El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– Creo que nueve, pero sólo sobrevivieron dos.
– ¡Nueve hijos! ¡Qué horror!
– Helga, la husfreja, era poetisa y se casó muy joven, mejor dicho la casaron con su primo Snorri, al que no conocía. Entonces sólo tenía catorce años, una voz preciosa y su pelo rubio le llegaba hasta la cintura.
La imaginé alta, fuerte y rodeada de pequeños vikingos, pero no acababa de conformarme.
– ¿Y de quién desciendes tú si sus hijos no eran de su marido? -pregunté.
No podía explicar qué fuerza me empujaba hacia la oscuridad de la tumba.
– Fue la amante del rey Olafr -susurró Gunnar.
– ¿Cómo lo sabes? -pregunté sorprendida.
Gunnar hizo un gesto vago.
– Eso dice la saga. En una fiesta el rey se alojó en su casa y ella recitó sus poemas con tal emoción que Olafr se enamoró locamente y ella le correspondió. El divorcio no estaba permitido, por eso el rey envió a Snorri, el marido y vasallo suyo, a una expedición tras otra mientras él visitaba a su querida Helga en su ausencia. Luego pidió que lo enterrasen aquí, cerca de ella.
Me pareció injusto. El marido, Snorri, a quien imaginaba con los dedos grasientos, la barba llena de piojos y eructando en la mesa, estaba en medio de los dos. Como el jueves. Intenté imaginármela a ella, hermosa, cultivada.
Algo continuaba empujándome hacia la tumba de Helga. Era una súplica, un ruego inconcreto. Helga me quería decir algo.
Yo era bruja, a pesar de ir desprotegida, y la llamada del espíritu de Helga era insistente. Pocas Omar la habían experimentado, pero no cabía duda alguna. Tenía el don y Helga se comunicaba conmigo. Me olvidé de la presencia de Gunnar, de su estupefacción. Me sumergí en las brumas del atardecer y retrocedí muchos siglos hasta oír la voz de Helga invitándome a ayudarla. Retiré la losa con suavidad y quedó justo el espacio para introducir mis manos en el interior de la tumba obedeciendo a los huesos de Helga. Tanteé la tierra húmeda a ciegas, hasta que di con ellos y los saqué.
Gunnar dio un paso atrás, estaba asustado.
– ¡¿Qué haces?! ¿Estás loca? Deja estos huesos. ¡Estás profanando una tumba!
Pero yo no era consciente de mis actos. Recuerdo que no le hice caso, simplemente me arrodillé frente a la tumba del rey Olafr y con la misma facilidad retiré la losa que la cubría. Deposité los huesos de Helga en ella y luego abrí los ojos incrédula.
Gunnar estaba horrorizado. Intenté razonar mi impulso.
– Me estaban pidiendo algo, me pedían descansar con Olafr.
Gunnar, nervioso, intentó tapar la losa, pero a pesar de su corpulencia no pudo hacerlo.
– ¿Cómo demonios la has abierto?
Pero no le escuchaba. Helga aún no estaba en paz. Lloraba y de nuevo retuvo mi voluntad. Retiré un poco más la losa de la tumba de Olafr y me llevé la mano a la boca. ¡Allí no había restos humanos! Era una tumba vacía y los huesos de la pobre Helga habían topado de nuevo con la soledad.
– ¿Por qué no está el rey Olafr enterrado aquí?
Gunnar no podía quitar los ojos de la cavidad.
– ¿Se puede saber…?
– ¿Dónde está el cuerpo de Olafr? -insistí.
Gunnar estaba confundido.
– Tal vez murió en una incursión guerrera y lanzaron su cuerpo al mar, o fue pasto de los lobos en la montaña o se calcinó con su castillo. ¿Y yo qué sé?
– Entonces, ¿por qué esa farsa de su tumba?
Gunnar se revolvió contra mí.
– ¿Y tú de dónde has sacado esos trucos para mover piedras y comunicarte con los espíritus?
Había en sus palabras un deje acusatorio. Me eché atrás, acobardada. ¿Cómo era posible que me hubiese dejado llevar por ese impulso repentino? No podía explicármelo a no ser que… hubiese sido Deméter.
La duda perenne era la presencia de mi madre. Deméter deseaba alejarme de Gunnar, Deméter me empujaría a cometer errores para que Gunnar desconfiase de mí y me temiese. Deméter me quería sola y sumisa y de regreso al rebaño con la cabeza gacha. Controlaba mi voluntad en la distancia y manejaba los hilos de mi vida.
No, no lo conseguiría. Muchas brujas Omar habían urdido tretas para engañar a sus esposos.
Me eché a reír, haciendo teatro y fingiendo una hilaridad que no sentía.
– Lo he hecho bien, ¿no?
Gunnar aún no estaba convencido de mi supuesta farsa. Puse voz de falsete y gemí como un fantasma.
– ¡Olaafr! ¡Me prometiste que compartirías la eternidad conmigo! Y en cambio me ha tocado de vecino el peñazo de mi marido Snorri que ronca como un cerdo.
Gunnar rió y me palmeó el culo como a una niña mala.
– Eres un trasto, no se te puede llevar a ninguna parte. Te traigo a un cementerio vikingo y me cambias los huesos de tumba.
– No lo haré más, lo prometo.
– A la próxima travesura te embarco de regreso con tu mamá.
Lo besé. Nunca fallaba. Hasta creo que conseguí hacerle olvidar la pregunta que me hizo al principio: ¿cómo demonios había conseguido mover las losas?
Nos alojamos en un diminuto hotel desde cuyas ventanas se divisaba el monte Aksla, pero a pesar de las hermosas vistas esa noche estuve intranquila y nerviosa. Me picaban los brazos; los mosquitos comenzaban a estar presentes en nuestras vidas. Además, tenía la certeza de saberme vigilada. Me despertaba bruscamente con el corazón desbocado y sintiendo el tacto de unas manos en mis entrañas.
Deméter hurgaba en mis recuerdos. Deméter me estaba poniendo cerco. No pude ni quise dormir más. Salí a dar un paseo al amanecer. Los días eran muy largos y nos acercábamos al punto en que el crepúsculo desaparecería por completo.
Me abrigué, di de comer a la pequeña Lola y dejé a Gunnar durmiendo apaciblemente. Al salir, el recepcionista me llamó por mi nombre, lo cual me sorprendió mucho. Pero mi sorpresa no acabó aquí. Me entregó un paquete y una carta. Me temblaron las manos. Nadie sabía mi paradero y la letra que figuraba en el sobre no era la de Deméter; lo rasgué y dentro descubrí diversos sobres a su vez enviados y reenviados por brujas Omar que intentaban darme caza. Hasta conseguirlo, claro.
La carta, inconfundible su letra picuda, era de Deméter, mi madre. ¿Cómo pude ser tan ilusa? Ella lo sabía todo, y si no lo sabía formulaba un hechizo, y si no, movía sus hilos y sus contactos, pero no se le escapaba el control de nada ni nadie. Todos los clanes y tribus de la tierra debían de estar tras mi pista. Esos sobres eran la prueba de su poder.
Antes de leer la carta abrí el paquete. Lo suponía, Deméter me enviaba otra vara. Me indigné, creía que mi carta había sido contundente y que había hablado muy claro. Por qué Deméter intentaba continuar imponiéndome su voluntad. Salí fuera del hotel y lancé la nueva vara al agua, sin ningún remordimiento. Luego leí la carta de un tirón sentada en una roca junto al mar. Sola, rodeada de gaviotas y con la espuma de la olas salpicándome los pies.
Selene, hija, ¿me dejarás que te llame «hija» aunque tú no quieras llamarme «madre»?
No voy a responder a tus muchas provocaciones. No te las tomo en cuenta. Es natural que en un determinado momento de tu vida quieras escoger tu propio camino y decidir por ti misma. Pero ni ahora es el tiempo adecuado ni eso supone la solución a tus problemas.
Tu huida te ha puesto en un difícil aprieto. Si muchas Omar creían en tu inocencia o la presuponían, ahora dudan de ella.
Ninguna Omar antes que tú ha eludido sus responsabilidades con la tribu aduciendo que dejaba de ser una bruja. Estás haciendo trampa, te estás haciendo trampa a ti misma.
Reflexiona y entrégate.
Todas las fatales coincidencias de los últimos tiempos te han empujado a tomar una decisión precipitada.
Regresa al clan.
No me opongo a que te enamores ni me opongo a que dejes los estudios; eres suficientemente inteligente para retomarlos cuando desees. Lo que no puedes es renunciar a tu condición de Omar. Eso no depende de ninguna elección racional ni emocional. Eso forma parte de tu ser. Desde el instante en que fuiste iniciada se desarrollaron en ti unos poderes que jamás, por mucho que lo desees, podrás destruir.