El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
Lo dijo sin ninguna autocompasión, lo que agradó a Dillon.
– Dicen que no hay mal que por bien no venga.
– He pensado que si tú eres primo segundo de Danny y yo soy sobrina-nieta suya, ¿entonces tú y yo somos parientes consanguíneos, como dicen?
Dillon soltó una carcajada.
– Supongo que hasta cierto punto, sí.
Ella se arrellanó con cara de júbilo en el asiento.
– ¡Qué emoción! Yo, Angel Fahy, emparentada con el mejor agente que haya tenido nunca el IRA provisional.
– Supongo que algunos disputarían esa opinión -dijo él al tiempo que entraban en el pueblo; pronto detuvo el coche delante de la taberna.
Era una aldea muy pequeña, semiabandonada, con apenas una quincena de casas mal conservadas, una iglesia de estilo normando y un cementerio cubierto de matorrales. La taberna se llamaba El Hombre Verde, y la entrada era tan baja que hasta Dillon se vio obligado a inclinar la cabeza. El techo de vigas de madera era muy bajo, el suelo de losas de piedra pulidas por el paso de los años, y las paredes encaladas. El hombre en manga corta que estaba detrás de la barra no tendría menos de ochenta años.
Alzó la mirada y Angel dijo:
– ¿Está aquí, señor Dalton?
– Junto a la chimenea, tomándose una cerveza -contestó el viejo.
Junto a la hoguera que ardía en un ancho hogar de piedra había un banco de madera, y delante de éste una mesa. Allí estaba Danny Fahy, leyendo el periódico y con un vaso delante. Era un hombre de sesenta y cinco años, de barba canosa y descuidada. Usaba gorra de visera y un viejo traje de lana Harris Tweed.
Angel dijo:
– Tienes visita, tío Danny.
Él alzó los ojos y la miró primero a ella y después a Dillon, con una expresión de extrañeza.
– ¿En qué puedo servirle, señor?
Dillon se quitó las gafas.
– ¡Dios bendiga a todos los presentes! -dijo hablando con acento de Belfast-, y en especial a ti, viejo pendón.
Danny Fahy palideció; la emoción había sido demasiado intensa.
– ¡Dios nos asista! Eres tú, Sean, ¡y yo que creía que hacía tiempo estabas durmiendo en tu caja!
– Pues bien, no lo estoy y aquí me tienes -Dillon sacó de la cartera un billete de cinco libras y se lo pasó a Angel-. Un par de whiskys, del irlandés a ser posible.
Ella regresó a la barra y Dillon se volvió. Danny Fahy tenía auténticas lágrimas en los ojos y le abrazó con fuerza.
– ¡Dios bendito, Sean! ¡No te digo lo que me alegro de verte!
La sala de estar de la granja estaba sucia y abarrotada de trastos, y los muebles eran muy antiguos. Dillon se acomodó en un sofá mientras Fahy encendía la chimenea. Angel estaba en la cocina y preparaba la comida. La puerta daba a la sala y Dillon podía verla mientras se afanaba de un lado a otro.
– Y ¿cómo te ha tratado la vida, Sean? -preguntó Fahy mientras cargaba la pipa y la encendía-. Han pasado diez años desde aquel jaleo que armaste en Londres. ¡Muchacho!, les diste quehacer a manos llenas a los ingleses.
– No lo habría conseguido sin tu ayuda, Danny.
– Fue una gran época. Y ¿cómo te ha ido luego?
– Estuve en Europa, en Oriente Medio, moviéndome. He trabajado mucho para la OLP. Incluso he aprendido a pilotar un avión.
– ¿En serio?
Angel entró y dejó sobre la mesa sendos platos de huevos con tocino.
– Comedio mientras está caliente.
Luego acercó una bandeja con la tetera y la lechera, tres tazones y un plato de rebanadas de pan con mantequilla.
– Siento no poder servir nada más fino, pero no esperábamos compañía.
– Para mí está bien -dijo Dillon, y se puso a atacar la comida.
– Así que ahora estás aquí, Sean, y vestido como un caballero inglés -se volvió Fahy hacia Angel-. ¿No te decía que era un gran actor este hombre? En todos estos años no han conseguido echarle el guante. Ni una sola vez.
Ella asintió, sonriente; la emoción al ver a Dillon cambió incluso su personalidad.
– ¿Estás trabajando ahora en algo, Sean? Para los del IRA, quiero decir.
– Antes se helará el infierno que ponerme otra vez yo al servicio de ese montón de comadres -contestó él.
– Algo te traes entre manos, Sean -dijo Fahy-. Lo adivino. Anda, cuéntanoslo.
Dillon encendió un cigarrillo.
– ¿Si te dijera que estoy trabajando para los árabes, Danny, para Saddam Husein en persona?
– Jesús, Danny, y ¿por qué no? ¿Qué te han pedido que hagas?
– Cualquier cosa, un golpe… con tal de que sea algo grande. América queda demasiado lejos, así que sólo nos quedan los británicos.
– Viene que ni pintado -los ojos de Fahy brillaban.
– La Thatcher estuvo el otro día en Francia para ver a Mitterrand. Yo tenía planes para ella, para cuando fuese a tomar el avión. El sitio era perfecto, una carretera solitaria en medio del campo, pero entonces uno en quien confiaba me traicionó.
– Siempre sucede así, ¿verdad? -comentó Fahy-. De manera que ahora estás buscando otro blanco. ¿Quién es, esta vez, Sean?
– He pensado en John Major.
– ¿El nuevo primer ministro? -exclamó Angel, asombrada-. ¡No te atreverás!
– ¿Y por qué no? -intervino Fahy-. ¿Los muchachos no estuvieron a punto de volar todo el puñetero gobierno inglés en Brighton? Anda, Sean, dime cuál es tu plan.
– No lo tengo, Danny. Ahí está lo malo. Sólo sé que pagan por esto una cantidad que ni siquiera te la imaginas.
– Pues ésa es una razón tan buena como cualquier otra para ponerlo en marcha. ¿De modo que has venido a pedir ayuda a tu tío Danny?
Fahy se acercó a un aparador y regresó con una botella de Bushmills y dos vasos, que llenó en seguida.
– ¿Tienes alguna idea para empezar?
– Nada de nada, Danny. ¿Trabajas todavía para el movimiento?
– Quédate quieto y que no te descubran, fue la orden que recibí de Belfast hace tantos años que ya ni siquiera me acuerdo. Desde entonces, ni una sola palabra y yo aburrido a morir, así que me mudé aquí. Estoy a gusto, me agrada el país y me cae bien la gente. No se meten en lo que no les importa. Me gano bien la vida con la reparación de maquinaria agrícola y mantengo unas cuantas ovejas. Somos felices aquí Angel y yo.
– Pero sigues aburrido a morir. ¿Te acuerdas de Martin Brosnan, dicho sea de paso?
– Ya lo creo. No erais muy amigos vosotros dos.
– He tenido un tropiezo con él en París, recientemente. Es posible que se presente por Londres buscándome; trabaja por cuenta de los servicios secretos ingleses.
– El muy bastardo -frunció el ceño Fahy mientras volvía a cebar la pipa-. ¿Será cierta esa historia de que Brosnan logró introducirse como camarero en el diez de Downing Street, hace años, y no hizo nada?
– Sí, yo también la he oído. Una fantasía, y en todo caso nadie podría entrar ahora como camarero ni de ninguna otra manera. ¿Sabes que han vallado la calle? Ese lugar es una fortaleza. No se puede entrar ahí, Danny.
– ¡Bah! Siempre se encuentra algún modo. El otro día estaba leyendo en una revista cómo durante la Segunda Guerra Mundial tenían a un grupo de la Resistencia francesa en no sé qué cuartel general de la Gestapo. Las celdas estaban en los sótanos y la Gestapo en el principal. Y la RAF envió a un fulano en un Mosquito a cincuenta pies y dejó caer una bomba que explotó en la calle y arrasó el principal a través de la ventana, de modo que todos los alemanes se fueron al carajo y los del sótano consiguieron salir.
– ¿Qué diablos intentas decirme? -preguntó Dillon.
– Que tengo una gran fe en la potencia de las bombas y en la ciencia balística. Se puede poner una bomba donde tú quieras, con tal de que sepas lo que tienes entre manos.