El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– Cla… cla… ro. Nadie va por allí -dijo de un tirón, cosa que agradecí.
– ¿Por qué?
– Está em… embrujado -susurró atemorizado y cerciorándose de que nadie le oía.
No supe qué cara poner. Gunnar sin embargo me guiñó un ojo mientras preguntaba al pobre camarero.
– ¿Ah, sí? ¿Por qué?
El camarero nos sirvió y, con un gesto lleno de familiaridad, como si se sentase cada noche a cenar con los clientes y explicarles historias, nos indicó que fuésemos tomando la sopa mientras él acercaba una silla a nuestra mesa, y con una expresión parecida a la de las abuelas que narran cuentos de miedo a sus nietos, comenzó su relato. Por suerte sin tartamudeos.
– El Domen es el monte de las brujas. Ahí se reunían las brujas noruegas año tras año para celebrar sus ceremonias. Centenares de brujas horrendas. Mujeres volando por los cielos y dándose cita en lo alto del monte Domen, para bailar sus bailes, cantar sus terroríficas canciones y encender sus hogueras.
Gunnar se partía de la risa; yo no. De pronto había recordado la trágica historia del monte Domen. Qué ingenua había sido. ¿Cómo no lo había relacionado con la historia de la noche de Beltebre? Pero Gunnar azuzaba al pobre camarero fingiendo un enorme interés en el relato.
– ¿Alguien las vio?
– Pues claro, toda la población de Vardo las veía invierno tras invierno y esa noche las madres escondían a sus niños para que las brujas no les contagiasen el mal de ojo, y los pastores guardaban sus rebaños para que no muriesen de peste.
Eran Omar. Hablaba de las citas anuales en el monte escandinavo de las Omar, que habían reunido a miles de ellas en los tiempos antiguos. Hasta que sucedió la tragedia.
– Una noche, hace ya más de trescientos cincuenta inviernos, un joven capitán destinado a la región reunió a los hombre más valientes de Vardo y les propuso desenmascararlas de una vez para acabar con ellas.
Yo quería irme sin escuchar aquella historia triste, pero Gunnar tomaba cucharada tras cucharada de su plato humeante y atendía socarrón y curioso a las explicaciones del atribulado camarero.
– ¿Les tendieron una trampa?
– Efectivamente. Eso hicieron. Mientras estaban celebrando su horrible fiesta subieron en silencio el monte armados con brochas y pinturas. Y en medio del desconcierto se lanzaron sobre ellas pintando a todas las que pudieron. Luego hicieron correr la noticia de que todas las mujeres pintadas eran brujas y tenían que ser quemadas en la hoguera. ¿Y saben quién fue la primera?
Yo lo sabía y me tapé los oídos. Gunnar ni se inmutaba.
– ¿Cuál fue la primera bruja que quemaron?
– La mujer del capitán del ejército que comandó la expedición. Se llamaba Bridget y era muy poderosa y muy mala. Había embrujado al capitán. Él mismo encendió la pira con su antorcha, pero la bruja comenzó a cantar, él no pudo resistir su llamada maligna y se lanzó al fuego con ella.
La historia que yo conocía era diferente. Hablaba de un pobre amante desesperado y culpabilizado que dudaba entre su honor como miembro del ejército y su amor por aquella hermosa bruja Omar. Acabó lanzándose a las llamas por amor.
– Y entonces ocurrió lo peor.
– ¿Lo peor? -preguntó Gunnar curioso.
– Mientras la bruja y su capitán se quemaban, ella maldijo a gritos el monte Domen.
Se me hizo un nudo en la garganta. Esa maldición no la conocía. ¿La bella y arrogante Bridget, quemada junto a su capitán, había lanzado un conjuro contra el monte Domen antes de morir?
– ¿Y cuál fue la maldición?
El camarero los miró con una cierta lástima.
– No sé si decirla, parecen tan enamorados.
Yo rogué que callara.
– Prefiero no saberlo.
– Yo sí -se arriesgó Gunnar, bravucón.
– Maldijo a todos los amantes que se reunieran en el monte la noche de Beltebre. Serían tan infelices como ella y su capitán.
Me levanté corriendo de la mesa sin poder aguantar ni una cucharada de sopa más en el estómago. La historia me había removido las tripas y lo vomité todo, hasta la última gota. Regresé pálida y ojerosa y encontré a Gunnar solo, sorbiendo su última cucharada.
– Lo siento, creía que te divertía.
– No me gustan nada esas historias de brujas quemadas. ¿La conocías?
– No, pero sabía que el monte Domen estaba embrujado.
– ¿Lo sabías?
– Es una leyenda.
– ¿Y me llevaste a sabiendas de la maldición?
– No, te llevé porque sabía que estaríamos solos, tú y yo. Nadie pone los pies en el monte Domen por culpa de la leyenda de las brujas.
– No me gusta.
– Ahora me dirás que crees en las leyendas.
No sabía cómo decirle a Gunnar que esas mujeres existieron y murieron por culpa de irresponsables como el camarero, que hubiera jurado sin dudarlo haberlas visto degollando renos o raptando niños. Esas mujeres eran Omar que celebraban pacíficamente sus rituales de purificación año tras año. Eran comadronas, herboristas, poetisas y músicas, mujeres sensibles, inteligentes, preparadas y dispuestas a ayudar a las demás mujeres, como las pobres amigas de Helga, que vivían encerradas en sus casas, a merced del humor de su guerrero vikingo.
No podía decirle todo eso a Gunnar porque no me hubiera entendido. Pero Gunnar no era tonto y percibía que se había equivocado.
– Lo siento.
– Gracias de todas formas, ya sé que lo hiciste por mí.
Lo hizo por complacerme, pero por culpa de eso había provocado que la maldición de un amor infeliz cayese sobre nuestras cabezas. Y si eso era cierto, si Bridget había conjurado el sortilegio antes de morir, nadie excepto su espíritu podría anularlo.
A la mañana siguiente la maldición comenzó a manifestarse. El dueño del hotel devolvió su pasaporte a Gunnar, pero fingió haber extraviado el mío.
– Lo siento, no lo encuentro ahora. Si son tan amables de esperar un poco…
Yo palidecí y miré a Gunnar suplicante. Me entendió y me sacó del apuro.
– Teníamos pensado pasar a Finlandia y necesitaremos el pasaporte.
– Es que el encargado de noche no está y no sé dónde lo ha puesto -mintió el dueño.
Gunnar miró el reloj.
– Bueno, pues aprovecharemos para hacer una excursión a la isla y regresaremos para la cena. ¿Le parece que ya lo habrán encontrado?
El dueño sonrió.
– Seguro.
Salí del hotel con las piernas temblorosas. Gunnar tenía claro lo que debíamos hacer.
– Vámonos de aquí.
– ¿Qué crees que ha pasado?
– Tu pasaporte lo tiene la policía y estarán contrastando tus datos con los que tiene la Interpol. Es posible que acaben por cruzar tu foto con tu auténtico nombre y que en ese caso te retengan.
– Pero… ¿por qué?
– Tu aspecto de niña no les ha convencido o han descubierto algo raro en tu pasaporte falso o… A lo mejor hay una orden de búsqueda y captura contra ti. Quién sabe.
Me quería morir.
– ¿Y qué haremos? ¿Cómo saldremos del país?
– Por barco.
– Pero me pedirán la documentación.
– Donde yo te llevo no.
Confié plenamente en Gunnar y nos alejamos del fatídico monte Domen sin recoger mi documentación falsa. Atrás quedó mi nombre, Lorena Casas, y mi supuesta edad, veintidós años.
Nos detuvimos en un campamento de verano sami para comprar provisiones. Los sami eran los ancestrales pobladores de aquellas tierras yermas que habían sido arrinconados y desplazados a lo largo de los siglos. Son muy diferentes a los escandinavos de origen germánico y eslavo. Tienen un aspecto oriental, pelo negro y ojos rasgados, baja estatura y complexión robusta, y hablan una lengua que proviene de los Urales.
Nos perdimos entre el laberinto de tiendas. Los sami se trasladaban junto a sus rebaños en busca de pastos frescos y los niños corrían y jugueteaban con los perros samoyedos rodeados por nubes de mosquitos sin inmutarse. Yo, en cambio, cada día tenía nuevas picaduras y algunas de ellas hinchadas y dolorosas. Gunnar propuso proveernos de ropa de abrigo artesanal.