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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Escapé de madrugada con una bolsa improvisada, un pasaporte falso y la pequeña Lola, sin dejar siquiera una nota. Gunnar me esperaba en la estación y subimos al tren de incógnito, como dos enamorados furtivos. Nos acomodamos en un minúsculo compartimiento, cogí la mano de Gunnar y cerré los ojos hasta que el silbato del jefe de estación anunció la salida.

El traqueteo monótono de la máquina me fue liberando de la angustia que me había atenazado durante las últimas semanas. Por fin dejaba atrás la pesadilla.

En aquel diminuto universo con literas estrechas, tanto que resultaba imposible compartirlas sin caer al suelo, me sentí libre. Tenía a mi lado el amor con nombre de berseker y ojos de firmamento, y ante mí un viaje frío, blanco, lejano y hermoso.

Impulsivamente lancé mi vara por la ventanilla del tren y en un cuchicheo imperceptible me desprendí del embrujo que me ataba a mi escudo protector y que me unía telepáticamente a las Omar. Aunque intentaran ponerse en contacto conmigo, yo había roto mis ligaduras. Le pedí a Gunnar que me abrazase fuerte, muy fuerte. Y me estrujó tanto que por poco no me ahoga.

– ¿Me notas diferente? ¿Quién soy?

Era una broma. Gunnar no podía saber que por primera vez estaba abrazando a una chica indefensa y no a una bruja.

– Mi diosa fenicia, mi diosa del amor que me conduce fatalmente a sus brazos.

Gunnar fue un poco inoportuno. No hay nada peor que iniciar un viaje invocando muerte o desgracia, y lo que es peor, nombrando a la nefasta Baalat. Y aunque ya no quería ser una bruja, antes de dormir pronuncié un sortilegio y eché sal por encima de mi hombro tres veces procurando que Gunnar no me viese.

A la mañana siguiente empecé una y mil veces una carta a Deméter. Quería escribirle para evitar una persecución inútil, pero no encontraba las palabras. Era una carta complicada porque tenía que ser contundente y convincente. Y cuando al fin, a fuerza de probar y probar, fui encontrando la manera de explicarme, me interrumpió el grito de Gunnar.

– ¡¿Qué es esto?!

Gunnar señalaba la pequeña bolita de algodón temblorosa que se refugiaba en un bolsillo lateral de mi bolsa de viaje.

– Es Lola.

– No me gustan las ratas.

– No es una rata, es un hámster.

– Las ratas son sucias y traidoras, se comen el grano, muerden a los niños y contagian la peste.

Aprensivo. Mi vikingo era aprensivo. La cogí por el cuello, la saqué de su escondrijo y me acerqué a Gunnar.

– ¡Uuuuuuh!

Era una broma, pero no surgió efecto, porque Gunnar se puso repentinamente triste.

– Era la mascota de Meritxell, ¿verdad?

Se me rompieron las palabras.

– Me pidió que me ocupara de ella.

– Pobre Meritxell… -musitó Gunnar.

Ninguno de los dos habíamos afrontado abiertamente el delicado asunto de su muerte y todo lo relacionado con ella era un secreto vergonzoso. Si bien Gunnar creía en mi inocencia, cuando algo nos la recordaba leía en sus ojos un reproche velado. ¿Eran invenciones mías? Tal vez, pero Lola podía llegar a convertirse en el fantasma de Meritxell y, por si acaso, decidí esconderla y sacarla sólo por las noches.

Yo tampoco podía borrar la imagen pálida de Meritxell, con la fina piel acribillada a pinchazos. A veces la imaginaba dejándose caer sobre mi cama, con los ojos cerrados y sin fuerzas para defenderse de la hoja mortal de mi atame que atravesaría su corazón. ¿Quién sostenía el cuchillo? ¿Quién lo clavó? ¿Por qué? ¿Qué aspecto tenía la Odish que la había ido desangrando lentamente? ¿Era Baalat?

No obstante, sabía que si las Omar llegaran a juzgarme y yo explicaba que Meritxell enloqueció por amor -que era la pura verdad-, nadie me creería. Yo misma, minutos antes de nuestra discusión, hubiera declarado que era un ángel. Ni siquiera después de haberla visto destruir objetos y abandonarse al odio con una fuerza inaudita, embrujando a Gunnar, mintiendo, amenazándome y agrediéndome…, acababa de creérmelo.

¿Cometemos barbaridades por culpa del amor?

No podía dar respuesta a esa ni a otras preguntas y por eso prefería borrar a Meritxell de mi memoria. De alguna forma yo me había interferido en su vida y, sin ser la mano que clavó el atame en su pecho, a lo mejor la había conducido a ese final trágico. Por eso me sentía tan mal.

Finalmente acabé la carta para Deméter y la envié desde Lyon, una encrucijada lo suficientemente ambigua como para engañarla dejándole suponer que me dirigía al Este.

Decía así.

Querida madre:

¿Por qué me resulta tan extraño llamarte madre?

Querida mamá.

Tampoco. Nunca te he llamado de esa forma. Siempre preferiste que me dirigiese a ti por tu nombre: Deméter. Hasta en este pequeño detalle me hacías sentir diferente de las otras niñas.

Empezaré de nuevo. Toda carta debe tener el destinatario correcto. Tú bien sabes que un nombre equivocado puede perjudicar un buen hechizo y, por supuesto, en este caso a la sinceridad del firmante. Y yo me propongo, sobre todo, ser muy sincera contigo.

Querida Deméter, pues. Cuando recibas esta carta, yo ya estaré muy lejos. No te molestes en utilizar tus poderes ni tus contactos para encontrarme. Él y yo habremos desaparecido.

No, no he hecho servir ningún embrujo. ¿Te acuerdas de cuando me retiraste mi vara de encina y creíste que sería una pataleta momentánea? Fue un primer intento para acostumbrarme a vivir en libertad. Y creo que lo he conseguido. No me hace falta recurrir más a vuestras artes y no me importa que sean buenas ni malas. Simplemente no me interesan. Todo este tiempo he vivido engañada, creyendo que mi vida me pertenecía, y he acabado por descubrir que tú lo controlabas todo. Pues bien, algo se te escapó. Él no está bajo tu control y me ha permitido comprender que puedo elegir entre el saludo a la tribu y el amor.

Él es Gunnar y lo elijo a él porque lo amo. No, no me digas que amar es doblegarse o perder la identidad, porque no tienes ni idea. Tú nunca has amado a ningún hombre.

Estoy enamorada y voy a emprender un viaje con él muy lejos, donde no puedas encontrarme.

No soy culpable de la muerte de Meritxell, pero tampoco quiero quedarme para defenderme, porque defenderme implicaría jugar a un juego peligroso y presuponer mi culpa.

No pienso acabar mis estudios, ni mantener contacto con el clan ni acatar tus órdenes como matriarca ni presentarme de nuevo ante el consejo para que me juzguen y me castiguen por la muerte de Meritxell, de la que soy inocente.

Ya no soy una bruja Omar. He lanzado mi vara y me he desprendido de mi escudo y mi receptor. No podéis comunicaros conmigo. Quiero romper con todo lo que decidiste sobre mí y dejar atrás lo que he sido durante estos diecisiete años para empezar una nueva vida con Gunnar.

Sé que Gunnar no te gusta, aunque no lo conozcas y ya sea demasiado tarde. No te lo presenté porque sabía que no habría pasado tu examen. Ningún hombre pasaría tu examen ni sería digno de mí ni querría compartir su vida conmigo si tú estabas lo bastante cerca para ahuyentarlo.

Estoy enamorada y no quiero renunciar a las caricias ni a las palabras de amor. No quiero criar sola a mis hijos como tú, ni deberme a la tribu y al clan como tú.

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