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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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Brosnan meneó la cabeza.

– No. No creo que pueda ser tan pronto. Esas cosas requieren más preparación, según mi experiencia.

– ¿Por dónde empezará usted? -preguntó Ferguson.

– Por mi viejo amigo Harry Flood. Cuando Dillon pasó por aquí en el ochenta y uno seguramente recurrió a sus contactos con el hampa al objeto de aprovisionarse. Es posible que Harry pueda averiguar algo.

– ¿Y si no?

– Entonces volveré a pedirle prestada su avioneta, volaré a Dublín y tendré unas palabras con Liam Devlin.

– ¡Ah, sí! Quién mejor -dijo Ferguson.

– En el ochenta y uno Dillon estuvo en Londres por orden de alguien. Si Devlin pudiera decirnos quién, quizá constituiría una buena pista.

– Me parece lógico. ¿Hablará con Flood esta noche?

– Ésa es mi intención.

– ¿Dónde se alojará usted?

– Conmigo -dijo Mary.

– ¿En Lowndes Square? -Ferguson alzó las cejas con sorpresa-. ¿De veras?

– ¡Vamos, brigadier! No me venga con pegas ahora. Recuerde que disponemos de cuatro habitaciones, cada una con su propio cuarto de baño, y puedo darle al profesor Brosnan una que tenga candado por dentro.

Brosnan soltó una carcajada.

– Vámonos ya. Hasta luego, brigadier.

Utilizaron el coche de Ferguson. Ella cerró la ventanilla corrediza que los aislaba del compartimiento del conductor y entonces dijo:

– ¿No sería mejor que llamase usted a su amigo para anunciarle la visita?

– Supongo que sí. He de buscar su número.

Ella sacó de su bolso un cuaderno de notas.

– Lo tengo aquí. No figura en los listines. Ahí lo tiene. Cable Wharf, eso está en Wapping.

– Muy eficiente.

– Y aquí tiene un teléfono.

Le pasó el móvil.

– Usted disfruta organizándolo todo -comentó él al tiempo que marcaba el número.

Fue Mordecai Fletcher el que contestó. Brosnan dijo:

– Con Harry Flood, por favor.

– ¿Quién le llama?

– Martin Brosnan.

– ¡El profesor! Soy Mordecai. Hace… ¡qué sé yo!… tres o cuatro años que no teníamos noticias de usted. ¡Cristo!, el jefe se va a poner contento.

Instantes después otra voz dijo:

– ¿Martin?

– ¿Harry?

– No te creo, bastardo. Eres un fantasma que me viene a atormentar.

8

Con el Mini Cooper, el viaje desde Londres fue fácil para Dillon. Aunque había quedado un ligero manto de nieve sobre los campos y en las cunetas, las carreteras se hallaban perfectamente despejadas y no demasiado frecuentadas. En cuestión de media hora llegó a Dorking, cruzó la población sin detenerse y continuó de frente hacia Horsham. A unos ocho kilómetros se detuvo en una gasolinera, sacó el mapa de carreteras y preguntó al dependiente que le llenaba el depósito:

– ¿Conoce usted un pueblo que se llama Doxley?

– Siga por esta desviación a la derecha y verá un indicador que dice Grimethorpe. Es una pista de aterrizaje, pero antes de llegar encontrará otro letrero que indica la carretera de Doxley.

– Así, ¿no queda muy lejos?

– A cinco kilómetros, poco más o menos, pero verá que es como el fin del mundo -rió el de la gasolinera al tiempo que cobraba-. No hay mucho que ver allí.

– Echaré una ojeada de todos modos. Un amigo me ha dicho que alquilaban una finca para los fines de semana.

– Si es así, yo no me he enterado.

Dillon se puso en marcha y se plantó delante del indicador de Grimethorpe en cuestión de pocos minutos; luego se desvió enfilando el camino más estrecho y encontró el indicador de Doxley, tal como le había dicho el de la gasolinera. Era una pista de montaña, encerrada entre taludes, hasta que salió a la falda de una loma que dejaba contemplar un paisaje desolado y espolvoreado de nieve. Algunos bosquecillos, una cuadrícula de tierras de labor resguardadas por tapias bajas y, más allá, una extensión pantanosa que alcanzaba hasta la orilla de un río, indudablemente el Arun. Al lado, y como a kilómetro y medio de distancia, un caserío de doce o quince tejados rojos y una pequeña iglesia, que debía ser Doxley. Emprendió el descenso hacia el valle boscoso y cuando estuvo cerca, vio una verja de hierro abierta de par en par y un indicador de madera carcomida donde apenas podía leerse: cadge end farm.

La pista atravesaba el bosque y le llevó casi en seguida hasta la finca. Vio unas cuantas gallinas que corrían de un lado a otro, una casa y dos establos alineados de forma que con la tapia cerraban un patio, todo ello increíblemente avejentado, como si no se hiciesen reformas desde hacía siglos, pero Dillon sabía que mucha gente del campo prefería vivir de esa manera. Se apeó del Mini y se encaminó hacia el portal, llamó y trató de abrir, pero estaba corrido el cerrojo. Entonces se volvió y se dirigió hacia el corral más próximo. Tenía los carcomidos portones de madera abiertos de par en par, dejando ver una camioneta Morris y un coche Ford sin ruedas, montado sobre un par de caballetes, aparte un gran número de utensilios agrícolas.

Dillon se sacó un cigarrillo y, mientras lo encendía haciendo copa con las manos, una voz a sus espaldas exclamó:

– ¿Tú quién eres? ¿Qué buscas aquí?

Al volverse vio a una muchacha en la entrada. Vestía unos viejos pantalones remetidos en las botas de goma, un grueso jersey de cuello de cisne debajo de un viejo anorak y una gorra de punto a modo de boina como las que usaban los pescadores de la costa occidental de Irlanda. Y le apuntaba amenazadoramente con una escopeta de dos cañones. Cuando él hizo ademán de acercarse, ella amartilló el arma.

– Quédate donde estás -dijo con acento irlandés muy marcado.

– Tú debes de ser la que llaman Angel Fahy.

– Angela, si no te importa.

El agente de Tania tenía razón; parecía una pequeña campesina. Pómulos anchos, nariz respingona y una mueca de desafío.

– ¿Serías capaz de disparar con eso?

– Si me obligas.

– Sería una lástima, porque he venido expresamente para ver al primo de mi padre, el desaparecido Danny Fahy. Ella frunció el ceño.

– Y ¿quién demonios dice ser usted, señor?

– Dillon me llamo, Sean Dillon.

Ella soltó una carcajada despectiva.

– ¡Eso es una maldita mentira! Usted ni siquiera es irlandés y Sean Dillon está muerto, lo sabe todo el mundo.

Dillon decidió adoptar el áspero y característico acento de Belfast.

– Parafraseando a un famoso escritor, mi querida niña, podríamos decir que la noticia de mi fallecimiento ha sido grandemente exagerada.

Por poco se le cae la escopeta de las manos.

– ¡Virgen Santísima! ¿Tú eres Sean Dillon?

– De toda la vida. Las apariencias engañan.

– ¡Dios mío! -exclamó ella-. ¡El tío Danny me ha contado tantas cosas de ti! Pero como si fuesen cuentos, sin nada que ver con la realidad, y ahora te apareces en persona, vivito y coleando.

– ¿Dónde está?

– Ha arreglado el coche del tabernero del pueblo y hace como una hora bajó a entregarlo. Dijo que regresaría a pie, pero supongo que se habrá quedado a tomar un trago.

– ¿A estas horas? Pero ¿no está cerrada la taberna hasta la tarde?

– Eso será según la ley, Sean Dillon, pero no aquí en Doxley. Aquí no se cierra nunca.

– Vamos por él, pues.

Ella dejó la escopeta sobre un banco y se subió en el Mini. Mientras ponía el coche en marcha, él dijo:

– Entonces, ¿cuál es tu historia?

– Me he criado en una granja de Galway; mi padre se llamaba Michael y era sobrino de Danny. Murió hace seis años, cuando yo tenía catorce, y al cabo de un año mi madre volvió a casarse.

– Deja que lo adivine -dijo Dillon-. A tu padrastro no le caíste bien y a ti tampoco te simpatiza.

– Algo por el estilo. Al tío Danny le conocí en los funerales de mi padre y me gustó en seguida. Cuando las cosas se pusieron feas me escapé de casa y me vine aquí. Él se portó muy bien. Escribió a mi madre y ella dijo que podía quedarme. Por lo visto se alegraba de verse libre de mí.

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