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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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– Perdón, señorita -interrumpió Alfred, dejando la bandeja en la mesa de las bebidas-. La señora Townsend envía esto para ustedes.

– Oh, qué encanto -exclamó Emmeline, y sin terminar de tocar la canción se apresuró a devorar una ciruela escarchada.

Al girar hacia la puerta para retirarse, Alfred miró subrepticiamente hacia la estantería y se cruzó con mis indiscretos ojos. Esperó el momento en que los niños Hartford volvieron a prestar atención al árbol, se deslizó por detrás y trepó por la escalera hasta donde yo estaba.

– ¿Cómo te va con esto? -susurró, asomando la cabeza a través del peldaño.

– Bien -respondí. Había pasado tanto tiempo en silencio que mi propia voz me sonó extraña. Contemplé con cargo de conciencia el libro que estaba en mi regazo, el lugar vacío en el estante, los seis libros que lo precedían.

Él miró en la misma dirección y alzó sus cejas.

– Por suerte estoy aquí para ayudarte.

– Pero ¿el señor Hamilton no…?

– No creo que me eche de menos si falto durante media hora, más o menos -aseguró Alfred. Sonriendo, señaló el otro extremo del estante-. Comenzaré desde ese lado, podemos encontrarnos en el medio.

Asentí, con una mezcla de gratitud y recelo.

Alfred sacó un trapo del bolsillo de su chaqueta y un libro del estante. Se sentó en el suelo de la galería de la biblioteca. Yo lo observaba. Parecía ensimismado en su tarea: metódicamente giraba el libro para limpiar el polvo de todas sus caras, lo devolvía al estante y tomaba el siguiente. Allí sentado con las piernas cruzadas, concentrado en su trabajo, con el cabello castaño -habitualmente tan prolijo- cayendo hacia adelante, balanceándose al ritmo de sus brazos, parecía un niño que por arte de magia había alcanzado el tamaño de un hombre adulto.

Alfred miró hacia un lado justo cuando yo giraba la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Su expresión hizo que me recorriera un escalofrío por la piel. A mi pesar, me sonrojé. ¿Creería que había estado espiándolo? ¿Seguía observándome? No me atreví a comprobarlo, ante la posibilidad de que él malinterpretara mi actitud. No obstante, la piel se me erizaba al imaginar su mirada.

Desde hacía unos días siempre sucedía lo mismo: entre nosotros se creaba algo que me sentía incapaz de definir. La confianza que habitualmente existía entre nosotros se había evaporado, dando paso a la torpeza, a una confusa tendencia a los gestos equivocados y los malentendidos. Me preguntaba si se debía al episodio de la pluma. Tal vez me había visto en la calle, o peor aún, se había enterado de que fui yo quien le delató ante el señor Hamilton y los demás miembros del servicio.

Me dediqué a lustrar ampulosamente el libro que tenía en mi regazo y miré fijamente, a través de las rejas, hacia el nivel inferior. Tal vez si ignoraba a Alfred, la incomodidad pasaría tan inadvertida como el tiempo.

Cuando volví a observar a los niños Hartford, lo que ocurría entre ellos me resultó ajeno: como un espectador que se duerme durante una representación y al despertar descubre que el escenario ha cambiado y el diálogo ha seguido su curso, me concentré en sus voces, extrañas y remotas, flotando en la diáfana luz invernal.

Emmeline le ofrecía a Robbie la bandeja con dulces que había enviado la señora Townsend y los hermanos mayores hablaban sobre la guerra.

Hannah levantó la vista de la estrella plateada que estaba colocando en una de las ramas del abeto.

– Pero ¿cuándo te irás?

– A principios del año próximo -informó David. La emoción le coloreaba las mejillas.

– Pero ¿desde cuándo… has…?

David se encogió de hombros.

– He estado pensando en ello durante años. Ya me conoces, quiero vivir una gran aventura.

Hannah miró a su hermano. Se había sentido decepcionada ante la inesperada presencia de Robbie y la imposibilidad de jugar El Juego, pero le dolía mucho más profundamente esta nueva traición. Su voz era fría.

– ¿Papá lo sabe?

– No exactamente.

– No te dejará ir -advirtió Hannah, con gran alivio y certeza en la voz.

– No tendrá alternativa -replicó David-. No sabrá que me he ido hasta que haya llegado sano y salvo a territorio francés.

– ¿Y si lo descubre?

– No lo hará, porque nadie va a decírselo -afirmó David mirando fijamente a su hermana-. De todos modos, aunque encuentre los mejores argumentos, no puede detenerme. No se lo permitiré. No voy a desperdiciar mi vida sólo porque él lo hizo. Soy un hombre, es hora de que papá lo acepte. Sólo porque él tuvo una vida miserable…

– David -le increpó bruscamente Hannah.

– Es cierto, por más que no quieras verlo. Toda su vida ha estado dominado por la abuela. Se casó con una mujer que no lo toleraba. Fracasa en todos los negocios que emprende…

– David -repitió Hannah. Yo percibí su indignación. Ella miró a Emmeline; comprobó aliviada que no podía oírlos.

– No tienes lealtad. Deberías sentirte avergonzado.

David miró a Hannah a los ojos y bajó la voz.

– No permitiré que me haga víctima de su resentimiento. Es lamentable.

– ¿De qué estáis hablando? -interrumpió la voz de Emmeline, acercándose con un puñado de almendras garrapiñadas-. ¿No estaréis peleándoos, verdad? -preguntó frunciendo el ceño.

– No, por supuesto -respondió David, sonriendo débilmente mientras su hermana le dirigía una mirada fulminante-. Sólo le estaba diciendo a Hannah que me voy a Francia. A la guerra.

– Qué emocionante -exclamó Emmeline-. ¿Irás tú también, Robbie?

Robbie asintió.

– Debí haberlo adivinado -comentó Hannah.

David la ignoró.

– Alguien tiene que cuidar de este muchacho -declaró mirando a Robbie con una sonrisa-. No puedo permitir que se quede con toda la diversión para él solo.

Mientras hablaba, advertí algo en su mirada. ¿Admiración? ¿Afecto tal vez?

Hannah también debió de notarlo. Apretó los labios. Ya sabía a quién culpar por la traición de David.

– Robbie va a la guerra para huir de su padre -explicó David.

– ¿Por qué? -preguntó Emmeline con asombro-. ¿Qué ha hecho?

Robbie se encogió de hombros.

– La lista es larga y me resulta muy penoso enumerarla.

– Podrías darnos una pista -sugirió Emmeline. De repente sus ojos se abrieron como platos-. ¡Ya sé! Te amenazó con borrarte de su testamento.

Robbie lanzó una carcajada seca, desprovista de humor.

– No es eso -afirmó, haciendo girar un carámbano de cristal entre los dedos-. Es precisamente lo contrario.

Emmeline frunció el ceño.

– ¿Te amenaza con incluirte en su testamento?

– Pretende que juguemos a ser una familia feliz.

– ¿No quieres ser feliz? -preguntó Hannah con frialdad.

– No quiero una familia -afirmó Robbie-. Prefiero estar solo.

Emmeline puso los ojos en blanco.

– No soportaría estar sola, sin Hannah o David, y papá, por supuesto.

– Para la gente como vosotros es distinto -respondió serenamente Robbie-. Tu familia no te ha hecho daño.

– ¿Y la tuya sí? -quiso saber Hannah.

Se hizo un silencio, durante el cual todas las miradas, incluida la mía, se dirigieron a Robbie. Contuve el aliento. Ya estaba enterada de lo de su padre. La noche de su imprevista llegada a Riverton, mientras el señor Hamilton y la señora Townsend comenzaban con el aluvión de preparativos para la comida y el alojamiento, Myra me había confiado lo que sabía.

Robbie era hijo de lord Hasting Hunter, un científico a quien se le había concedido el título nobiliario hacía poco tiempo, y que debía su fama y fortuna al descubrimiento de un nuevo tejido que podía fabricarse sin algodón. Había comprado una gran mansión en las afueras de Cambridge, donde uno de los cuartos estaba destinado a realizar sus experimentos, y junto con su esposa se había dedicado a llevar la vida de la aristocracia terrateniente. El chico, según me había informado Myra, era fruto de una relación amorosa de lord Hunter con su criada, una joven española que apenas hablaba inglés. Al abultarse su vientre, se cansó de ella, aunque se había comprometido a no despedirla y a educar al niño a cambio de su silencio. Ese silencio había sido la causa de su locura, que la había llevado finalmente a quitarse la vida. Eso es lo que se decía.

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