La elegancia del erizo
- Автор: Барбери Мюриель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:
– Nunca lo había pensado -digo-. Es verdad que decoramos nuestros interiores con redundancias.
– ¿Con qué ha dicho? -inquiere Manuela.
– Con repeticiones, como en casa de los Arthens. Las mismas lámparas y los mismos jarrones sobre la chimenea, las mismas butacas idénticas a cada lado del sofá, dos mesillas de noche a juego, series iguales de tarros de cristal en la cocina…
– Ahora que lo dice, no se trata sólo de las lámparas -prosigue Manuela-. El caso es que no hay dos cosas iguales en casa del señor Ozu. Y déjeme que le diga que eso crea una impresión agradable.
– Agradable, ¿en qué sentido? -quiero saber. Manuela reflexiona un momento, y se le forman arruguitas en la frente.
– Agradable como después de una fiesta, cuando se ha comido demasiado. Pienso en esos momentos, cuando todo el mundo se ha marchado ya… Mi marido y yo vamos a la cocina y yo preparo un caldito de verduras frescas; corto champiñones crudos en rodajas muy finitas, y nos tomamos el caldo con los champiñones dentro. Tenemos la impresión de salir de una tormenta y que poco a poco vuelve la calma.
– Uno ya no tiene miedo de que le falte nada. Se es feliz con el instante presente.
– Uno siente que es algo natural, que comer es eso.
– Se puede disfrutar de lo que se tiene, nada estorba. Una sensación tras otra.
– Sí, se tiene menos pero se disfruta más.
– ¿Quién puede comer varias cosas a la vez?
– Ni siquiera el pobre señor Arthens.
– Tengo dos lámparas a juego sobre dos mesillas de noche idénticas -digo, al caer de pronto en la cuenta del hecho.
– Y yo también -dice Manuela.
Asiente con la cabeza.
– Quizá estemos enfermos, a fuerza de tener demasiado.
Se levanta, me da un beso y vuelve a casa de los Pallières, a su dura tarea de esclava moderna. Cuando se marcha, permanezco sentada delante de mi taza de té vacía. Queda un fruto seco con chocolate, que mordisqueo por gula con los incisivos, como un ratoncito. Cambiar el modo de comer algo es como degustar un nuevo manjar.
Y medito, saboreando el carácter intempestivo de esta conversación. ¿Alguna vez se ha visto que asistentas y porteras, conversando durante la hora de la pausa, elaboren el sentido cultural de la decoración de interiores? Les sorprendería saber de lo que habla la gente humilde. Prefiere las historias a las teorías, las anécdotas a los conceptos, las imágenes a las ideas. Lo cual no es óbice para filosofar. Así, ¿somos acaso civilizaciones tan carcomidas por el vacío que sólo vivimos en la angustia de la carencia? ¿Sólo disfrutamos de nuestros bienes o de nuestros sentidos cuando estamos seguros de que disfrutaremos más aún? Quizá los japoneses sepan que sólo se saborea un placer porque se sabe que es efímero y único y, más allá de ese saber, son capaces de construir con ello sus vidas.
Ay de mí. Monótona y eterna repetición que una vez más me saca bruscamente de mi ensimismamiento -el tedio nació un día de la uniformidad-, llaman a mi puerta.
6
Wabi
Es un mensajero mascando un chicle para elefantes, a juzgar por el vigor y la amplitud maxilar que esta masticación requiere.
– ¿La señora Michel? -pregunta,
Me planta un paquete en las manos.
– ¿No tengo que firmar nada? -inquiero.
Pero ya ha desaparecido.
Es un paquete rectangular envuelto en papel de estraza y sujeto con un cordel, como los que se utilizan para cerrar los sacos de patatas o para pasear por la habitación un tapón de corcho para divertir al gato y obligarlo a hacer el único ejercicio al que se presta. De hecho, este paquete con cordel me recuerda a los envoltorios de seda de Manuela pues aunque, en su género, el papel sea por naturaleza más rústico que refinado, hay en el esmero puesto en la autenticidad del empaquetado algo similar y profundamente adecuado. Se observará que la elaboración de los conceptos más nobles parte de lo trivial más tosco. Lo bello es la adecuación es una idea sublime surgida de las manos de un mensajero rumiante.
La estética, a nada que uno reflexione sobre ello con una pizca de seriedad, no es sino la iniciación a la Vía de la Adecuación, una suerte de Vía del Samurai aplicada a la intuición de las formas auténticas. Tenemos todos anclado en nosotros el conocimiento de lo adecuado. Este conocimiento es lo que, en cada instante de nuestra existencia, nos permite aprehender la esencia de la cualidad de lo adecuado y, en esas raras ocasiones en que todo es armonía, disfrutar de ello con la intensidad requerida. Y no hablo de esa suerte de belleza que es dominio exclusivo del Arte. Quienes, como yo, se sienten inspirados por la grandeza de las cosas pequeñas, la buscan hasta en el corazón de lo no esencial, allí donde, ataviada con indumentaria cotidiana, surge de cierto ordenamiento de las cosas corrientes y de la certeza de que es como tiene que ser, de la convicción de que así está bien.
Desato el cordel y rompo el papel. Es un libro, una hermosa edición encuadernada en cuero azul marino, de grano grueso, muy wabi. En japonés, el término wabi significa «una forma desdibujada de lo bello, una clase de refinamiento disfrazado de rusticidad». No sé muy bien qué querrá decir eso, pero esta encuademación es indiscutiblemente wabi.
Me calzo las gafas y descifro el título.
Idea profunda n°11
Abedules
enseñadme que no soy nada
y que soy digna de vivir
Mamá anunció ayer durante la cena, como si fuera motivo suficiente para que corriera el champán a chorros, que hacía diez años justos que había empezado su «psicoanálisis» (pronuncia la palabra como si llevara acento en todas las sílabas). ¡Todo el mundo estará de acuerdo en que es ma-ra-vi-llo-so! Sólo se me ocurre el psicoanálisis para rivalizar con el cristianismo en la predilección por los sufrimientos largos. Lo que mi madre no dice es que también hace diez años que toma antidepresivos. Pero salta a la vista que no se le ocurre que una cosa pueda tener que ver con la otra. A mí me parece que si toma antidepresivos no es para aliviar sus angustias, sino para soportar el psicoanálisis. Cuando te cuenta sus sesiones te dan ganas de darte de cabezazos contra la pared. El tipo dice «mmm» a intervalos regulares repitiendo el final de las frases de mamá («Y he ido donde Lenôtre con mi madre»: «Mmm, ¿con su madre?»; «Me gusta mucho el chocolate»: «Mmm, ¿el chocolate?»). Si es así, mañana mismo me hago yo psicoanalista. Otras veces le endilga conferencias sobre la «Causa freudiana» que, al contrario de lo que la gente piensa, no son jeroglíficos incomprensibles, qué va, tienen sentido, sí, sí. La fascinación por la inteligencia es algo fascinante. Para mí no es un valor en sí. Gente inteligente la hay a patadas. Hay muchos cretinos, pero también hay muchos cerebros muy capaces. Voy a decir una banalidad, pero la inteligencia, en sí, no tiene ningún valor ni ningún interés. Personas inteligentísimas consagraron su vida a la cuestión del sexo de los ángeles, por ejemplo. Pero muchos hombres inteligentes tienen una especie de virus: consideran la inteligencia como un fin. Sólo tienen una idea en la cabeza: ser inteligentes, lo cual es muy estúpido. Y cuando la inteligencia se toma por un objetivo, funciona de manera extraña: la prueba de que existe no reside en el ingenio y la sencillez de sus frutos, sino en la oscuridad de su expresión. Si vierais la literatura que se trae mamá de sus sesiones… Simboliza, aniquila los pensamientos excluidos del inconsciente y subsume lo real a base de matemas y de sintaxis dudosa. ¡Un galimatías sin sentido! Hasta los textos que lee Colombe (está estudiando a Guillermo de Ockham, un franciscano del siglo XIV) son menos grotescos. De lo que se deduce: más vale ser un monje pensante que un pensador posmoderno.