Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Ojo Del Huracan
El Ojo Del Huracan - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 62
Перейти на страницу:

Lo dijo sin ninguna autocompasión, lo que agradó a Dillon.

– Dicen que no hay mal que por bien no venga.

– He pensado que si tú eres primo segundo de Danny y yo soy sobrina-nieta suya, ¿entonces tú y yo somos parientes consanguíneos, como dicen?

Dillon soltó una carcajada.

– Supongo que hasta cierto punto, sí.

Ella se arrellanó con cara de júbilo en el asiento.

– ¡Qué emoción! Yo, Angel Fahy, emparentada con el mejor agente que haya tenido nunca el IRA provisional.

– Supongo que algunos disputarían esa opinión -dijo él al tiempo que entraban en el pueblo; pronto detuvo el coche delante de la taberna.

Era una aldea muy pequeña, semiabandonada, con apenas una quincena de casas mal conservadas, una iglesia de estilo normando y un cementerio cubierto de matorrales. La taberna se llamaba El Hombre Verde, y la entrada era tan baja que hasta Dillon se vio obligado a inclinar la cabeza. El techo de vigas de madera era muy bajo, el suelo de losas de piedra pulidas por el paso de los años, y las paredes encaladas. El hombre en manga corta que estaba detrás de la barra no tendría menos de ochenta años.

Alzó la mirada y Angel dijo:

– ¿Está aquí, señor Dalton?

– Junto a la chimenea, tomándose una cerveza -contestó el viejo.

Junto a la hoguera que ardía en un ancho hogar de piedra había un banco de madera, y delante de éste una mesa. Allí estaba Danny Fahy, leyendo el periódico y con un vaso delante. Era un hombre de sesenta y cinco años, de barba canosa y descuidada. Usaba gorra de visera y un viejo traje de lana Harris Tweed.

Angel dijo:

– Tienes visita, tío Danny.

Él alzó los ojos y la miró primero a ella y después a Dillon, con una expresión de extrañeza.

– ¿En qué puedo servirle, señor?

Dillon se quitó las gafas.

– ¡Dios bendiga a todos los presentes! -dijo hablando con acento de Belfast-, y en especial a ti, viejo pendón.

Danny Fahy palideció; la emoción había sido demasiado intensa.

– ¡Dios nos asista! Eres tú, Sean, ¡y yo que creía que hacía tiempo estabas durmiendo en tu caja!

– Pues bien, no lo estoy y aquí me tienes -Dillon sacó de la cartera un billete de cinco libras y se lo pasó a Angel-. Un par de whiskys, del irlandés a ser posible.

Ella regresó a la barra y Dillon se volvió. Danny Fahy tenía auténticas lágrimas en los ojos y le abrazó con fuerza.

– ¡Dios bendito, Sean! ¡No te digo lo que me alegro de verte!

La sala de estar de la granja estaba sucia y abarrotada de trastos, y los muebles eran muy antiguos. Dillon se acomodó en un sofá mientras Fahy encendía la chimenea. Angel estaba en la cocina y preparaba la comida. La puerta daba a la sala y Dillon podía verla mientras se afanaba de un lado a otro.

– Y ¿cómo te ha tratado la vida, Sean? -preguntó Fahy mientras cargaba la pipa y la encendía-. Han pasado diez años desde aquel jaleo que armaste en Londres. ¡Muchacho!, les diste quehacer a manos llenas a los ingleses.

– No lo habría conseguido sin tu ayuda, Danny.

– Fue una gran época. Y ¿cómo te ha ido luego?

– Estuve en Europa, en Oriente Medio, moviéndome. He trabajado mucho para la OLP. Incluso he aprendido a pilotar un avión.

– ¿En serio?

Angel entró y dejó sobre la mesa sendos platos de huevos con tocino.

– Comedio mientras está caliente.

Luego acercó una bandeja con la tetera y la lechera, tres tazones y un plato de rebanadas de pan con mantequilla.

– Siento no poder servir nada más fino, pero no esperábamos compañía.

– Para mí está bien -dijo Dillon, y se puso a atacar la comida.

– Así que ahora estás aquí, Sean, y vestido como un caballero inglés -se volvió Fahy hacia Angel-. ¿No te decía que era un gran actor este hombre? En todos estos años no han conseguido echarle el guante. Ni una sola vez.

Ella asintió, sonriente; la emoción al ver a Dillon cambió incluso su personalidad.

– ¿Estás trabajando ahora en algo, Sean? Para los del IRA, quiero decir.

– Antes se helará el infierno que ponerme otra vez yo al servicio de ese montón de comadres -contestó él.

– Algo te traes entre manos, Sean -dijo Fahy-. Lo adivino. Anda, cuéntanoslo.

Dillon encendió un cigarrillo.

– ¿Si te dijera que estoy trabajando para los árabes, Danny, para Saddam Husein en persona?

– Jesús, Danny, y ¿por qué no? ¿Qué te han pedido que hagas?

– Cualquier cosa, un golpe… con tal de que sea algo grande. América queda demasiado lejos, así que sólo nos quedan los británicos.

– Viene que ni pintado -los ojos de Fahy brillaban.

– La Thatcher estuvo el otro día en Francia para ver a Mitterrand. Yo tenía planes para ella, para cuando fuese a tomar el avión. El sitio era perfecto, una carretera solitaria en medio del campo, pero entonces uno en quien confiaba me traicionó.

– Siempre sucede así, ¿verdad? -comentó Fahy-. De manera que ahora estás buscando otro blanco. ¿Quién es, esta vez, Sean?

– He pensado en John Major.

– ¿El nuevo primer ministro? -exclamó Angel, asombrada-. ¡No te atreverás!

– ¿Y por qué no? -intervino Fahy-. ¿Los muchachos no estuvieron a punto de volar todo el puñetero gobierno inglés en Brighton? Anda, Sean, dime cuál es tu plan.

– No lo tengo, Danny. Ahí está lo malo. Sólo sé que pagan por esto una cantidad que ni siquiera te la imaginas.

– Pues ésa es una razón tan buena como cualquier otra para ponerlo en marcha. ¿De modo que has venido a pedir ayuda a tu tío Danny?

Fahy se acercó a un aparador y regresó con una botella de Bushmills y dos vasos, que llenó en seguida.

– ¿Tienes alguna idea para empezar?

– Nada de nada, Danny. ¿Trabajas todavía para el movimiento?

– Quédate quieto y que no te descubran, fue la orden que recibí de Belfast hace tantos años que ya ni siquiera me acuerdo. Desde entonces, ni una sola palabra y yo aburrido a morir, así que me mudé aquí. Estoy a gusto, me agrada el país y me cae bien la gente. No se meten en lo que no les importa. Me gano bien la vida con la reparación de maquinaria agrícola y mantengo unas cuantas ovejas. Somos felices aquí Angel y yo.

– Pero sigues aburrido a morir. ¿Te acuerdas de Martin Brosnan, dicho sea de paso?

– Ya lo creo. No erais muy amigos vosotros dos.

– He tenido un tropiezo con él en París, recientemente. Es posible que se presente por Londres buscándome; trabaja por cuenta de los servicios secretos ingleses.

– El muy bastardo -frunció el ceño Fahy mientras volvía a cebar la pipa-. ¿Será cierta esa historia de que Brosnan logró introducirse como camarero en el diez de Downing Street, hace años, y no hizo nada?

– Sí, yo también la he oído. Una fantasía, y en todo caso nadie podría entrar ahora como camarero ni de ninguna otra manera. ¿Sabes que han vallado la calle? Ese lugar es una fortaleza. No se puede entrar ahí, Danny.

– ¡Bah! Siempre se encuentra algún modo. El otro día estaba leyendo en una revista cómo durante la Segunda Guerra Mundial tenían a un grupo de la Resistencia francesa en no sé qué cuartel general de la Gestapo. Las celdas estaban en los sótanos y la Gestapo en el principal. Y la RAF envió a un fulano en un Mosquito a cincuenta pies y dejó caer una bomba que explotó en la calle y arrasó el principal a través de la ventana, de modo que todos los alemanes se fueron al carajo y los del sótano consiguieron salir.

– ¿Qué diablos intentas decirme? -preguntó Dillon.

– Que tengo una gran fe en la potencia de las bombas y en la ciencia balística. Se puede poner una bomba donde tú quieras, con tal de que sepas lo que tienes entre manos.

1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)