves. Estoy buscando al señor Jones.

Ella permaneció en silencio.

– Soy una cliente. He venido a comprar… ¿un libro? -Mi voz insegura, delataba un matiz de interrogación no buscado.

Imperceptiblemente, en señal de conformidad, sus ojos parpadearon. La mujer alzó un poco más al bebé sobre su cadera huesuda y señaló con la cabeza la habitación que tenía detrás.

– Está al fondo.

Se apartó un poco y yo me apreté para abrirme paso, en la única dirección posible en esa diminuta casa. Tras la puerta estaba la cocina, impregnada por el olor fétido de la leche rancia. Dos niños pequeños, mugrientos a causa de la pobreza, estaban sentados a la mesa haciendo rodar un par de piedras por la deteriorada superficie de madera de pino. El más alto de los dos hizo rodar la suya hasta que chocó con la de su hermano y me miró con sus ojos como lunas llenas en el rostro demacrado.

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