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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Tu condición no depende de la voluntad ni del libre albedrío. Está vinculada a tu sangre y a tu destino. Escucha a tu instinto, no olvides todo aquello que aprendiste. No reacciones negando precisamente lo que te sirvió para orientarte en la confusión del mundo. Te perderías y serías muy desgraciada.

La comunidad te juzgará con equidad, preservará tus derechos y oirá tu voz. Regresa a la tribu y ponte en manos de nuestra justicia.

La muerte de Meritxell es compleja y tú nos puedes ayudar a desentrañarla. Huir te señala, quien huye algo esconde. No me obligues a utilizar la fuerza contigo. Regresa por tu propia voluntad. No quiero detenerte. Eso sería muy doloroso, aunque si no me dejas otra opción deberé perseguirte y juzgarte a la fuerza.

No es necesario que huyas a los confines de la tierra para encontrarte a ti misma. Eso puedes hacerlo desde una habitación oscura.

Te buscaré porque te quiero.

Deméter

Guardé la carta en mi maleta y se lo oculté todo a Gunnar. Únicamente le pedí que nos fuéramos rápido. Me complació sin preguntar, pero me advirtió que estuviese preparada porque pronto nos atacarían los mosquitos.

Y así fue.

Y fue horrible.

Pero prefería los mosquitos a mi madre y soporté estoicamente sus ataques nocturnos a pesar de lociones y mosquiteras.

No aspiraba a deshacerme de Deméter, sino a resistir más que ella, a alejarme tanto que las dificultades se multiplicasen y acabase por abandonar su juego de perseguirme. ¿Era seria su amenaza? ¿Realmente sería capaz de detenerme a la fuerza, encerrarme y juzgarme? ¿Y si me declaraban culpable? Si pensaba en ello acabaría por volverme loca.

Pronto nos adentramos en Nordland, un nombre que por si solo provocaba escalofríos. Allí comenzaba el verdadero paisaje del Ártico. Tundra, horizontes ilimitados, lagos oscuros e inmóviles, fiordos brumosos que se perdían en extensos meandros, viento frío cargado de nubes plomizas que recorrían el cielo como una losa que impedía ver el sol. Perdimos rápidamente cualquier vestigio de civilización, dejamos atrás Europa y me olvidé del Mediterráneo y de los aromas intensos para sustituirlos por un cierto vértigo de vacío.

Aquella tierra de soledad lunar estaba casi deshabitada, justo lo que yo quería. Le pedí a Gunnar sortear los pueblos y prescindir por unos días de las comodidades para evitar los controles policiales hoteleros. Me creyó. Dormimos en la tienda de campaña, cocinamos en un hornillo de gas y viajamos como los tramperos del Canadá, sucios y con los dedos grasientos, orientando nuestra brújula al Norte mientras con nuestro todoterreno atravesábamos bosques de abedules, praderas y riscales. Nuestra única compañía fueron los rebaños de renos que esquivábamos y que nos dejaban el recuerdo de los insectos que los acompañaban. Sobre todo los mosquitos.

Yo continuaba durmiendo mal y a intervalos. Deméter me seguía, notaba la presencia inquietante de su poder muy cerca. Y los mosquitos me atacaban de noche. Mis brazos especialmente.

Al alcanzar el Círculo Polar estaba literalmente acribillada y dudo que me quedase una sola gota de sangre. Mi cansancio era tal que Gunnar me obligó a tomar un asqueroso jarabe vitamínico y hasta se ocupó él mismo de alimentar a la pequeña Lola, que temblaba de frío y siempre buscaba el calor de mi cuerpo por las noches.

A pesar de todos los percances estaba extasiada por la fuerza del Ártico, vivía con extrañeza la presencia constante del sol que no se ponía jamás y me dejaba contagiar por la magia de la luz que iluminaba permanentemente nuestro desolado camino, paradójicamente cada vez más frío.

En Finmark la mirada se pierde en espacios infinitos y yermos y la única carretera conduce al Fin del Mundo, al Cabo Norte. Deseaba tanto llegar, que quizá por eso mi desilusión fue mayor. El llamado Fin del Mundo resultó ser una roca de granito de trescientos metros de altura que caía en picado sobre las frías aguas del océano y estaba concurrida por curiosos que, como yo, cámaras al hombro, pretendían celebrar a su manera el solsticio de verano.

En cuanto comencé a notar las miradas de mujeres que bien podían ser Omar y a sentirme acosada por todos aquellos ojos desconocidos, no pude soportarlo y rogué a Gunnar que nos fuésemos a un lugar solitario y a ser posible hermoso.

Me llevó bordeando la costa norte, a través de la tierra de los sami -que es como se llaman a sí mismos los lapones-, hasta la pequeña ciudad de Vardo, y me propuso celebrar el solsticio desde lo alto de un monte que se alzaba junto a la fortaleza.

– Aquí estaremos solos.

– ¿Me lo juras?

– Es un monte mágico -me susurró-. Tus deseos se verán cumplidos si los formulas esa noche. También dicen que ciertas hierbas recogidas durante el solsticio tienen el poder de curar males incurables.

Me hizo gracia. Gunnar me explicaba cómo conjurar la magia de la noche de Beltebre en la que los fuegos que desde siempre habían encendido las Omar alimentaban los hechizos. Era un encanto mi Gunnar. Si hubiese sabido que yo era una bruja, o que lo había sido, otro gallo cantaría. Así que accedí a acompañarlo, a pesar del frío, del ascenso y del cansancio. Gunnar transportó los sacos de dormir, una exquisita cena fría de salmón y caviar y una bebida que me aseguró que no tenía nada que envidiar al néctar de los dioses.

Posiblemente, pasar la noche blanca del solsticio en lo alto de un monte mágico junto a Gunnar, bebiendo el delicioso brebaje embriagador de su cantimplora y sintiendo la soledad del Ártico mordiendo mi piel, fuese la experiencia más maravillosa que había vivido hasta ese momento. Pero no puedo asegurarlo; ni pude llegar a formular mi hechizo porque me dormí. Y por primera vez en muchos días dormí profundamente, sin despertar, sin alterarme, sin pesadillas.

A la mañana siguiente, si se podía llamar mañana a ese sol eterno, no recordaba casi ninguna de las cosas de las que Gunnar me hablaba. Por suerte no tenía jaqueca ni resaca, al contrario, me sentía maravillosamente bien: etérea, volátil y sorprendentemente optimista. Algo extraño me había sucedido aunque no podía precisar qué era. Algo nuevo, desconocido, que no tenía parangón en mi experiencia anterior.

Indagué, pero no salí de dudas.

– ¿Qué ocurrió anoche?

Gunnar, por toda respuesta, sonrió enigmáticamente.

– Es imposible que no lo recuerdes. Para mí fue y será inolvidable.

– ¿Dije tonterías?

– No dijiste nada. Me mirabas y suspirabas.

– ¡Qué tonta!

– No me lo pareciste cuando te metiste en mi saco de dormir porque tenías frío.

Fue eso. Habíamos pasado una inolvidable noche de amor, pero a diferencia de otras yo había perdido la memoria. No le di más importancia, pero al regresar a Dorvö y permitirnos el lujazo de alojarnos en un acogedor hostal junto al puerto y cenar un delicioso guisado de pescado y una sopa humeante me llevé una gran sorpresa. El camarero, curioso, nos preguntó de dónde veníamos, y al explicarle que habíamos pasado la noche en el monte, le tembló el pulso y derramó su sopa sobre el mantel.

– ¿En el mon… mon… te Domen? -repitió incrédulo y con un tartamudeo que me puso nerviosa.

Me sonaba ese nombre. ¿Cuándo y dónde lo había oído?

– Sí, ¿ocurre algo?

El camarero no se atrevió a responder de buenas a primeras.

– ¿Habí… bía… a al… al… guien?

Gunnar respondió por mí.

– Estuvimos solos.

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