El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– ¿Cómo se entiende? -preguntó Dillon.
– Anda, tío Danny, enséñaselo -dijo Angel.
– Que me enseñe, ¿el qué? -preguntó Dillon.
Danny Fahy se puso en pie al tiempo que aplicaba otra cerilla a su pipa.
– Vamos, acompáñame -y volviéndose, enfiló hacia la puerta.
Fahy abrió la puerta del otro corral y entró. Era enorme, con vigas de roble soportando el tejado a dos aguas; tenía un altillo que servía de henil, al que se accedía por una escala de madera. Abajo se veían varias máquinas agrícolas, entre las cuales había un tractor, además de un Land Rover bastante nuevo y, sobre un trípode, una antigua motocicleta BSA de 500 centímetros cúbicos en perfectas condiciones.
– ¡Qué belleza! -exclamó Dillon de inmediato con sincera admiración.
– Sí, la compré de segunda mano el año pasado. Se me ocurrió restaurarla para ganar algún dinero, pero ahora que la he terminado no me veo con corazón para revenderla. Es tan buena como una BMW.
En un rincón oscuro, al fondo, se adivinaba otro vehículo. Cuando Fahy encendió la luz apareció una furgoneta Ford Transit de color blanco.
– ¿Y eso? -dijo Dillon-. ¿Qué tiene de especial?
– Espera, Sean -dijo Angel-. Espera y verás.
– Las cosas no son lo que parecen -anunció Fahy.
En su rostro, una mueca de excitación y como una especie de orgullo mientras descorría la puerta lateral mostrando una batería de tubos metálicos, tres en total, atornillada en el piso y apuntado en ángulo hacia el techo.
– Morteros, Sean, como los que han usado los muchachos en el Ulster.
– ¿Pretendes decir que esto todavía funciona? -preguntó Dillon.
– ¡Caramba! No, porque no tengo explosivos. Pero podría funcionar, eso es todo lo que digo.
– Explícamelo.
– He soldado en el piso una plataforma de acero para reforzarlo y que resista el retroceso, y los tubos también están soldados entre sí. Es tubo calibrado corriente, del que puede comprarse en cualquier parte. Lo de los temporizadores eléctricos también ha sido fácil; se encuentran en cualquier ferretería.
– ¿Cómo funcionaría?
– Una vez puestos en marcha, tienes un minuto para salir de la furgoneta y echar a correr. El techo está recortado; lo que ves no es más que una lámina de politeno que disimula la abertura, pintada del mismo color. Así, los proyectiles salen sin desviarse. Además hay un pequeño dispositivo conectado a los temporizadores, para que se autodestruya la furgoneta después de haber disparado los obuses.
– Y ¿en qué consistirían ésos?
– Aquí -se encaminó Fahy hacia un banco de taller-. Botellas de oxígeno corrientes.
Tenía varias de éstas apiladas después de desmontar el culote.
– ¿Qué se necesitaría para cargarlos? ¿Semtex? -mencionó Dillon el explosivo de fabricación checoslovaca tan empleado por los terroristas del mundo entero.
– Yo diría que unas doce libras en cada uno bastarían para un buen trabajo, pero es difícil de conseguir.
Dillon encendió un cigarrillo y paseó alrededor de la furgoneta, con rostro inexpresivo.
– Eres un chico malo, Danny. El movimiento te ordenó que permanecieras quieto y que no hicieras nada.
– Como te decía antes, ¿cuántos años hace de eso? -replicó Fahy-. Uno se vuelve loco de aburrimiento.
– ¿Conque te has buscado un poco de ocupación?
– Ha sido fácil, Sean. Soy un veterano de la construcción mecánica, como sabes.
Dillon contemplaba el artefacto y Angel le preguntó:
– ¿Qué te parece?
– Creo que ha hecho un buen trabajo.
– Tan bueno como cualquiera de los que se hicieron en el Ulster -dijo Fahy.
– Sí, pero lo malo es que todas las veces que se han usado, no se han distinguido por su precisión que digamos.
– Funcionaron como la seda en el golpe contra la comisaría de Newry, hace seis años, y cayeron nueve guripas.
– ¿Y qué me dices de las demás veces, cuando no le dieron ni a la puerta de un establo? Incluso me parece recordar que en Portadown alguien se voló a sí mismo con uno de esos trastos. Es demasiado azaroso.
– No como lo haría yo. Puedo fijar el blanco en un mapa a gran escala, reconocer previamente la zona a pie y dejar la furgoneta orientada. No olvides que las botellas de oxígeno llevarían unas aletas soldadas para estabilizar la trayectoria. Invento mío. Una bonita parábola, arriba y abajo, y luego vuela el mundo entero, sin que ninguna medida de seguridad pueda impedirlo. Quiero decir, ¿de qué sirve una verja si tú vas por el aire?
– Ah, ¿te refieres ahora a Downing Street? -preguntó Dillon.
– ¿Por qué no?
– Todas las mañanas a las diez hay reunión en la sala del gabinete, es lo que ellos llaman el gabinete de Guerra. Te cargarías prácticamente al Gobierno entero, no sólo al primer ministro.
Fahy se santiguó.
– ¡Virgen Santísima! Sería un golpe para recordar durante toda la vida.
– Harán coplas sobre ti, Danny -le dijo Dillon-. Dentro de cincuenta años, en todas las tabernas de Irlanda se cantará a Danny Fahy.
Fahy descargó el puño sobre la palma de la otra mano.
– Todo esto son bufonadas, Sean. No sirve para nada sin el Semtex, y como te decía antes, aquí es imposible conseguirlo.
– No estés tan seguro de eso, Danny -apuntó Dillon-. Tal vez se encuentre un proveedor. Vamos a tomar un par de Bushmills y mientras tanto seguiremos discutiéndolo.
Fahy había desplegado sobre la mesa un plano a gran escala de Londres y lo examinaba con una lupa.
– Éste podría ser un buen sitio -dijo-. Avenida Horse Guards, subiendo desde el muelle Victoria por el lado del Ministerio de Defensa.
– Sí -asintió Dillon.
– Si dejáramos la Ford en la esquina con Whitehall, y suponiendo que yo pudiese disponer de un punto de mira predeterminado, para tener referencia de la dirección, calculo que los proyectiles trazarían una gran parábola sobre estos tejados y aterrizarían de lleno en el diez de Downing Street -dejó su lápiz al lado de la regla-. Necesito ir a echar una ojeada.
– Lo harás -dijo Dillon.
– ¿Funcionará, primo? -preguntó Angel.
– ¡Ah, sí! -contestó él-. Verdaderamente creo que podría funcionar. A las diez de la mañana, ¡todo el maldito gabinete de Guerra patas al aire! ¡Es maravilloso, Danny! ¡Maravilloso!
Se echó a reír, y luego agarró al viejo del brazo.
– ¿Estás conmigo en esto?
– Desde luego que sí.
– Bien -replicó Dillon-. Hay mucho dinero de por medio, ¡mucho! Te voy a retirar, Danny, ¡a todo lujo! En España, en Grecia, donde prefieras.
Fahy enrolló el plano y Dillon anunció:
– Me quedo esta noche: Mañana nos vamos a Londres, a echar una ojeada -sonrió y encendió otro cigarrillo-. El asunto presenta buen cariz, de veras. Ahora, háblame de esa pista que hay en Grimethorpe.
– Es un lugar casi abandonado, a unos cinco kilómetros de aquí, ¿qué quieres tú con Grimethorpe?
– Como te decía antes, cuando estuve en Oriente Próximo aprendí a volar. Es un buen sistema para salir con rapidez. ¿En qué situación se encuentra Grimethorpe?
– Es una larga historia. Durante los años treinta fue un aeroclub, luego la RAF la usó como estación logística y cuando la batalla de Inglaterra se construyeron tres hangares. Hace algunos años, alguien quiso aprovecharla para montar otra vez un aeroclub, y asfaltaron la pista, pero la empresa fracasó. Y hace tres años se la quedó un fulano llamado Bill Grant. Tiene dos aviones y la empresa se llama Grant's Air Taxis. No sé más; hace poco se rumoreaba que no le iban bien las cosas.
Los dos mecánicos que tenía se marcharon -sonrió-. Estamos en recesión económica, Sean, y eso afecta incluso a los ricos.
– ¿Vive allí?