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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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– Sí -intervino Angel-. Estaba con su novia, pero ella le ha dejado también.

– Creo que me gustaría conocerle -sugirió Dillon-. ¿Querrías llevarme, Angel?

– Claro que sí.

– Bien, pero antes debo hacer una llamada.

Llamó al piso de Tania Novikova, que contestó en seguida.

– Soy yo -dijo él.

– ¿Ha salido todo bien?

– Ha sido increíble. Mañana te lo contaré. ¿Fuiste a recoger el dinero?

– ¡Ah! Sí, no hubo ninguna dificultad.

– Bien. Estaré en el hotel a mediodía. Me quedo a hacer noche aquí. Hasta luego -y colgó.

Brosnan y Mary Tanner subieron en el montacargas con Charlie Salter y se encontraron con Mordecai, que los esperaba y que tras estrecharle la mano a Brosnan con mucho calor dijo:

– Me alegro de verle, profesor. Harry está sobre ascuas.

– Ésta es Mary Tanner -dijo Brosnan-. Pórtate bien delante de ella, porque es capitana del ejército.

– Es un placer, señorita -le estrechó la mano Mordecai-. Yo hice la mili con los granaderos de la Guardia, pero no pasé de gastador.

Los condujo a la sala, donde estaba Harry Flood sentado al escritorio, repasando unas cuentas. Tan pronto como alzó los ojos y vio a los que entraban se puso en pie de un salto.

– ¡Martin! -y corrió a darle un abrazo, jubiloso.

Brosnan dijo:

– Aquí, Mary Tanner. Del ejército, Harry, y es una pieza de gran calibre, así que ándate con cuidado. Trabaja para el brigadier Charles Ferguson, del servicio de información, y ella es su ayudante.

– Entonces, cuidaremos nuestros modales -dijo Flood dándole la mano-. Acercaos a tomar unas copas y tú, Martin, cuéntame a qué viene todo esto.

Sentados en el conjunto de sofás del rincón, Brosnan relató lo ocurrido con todo lujo de detalles. Mordecai escuchaba apoyado de espaldas contra la pared, sin que su rostro denotase ninguna reacción.

Cuando Brosnan hubo terminado, Flood dijo:

– Así pues, ¿qué quieres de mí, Martin?

– Dillon siempre se mueve en la clandestinidad, Harry, para conseguir cuanto le haga falta, y no me refiero sólo a colaboración física, sino también a armas, explosivos y cosas así. Estoy seguro de que esta vez hará lo mismo.

– ¿Y vosotros queréis saber a quién acude?

– Exacto.

Flood se volvió hacia Mordecai.

– ¿Qué te parece?

– No sé, Harry. Quiero decir que hay muchos tratantes habituales de armas, pero lo que hace falta aquí es uno que no tenga inconveniente en aprovisionar al IRA.

– ¿Alguna idea? -preguntó Flood.

– En realidad, no, jefe. El caso es que muchos de nuestros hampones del East End adoran a Maggie Thatcher y usan calzoncillos con la bandera nacional. No tratarían con unos tíos irlandeses dispuestos a poner bombas en los almacenes Harrods. Podemos hacer averiguaciones, naturalmente.

– Pues hazlo -dijo Flood-. Corre la voz, pero con discreción.

Mordecai salió y Harry Flood tendió la mano hacia la botella de champaña.

– ¿Tú sigues sin beber? -preguntó Brosnan.

– Sí, colega, pero eso no es motivo para que no bebáis los demás. Mientras tanto, me cuentas tus aventuras de los últimos años, y luego nos vamos todos al Embassy, que es uno de mis clubes más respetables, a ver si nos dan algo para cenar.

En aquellos momentos Sean Dillon y Angel Fahy recorrían la oscura comarcal entre Cadge End y Grimethorpe. Los faros del coche arrancaban destellos a la nieve y el hielo acumulados en las cunetas.

– Hermoso, ¿verdad? -dijo ella.

– Si tú lo dices.

– A mí me gusta el campo y todo esto. Lo mismo que a tío Danny. Se ha portado muy bien conmigo.

– Es natural, tú te has criado en el campo, allá por Galway.

– Aquello era muy diferente, eran tierras pobres. Costaba mucho ganarse la vida y eso se le notaba a la gente, por ejemplo a mi madre. Como si hubiese habido una guerra y la hubieran perdido ellos, y no les quedase nada más que perder.

– Sabes hablar, chica -comentó él.

– Eso me decía la señorita de inglés. Decía que si estudiaba mucho y ponía atención, podría aspirar a hacer cualquier cosa.

– ¡Vaya! Eso debió servirte de consuelo.

– De consuelo y nada más, porque mi padrastro me destinaba a moza de establo sin sueldo. Por eso me fui.

Los faros mostraron un letrero desconchado que decía Grimethorpe Airfield, a lo que Dillon enfiló un camino estrecho, aunque asfaltado, lleno de baches. Pocos instantes después entraban en la pista; había tres hangares, una vieja torre de control y un par de barracones de chapa ondulada, uno de los cuales tenía la ventana iluminada. Estacionado frente a éste se veía un Jeep y Dillon aparcó al lado. En el momento en que se apeaban se abrió la puerta del barracón y apareció un hombre.

– ¿Quién anda ahí?

– Soy yo, señor Grant. Angel Fahy. Traigo una visita.

Grant era bajito y delgado, constitución común en muchos pilotos. Parecía tener cuarenta y tantos años y vestía tejanos y una cazadora de aviador de los de la Segunda Guerra Mundial.

– Entren, entonces.

El interior del barracón estaba caldeado, gracias a una salamandra cuya chimenea atravesaba el techo. Se echaba de ver que aquel barracón era la sala de estar para Grant. En una mesa quedaban las sobras de una comida, y junto a la estufa se veía una mecedora antigua frente a un televisor puesto en el rincón. Enfrente y bajo la ventana, un pupitre largo con algunos mapas.

– Es un amigo de mi tío -dijo Angel.

– Hilton, Peter Hilton -dijo Dillon, mientras Grant le tendía la mano con una mueca de desconfianza.

– Bill Grant. No le debo nada, ¿verdad?

– No me consta, al menos -retornó Dillon al inglés de maestro de escuela.

– Me alegro, para variar. ¿En qué puedo servirle?

– Necesito fletar un vuelo para dentro de unos días, y quiero que me diga si le interesa o si he de preguntar en otro sitio.

– ¡Bien! Eso depende.

– ¿De qué depende? ¿Tiene usted un avión, creo?

– Tengo dos; la cuestión está en saber cuánto tiempo más me dejará tenerlos el banco en el hangar. ¿Quiere echarles una ojeada?

– Cómo no.

Salieron, cruzaron la pista en dirección al último hangar y Grant abrió un portillo; buscando a tientas en un lado, halló el interruptor y encendió las luces. Tenía dos avionetas allí, en batería, ambas bimotor. Dillon anduvo hasta la más cercana.

– Ésta la conozco, es una Cessna Conquest. ¿Y la otra?

– Navajo Chieftain.

– Si está tan apurado como dice, ¿qué pasa entonces con la gasolina?

– Siempre tengo llenos los depósitos, señor Hilton, soy gato viejo para eso. Nunca se sabe cuándo puede salirle a uno un trabajo -hizo una mueca dolida-. Aunque, para serle sincero, con la recesión no se encuentran muchas personas dispuestas a fletar una avioneta en estos tiempos. ¿Adónde quiere que le lleve?

– En realidad pensaba dar una vuelta yo mismo uno de estos días -contestó Dillon-, sólo que todavía no sé con seguridad cuándo.

– ¿Tiene licencia, pues? -preguntó Grant con aire dubitativo.

– ¡Ah, sí!, y totalmente en regla -se sacó Dillon el documento y se lo entregó.

Grant le echó una breve ojeada y lo devolvió.

– Eso le permite manejar cualquiera de estas dos, aunque yo preferiría acompañarle para mayor seguridad -subrayó Grant.

– No hay problema -concedió Dillon-. Pensaba en la parte occidental del país, en Cornualles. Hay una pista de aterrizaje en Land's End.

– La conozco bien. Es una pista de hierba.

– Tengo amigos por allí. Seguramente me quedaré a hacer noche.

– Por mi parte, no hay inconveniente -Grant apagó la luz y mientras regresaban al barracón preguntó-: ¿En qué se ocupa usted, señor Hilton?

– ¡Ah! Finanzas, censura de cuentas, cosas así -contestó Dillon.

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