La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– ¿Cómo está tu brazo? -se interesó Hannah, apoyando una mano en mi hombro para equilibrarse y dando un paso para ponerse la falda.
Seguí mirando hacia abajo. Deseaba que el brazo de Emmeline estuviera bien y que no recordara mi participación en su caída. De hecho, si lo recordaba, no lo demostró. Sólo se encogió de hombros, se tocó distraídamente la muñeca vendada y dijo:
– No me duele, me dejo la venda para impresionar.
Hannah miró hacia la pared. Yo recogí su camisón y deslicé el corpiño del traje por encima de su cabeza.
– Tal vez te quede una cicatriz, ¿sabes? -insinuó provocadoramente.
– Lo sé -afirmó Emmeline, sentándose en el extremo de la cama de su hermana-. Al principio no me gustaba la idea, pero Robbie dijo que era una herida de guerra, y que me daría personalidad.
– ¿Eso dijo? -preguntó Hannah, mordaz.
– Señaló que la gente interesante siempre tiene personalidad.
Abroché el primer botón para ajustar el corpiño de Hannah.
– Vendrá a pasear con nosotros esta mañana -anunció Emmeline, golpeteando la cama con los pies-. Le ha pedido a David que le mostremos el lago.
– Sin duda pasaréis una mañana encantadora.
– ¿No vendrás? Es el primer día templado desde hace semanas. Dijiste que si pasabas más tiempo aquí adentro te volverías loca.
– He cambiado de idea -contestó Hannah con displicencia.
Emmeline permaneció en silencio un momento. Luego dijo:
– David tenía razón.
Yo, que continuaba abotonando el corpiño, advertí la tensión en el cuerpo de Hannah.
– ¿A qué te refieres?
– David le contó a Robbie que eras obstinada, que, si te lo proponías, pasarías todo el invierno encerrada para evitar encontrarte con él.
Por un momento, Hannah no supo qué decir.
– Bueno, pues dile a David que se equivoca. No estoy evitando a Robbie, en absoluto. Tengo cosas que hacer aquí. Cosas importantes, de las que no estáis al tanto.
– ¿Como sentarte en el cuarto de juegos, sufriendo, mientras lees otra vez las cosas que hay en el arcón?
– ¡Eres una fisgona! -protestó Hannah indignada-. ¿Te sorprende que desee tener privacidad? Pues te equivocas, como de costumbre. No me dedicaré a revisar el arcón. Ya no está allí.
– ¿Qué dices?
– Lo he escondido.
– ¿Dónde?
– Te lo diré la próxima vez que juguemos.
– Pero es probable que no juguemos durante todo el invierno. No podemos hacerlo sin que se entere Robbie.
– Entonces te lo diré el próximo verano. No lo echarás de menos. Tú y David tenéis montones de cosas que hacer ahora que el señor Hunter está aquí.
– ¿Por qué no te agrada Robbie?
Se produjo una extraña tregua, una pausa forzada en la conversación, durante la cual sentí que era el centro de atención y pude oír mi propia respiración y los latidos de mi corazón.
– No lo sé -reconoció Hannah por fin-. Desde que llegó a esta casa todo ha sido diferente. Parece como si todo hubiera desaparecido, esfumado antes de comprender siquiera de qué se trata. ¿Por qué te agrada a ti? -preguntó alargando el brazo para que yo colocara el encaje del puño.
Emmeline se encogió de hombros.
– Porque es divertido, inteligente. Porque a David le agrada especialmente. Porque me salvó la vida.
– Lo sobreestimas. -Hannah inspiró cuando llegué al último botón-. Sólo desgarró la tela de tu vestido y con ella te vendó la muñeca -señaló, girándose para mirar a su hermana.
Emmeline se llevó la mano a la boca, abrió mucho los ojos y comenzó a reír.
– ¿Qué pasa? ¿De qué te ríes? -preguntó Hannah y a continuación se encorvó para verse en el espejo-. Oh -exclamó, frunciendo el ceño.
Emmeline, sin dejar de reír, se dejó caer sobre las almohadas de Hannah.
– Tienes el aspecto de un niño pobre del pueblo, ese al que su madre le hace usar prendas demasiado pequeñas.
– Eres cruel, Emme -replicó Hannah, pero no pudo contener la risa. Miró su imagen en el espejo y movió los hombros tratando de estirar el corpiño-. Y también mentirosa. Ese pobre chico nunca tuvo un aspecto tan ridículo. Evidentemente he crecido desde el verano pasado -agregó mirándose de costado.
– Sí, estás más alta, eres afortunada -opinó Emmeline observando el apretado pecho de su hermana.
– Bien, está claro que no puedo usar esto.
– Si papá se interesara por nosotras tanto como por su fábrica, se daría cuenta de que necesitamos ropa nueva.
– Se esfuerza por hacer lo mejor.
– Detesto ver lo peor de él. Si no estamos atentas, haremos nuestra presentación en sociedad con vestidos marineros.
Hannah se encogió de hombros.
– Me tiene sin cuidado. Es una ceremonia estúpida y pasada de moda -declaró, y volvió a mirarse en el espejo mientras trataba de estirar su corpiño-. De todos modos, tengo que escribirle y preguntarle si podemos tener vestidos nuevos.
– Sí, y no delantales, sino verdaderos vestidos, como los de Fanny -propuso Emmeline.
– Bueno… hoy tendré que conformarme con un delantal. Esto no me sirve -sentenció Hannah y arqueó las cejas-. Me pregunto qué dirá Myra cuando sepa que no hemos respetado sus normas.
– No le agradará, señorita -opiné, retribuyendo la sonrisa de Hannah en el espejo mientras le desabotonaba el traje.
Emmeline me miró, inclinó la cabeza y parpadeó.
– ¿Quién es?
– Es Grace -dijo Hannah-. ¿La recuerdas? Ella nos salvó de la señorita Prince el verano pasado.
– ¿Myra está enferma?
– No, señorita. Está en el pueblo, trabajando en la estación como voluntaria, por la guerra -expliqué.
Hannah alzó una ceja.
– Lo siento por el inocente pasajero que pierda su billete.
– Sí, señorita.
– Grace nos vestirá mientras Myra esté en la estación -le indicó Hannah a Emmeline-. ¿No crees que es más agradable que sea alguien de nuestra edad?
Hice una reverencia y salí de la habitación, con el corazón agitado. Una parte de mí deseaba que la guerra nunca terminara.
Alfred se fue a la guerra una fría y clara mañana de marzo. El cielo estaba limpio y el aire cargado de promesas de aventura. Mientras caminábamos desde Riverton hacia el pueblo, me sentí extrañamente emprendedora. El señor Hamilton y la señora Townsend se ocuparían de que en la casa todo siguiera su curso. Myra, Katie y yo habíamos obtenido autorización especial -con la condición de que hubiéramos completado nuestras tareas- para acompañar a Alfred a la estación. Era un deber cívico, nos había dicho el señor Hamilton, ofrecer apoyo moral a los jóvenes que servían al país.
No obstante, ese apoyo moral tenía sus límites. Bajo ninguna circunstancia podíamos entablar conversación con los soldados, para quienes tres jóvenes como nosotras resultaban presa fácil.
Me sentí importante, caminando por High Street con mi mejor vestido, acompañada por uno de los miembros del ejército de su majestad. Tengo la certeza de que no era la única que experimentaba esa emoción. Advertí que Myra había puesto especial atención a su peinado. Había recogido en un rodete la negra cola de caballo, como lo hacía la Señora. Incluso Katie se había esforzado en domar sus rizos rebeldes.
Cuando llegamos, la estación estaba repleta de soldados y de personas que acudían a despedirlos. El centro de reclutamiento de Saffron Green, que se negaba a perder la supremacía en el asunto, había organizado una campaña para promover el alistamiento el mes anterior, y todavía podían verse en los postes de alumbrado los carteles con la fotografía de lord Kitchener señalando con el índice. Los muchachos de Saffron formarían un batallón especial. Todos estarían juntos. Según nos dijo Alfred, era lo mejor: los hombres que vivirían y lucharían juntos ya se conocían.