La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
Hice mis tareas habituales en un suspiro. Luego regresé a la sala de los sirvientes y esperé. Me senté a la mesa. Mis dedos estaban demasiado tensos para tejer, de modo que escuché cómo el reloj marcaba lentamente los minutos.
A las 9.30 el señor Hamilton comprobó que la hora de su reloj coincidiera con la que marcaba el reloj de pared. Eso me recordó que debía retirar las bandejas del desayuno y ayudar a las jovencitas a vestirse. Bullía anticipadamente de entusiasmo.
Sus habitaciones estaban arriba, junto al cuarto de juegos. Golpeé una vez, rápidamente y sin hacer demasiado ruido, por mera formalidad, tal como me había indicado Myra. Luego abrí la puerta del dormitorio de Hannah. Era la primera vez que veía la habitación Shakespeare. Myra, reacia a perder el control, había insistido en llevar ella misma las bandejas del desayuno antes de partir hacia la estación.
Era oscura, por efecto del empapelado descolorido y los pesados muebles. La cama, la mesilla y el dosel eran de caoba tallada. Una alfombra color bermellón cubría el suelo, casi hasta el zócalo. En la pared, sobre la cabecera, había tres cuadros a los que la habitación debía su nombre, dado que -según había dicho Myra- correspondían a sendas heroínas de obras teatrales escritas por el mejor dramaturgo inglés de todos los tiempos. Yo di por ciertas sus palabras, aunque ninguna de ellas me pareció especialmente heroica. La primera estaba tendida en el suelo, sosteniendo ante sí un frasco que contenía un líquido. La segunda estaba sentada en una silla, y a lo lejos se veían dos hombres, uno de piel blanca y otro de piel negra. La tercera, tendida en un arroyo, con el largo cabello flotando hacia atrás, salpicado de flores silvestres.
Cuando me acerqué, Hannah ya se había levantado. Estaba sentada frente al tocador con un camisón de algodón blanco, el empeine de los pálidos pies apoyado en la alfombra, como si rezara, y la cabeza inclinada sobre una carta. Tuve la sensación de verla por primera vez. Myra había abierto las cortinas y un débil rayo de sol entraba por la ventana iluminando la espalda de Hannah para jugar con sus largas trenzas rubias. Ella no advirtió mi presencia.
Yo carraspeé y ella me miró.
– Grace -enunció, con toda naturalidad-. Myra me informó de que la reemplazarías mientras ella está cumpliendo con su trabajo en la estación.
– Sí, señorita.
– ¿No va a ser mucho ocuparse de las tareas de Myra además de las tuyas?
– Oh, no, señorita, en absoluto.
Hannah se inclinó hacia mí y bajó la voz.
– Debes de estar muy ocupada. Pero ¿cumples ante todo con las clases de la señorita Dove?
Por un instante no supe qué decir. ¿Quién era la señorita Dove y por qué motivo me daría clases? Entonces recordé: la escuela de secretarias del pueblo.
– Trato de cumplir, señorita -contesté, y tragué saliva, deseosa de cambiar de tema-. ¿Comienzo por su cabello, señorita?
– Sí -dijo Hannah, afirmando enfáticamente con la cabeza-. Por supuesto, haces bien al no hablar de eso, Grace. Yo debería ser más cuidadosa -agregó, tratando de no sonreír, aunque cuando estaba a punto de lograrlo, rió abiertamente-. Es sólo que… es un alivio tener a alguien con quien compartirlo.
– Sí, señorita -asentí solemnemente, disimulando mi inquietud.
Por fin, con una sonrisa cómplice, ella se llevó un dedo a los labios indicando silencio, y volvió a leer la carta.
Tomé un cepillo de madreperla del tocador y de pie detrás de ella miré el espejo oval. Al ver que seguía leyendo me atreví a observarla. La luz de la ventana le alumbraba el rostro y proyectaba un reflejo etéreo. Podía distinguir la retícula de sus venas, apenas visibles bajo la piel blanca, comprobar cómo se movían sus ojos debajo de los bellos párpados mientras leía.
Ella se revolvió y yo dejé de mirarla. Deshice las cintas de sus trenzas y las solté. Desenredé el cabello largo y ondulado y comencé a cepillarlo.
Hannah dobló la carta por la mitad y la dejó debajo de una bombonera de cristal que estaba sobre el tocador. Se miró en el espejo, cerró la boca y dirigió su vista a la ventana.
– Mi hermano se marcha a Francia -comentó con aspereza-. A pelear en la guerra.
– ¿De verdad, señorita?
– Él y su amigo Robert Hunter. -Pronunció ese nombre con disgusto y rozó el borde de la carta-. El pobre papá no lo sabe. No debemos decírselo.
Cepillé rítmicamente, contando en silencio. (Myra había dicho que lo hiciera cien veces y que se daría cuenta si me había saltado alguna).
– Me gustaría ir -continuó entonces Hannah.
– ¿A la guerra, señorita?
– Sí. El mundo está cambiando, Grace, y quiero verlo. -Hannah me observó a través del espejo. La luz del sol animaba sus ojos azules moteados de amarillo-. Quiero experimentar la sensación de que la vida me transforme -declaró luego, como si recitara un verso aprendido de memoria.
– ¿La transforme?
Yo no podía imaginar que ella deseara una vida distinta de la que Dios tan generosamente le había concedido.
– Que me transforme, Grace. Así como algunas personas pueden sentir que las transforma la música u otro arte, quiero vivir una gran experiencia que me aleje de mi vida habitual. -Entonces volvió a mirarme, con ojos brillantes-. ¿Nunca has sentido algo así? ¿No has querido más de lo que la vida te ha dado?
La miré un instante, reconfortada por la vaga sensación de haber sido destinataria de una confidencia, y desconcertada porque parecía requerir alguna señal de reciprocidad que yo, desafortunadamente, no estaba en condiciones de ofrecer. El problema era, sencillamente, que no la comprendía. Los sentimientos que Hannah describía eran para mí un idioma desconocido. La vida había sido buena conmigo. No tenía duda. El señor Hamilton no dejaba de recordarme cuán afortunada era por tener ese puesto y lo mismo hacía mi madre. No lograba encontrar una respuesta y Hannah seguía mirándome, expectante.
Abrí la boca, mi lengua produjo un chasquido prometedor, pero las palabras no salieron.
Ella suspiró y se encogió de hombros. En su boca se dibujó una leve sonrisa de desilusión.
– No, por supuesto. Lo siento, Grace, te he desconcertado.
Cuando Hannah miró en otra dirección me oí decir:
– Alguna vez pensé que me gustaría ser detective, señorita.
– ¿Detective? -Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo-. ¿Cómo el señor Bucket en La casa desolada?
– No conozco al señor Bucket, señorita. Pensaba en Sherlock Holmes.
– ¿De verdad? ¿Detective?
Asentí.
– ¿Alguien que encuentra pistas y descubre cómo se cometieron los crímenes?
Asentí otra vez.
– Bien -exclamó, de lo más complacida-. Estaba equivocada. Sabes lo que quiero decir.
Dicho lo cual, volvió a mirar por la ventana, sonriendo levemente.
No supe cómo había sucedido, por qué mi impulsiva respuesta le había agradado tanto, aunque tampoco me importaba especialmente. Todo lo que sabía era que en ese momento disfrutaba de la agradable sensación de haber establecido un vínculo.
Dejé el cepillo en el tocador y me pasé las manos por el delantal.
– Myra me indicó que hoy usaría su traje de paseo, señorita.
Tomé el traje del guardarropa, lo llevé hacia el tocador y sostuve la falda para que Hannah pudiera entrar en ella.
En ese momento una puerta empapelada que estaba junto a la cabecera de la cama se abrió y apareció Emmeline. Desde el lugar donde estaba arrodillada, sosteniendo la falda de Hannah, la vi cruzar la habitación. La de Emmeline era un tipo de belleza que no armonizaba con su edad. Algo en sus grandes ojos azules, sus labios carnosos, incluso la manera de bostezar, daban impresión de vaga madurez.