La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
Era una vergüenza, había dicho Myra, suspirando y meneando la cabeza. Una criada maltratada, un niño criado sin padre. ¿Quién no simpatizaría con ellos? De todos modos -había continuado Myra lanzándome una mirada de complicidad-, la Señora no apreciaría a este inesperado huésped. Cada uno debe estar en el lugar que le corresponde.
La intención de sus palabras había sido clara: había títulos y títulos, aquellos que denotaban un linaje, y otros que relucían llamativamente, como un automóvil nuevo. Robbie Hunter era hijo -sin importar que fuera ilegítimo- de un lord que había conseguido recientemente su título. No era lo suficientemente bueno para personas como los Hartford, y en consecuencia, tampoco para nosotros.
– ¿Y bien? -insistió Emmeline-. Cuéntanos. ¿Qué es eso tan terrible que ha hecho tu padre?
– ¿Qué es esto, la Inquisición? -terció David sonriendo. Luego se dirigió a Robbie-. Te pido disculpas, Hunter. Son un par de entrometidas. No están acostumbradas a recibir visitas.
Emmeline sonrió y le arrojó un montón de papel. Cayó a poca distancia de su objetivo para perderse en la montaña de papeles que se había formado debajo del árbol.
– Está bien -repuso Robbie, irguiéndose y apartando un mechón de sus ojos-. Desde la muerte de mi madre, mi padre me ha reconocido, llamándome a su lado.
– ¿Te ha reconocido? -preguntó Emmeline, frunciendo el ceño.
– Y yo no deseo ser reconocido. No por él.
– Pero ¿por qué quiere hacerlo?
– Después de condenarme alegremente a una vida de ignominia, ahora descubre que necesita un heredero. Parece que su nueva esposa no puede darle uno.
Emmeline miró a sus hermanos pidiendo que le tradujeran esas últimas palabras.
– Por eso Robbie se va a la guerra, para ser libre.
– Siento lo de tu madre -murmuró Hannah a regañadientes.
– Oh, sí -coincidió Emmeline, reflejando en su rostro infantil todo un modelo de ensayada simpatía-. Debes de añorarla terriblemente. Yo añoro horrores a nuestra madre, y ni siquiera la conocí -suspiró-. Y ahora vas a la guerra para escapar de la crueldad de tu padre. Parece una novela.
– Un melodrama -precisó Hannah.
– Una historia romántica -concluyó ansiosamente Emmeline. Las velas del paquete que estaba desenvolviendo cayeron en su falda, liberando su aroma de pino y canela-. La abuela dice que todos los hombres tienen el deber de ir a la guerra. Y que los que se quedan en casa son unos vagos y unos bellacos.
Arriba, en la galería, sentí que se me erizaba la piel. Eché un vistazo a Alfred y rápidamente aparté la mirada cuando éste me pilló. Sus mejillas encendidas, su cabeza gacha -como aquel día en el pueblo- indicaban que se reprochaba a sí mismo su actitud. Se puso de pie súbitamente y dejó caer el trapo con el que limpiaba. Cuando me acerqué para alcanzárselo meneó la cabeza, se negó a mirarme y murmuró algo acerca de que el señor Hamilton estaría preguntándose dónde estaba. Lo miré desconsolada mientras bajaba la escalera y salía de la biblioteca sin que los niños Hartford lo advirtieran. Luego maldije mi falta de autocontrol.
Emmeline, que estaba junto al árbol, miró a Hannah.
– La abuela está muy decepcionada con papá. Cree que para él las cosas son fáciles.
– No tiene motivo para estarlo -repuso acaloradamente Hannah-. Y para papá las cosas ciertamente no son fáciles. Él habría estado allí el primero si hubiera podido.
Un pesado silencio se apoderó del salón. Pude sentir mi propia respiración, que la solidaridad con Hannah había acelerado.
– No la tomes conmigo -indicó Emmeline enfurruñada-. No fui yo sino la abuela quien lo dijo.
– Vieja bruja -espetó Hannah con furia-. Papá trata de contribuir a la guerra como puede, igual que todos nosotros.
– A Hannah le gustaría venir con nosotros al frente -explicó David a Robbie-. Ella y papá sencillamente no entienden que la guerra no es un lugar para mujeres y ancianos enfermos de los pulmones.
– Eso es basura -opinó Hannah.
– ¿Qué es basura? ¿Qué la guerra no es para mujeres y ancianos o que te gustaría poder combatir?
– Sabes que sería de tanta utilidad como tú. Siempre he sido buena para tomar decisiones estratégicas, tú mismo lo dijiste.
– Esto es real, Hannah -recalcó de pronto David-. Es una guerra: con armas verdaderas, balas verdaderas y enemigos verdaderos. No es una ficción, no es un juego de niños.
Yo seguí respirando agitadamente. Hannah tenía la expresión de quien ha recibido una bofetada.
– No puedes vivir toda la vida en un mundo de fantasía -continuó David-. No puedes pasar el resto de tus días inventando aventuras, escribiendo sobre cosas que en realidad nunca ocurrieron, representando un personaje ficticio.
– ¡David! -gritó Emmeline. Luego miró a Robbie y nuevamente a su hermano-. Regla numero uno: El Juego es secreto -recordó, con el labio inferior tembloroso.
David la miró y su expresión se suavizó.
– Tienes razón. Lo siento, Emme.
– Es secreto -susurró ella-, es importante.
– Por supuesto que lo es. Vamos, no te enfades -alegó, acariciando el cabello de Emmeline. Luego se inclinó para mirar dentro de la caja de adornos.
– ¡Eh! Mirad a quién he encontrado. Es Mabel.
David sostuvo en alto un ángel de cristal de Núremberg, con alas estriadas, una arrugada túnica dorada y un piadoso rostro de cera.
– Es tu preferido, ¿verdad? ¿Lo pongo en la cúspide?
– ¿Puedo hacerlo yo este año? -preguntó Emmeline, secándose los ojos. Aunque seguía disgustada, no quiso dejar pasar la oportunidad.
David miró a Hannah, que fingía inspeccionar la palma de su mano.
– ¿Qué dices, Hannah? ¿Alguna objeción?
Hannah le dirigió una mirada directa y gélida.
– Por favor -suplicó Emmeline dando saltos, en medio de un revuelo de enaguas y envoltorios de papel-. Siempre lo habéis hecho vosotros. Nunca me ha tocado a mí. Ya no soy un bebé.
David fingió estar meditándolo.
– ¿Cuántos años tienes ahora?
– Once.
– Once…, prácticamente doce.
Emmeline asintió con impaciencia.
– Muy bien -concedió por fin David. Sonrió a Robbie y asintió.
– ¿Me das la mano?
Entre los dos acercaron la escalera al árbol y afirmaron la base entre los papeles arrugados que estaban desparramados por el suelo.
– ¡Oh! -Emmeline, entre risitas nerviosas, comenzó a trepar, aferrando el ángel con una mano-. Soy como Jack trepando por los tallos de la planta de habichuelas.
Emmeline siguió subiendo y cuando le faltaban dos escalones para llegar al último estiró la mano que sostenía el ángel, tratando de llegar a la cúspide del árbol, que aún estaba fuera de su alcance.
– No me intimidarás -farfulló entre dientes y miró las tres caras que desde abajo la observaban-. Ya casi estoy. Sólo uno más.
– Con cuidado -le advirtió David-. ¿Hay algo en lo que puedas apoyarte?