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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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— ¡No! Hermana, ¡ayúdame! ¡Detenedles!

Salían hombres de la puerta del palacio de justicia, el Margrave trataba de cerrarles el paso, y vio que Jennat, una mancha confusa de ropa blanca y cabellos endrinos, se lanzaba contra él. No pensó; no podía pensar; su furia instintiva era demasiado fuerte. Un ademán, y Jennat chilló como una bestia torturada, retorciendo el cuerpo en un baile espantoso antes de estrellarse contra el suelo, aplastados sus huesos y borrado todo atisbo de vida de sus ojos.

A través de una niebla roja, vio Tarod que la Hermana Liss retrocedía a cuatro patas y la oyó gemir en un tono agudo e insensato. Atrajo a Cyllan a su lado, giró en redondo y se halló cara a cara con el Margrave. El anciano tenía las facciones torcidas por el terror, pero estaba tratando de cerrarle el paso, con la milicia a su espalda Tarod alzó de nuevo la mano y el anciano se tambaleó de lado, empujado por una fuerza que le lanzó a través del patio. Los milicianos se echaron atrás, en horrorizada confusión, y Tarod se abrió camino entre ellos, percibiendo sólo vagamente la presencia de Cyllan a su lado. La puerta se rompió, destrozada por la fuerza loca que brotaba de él, y pronto corrieron los dos por los pasillos que serpenteaban y se dividían delante de ellos. Aparecían y desaparecían caras, gritando aterrorizadas, y se hallaron ante la puerta de doble hoja de la entrada principal.

La muchedumbre que estaba en la avenida se abrió, como las hojas azotadas por un vendaval, cuando salió corriendo del palacio de justicia el oscuro y demoníaco personaje. Para la retorcida conciencia de Tarod, la escena era una pesadilla de formas enloquecidas y ruidos espantosos; la fuerza del Caos se había apoderado de él, y los cuerpos arremolinados y las voces estridentes no significaban nada. Una luz negra centelleaba a su alrededor, iluminando el rígido semblante y los ojos de poseso. Algo se movió en el borde de la multitud, y él le envió mentalmente una orden implacable; el gran caballo bayo se encabritó y bailó, pero él le dominó con su voluntad y, casi automáticamente, levantó a Cyllan sobre el lomo del animal y saltó sobre la silla detrás de ella.

La sensación de aquellos músculos hinchados y poderosos debajo de él le devolvieron un poco de su cordura; gritó con fuerza una orden, y el caballo dio media vuelta y se lanzó al galope en dirección a las murallas de la ciudad y a la libertad.

CAPÍTULO 7

Sudoroso, el caballo bayo se detuvo al abrigo de un enorme pino que marcaba el extremo del bosque del sur de la provincia de Perspectiva. Los últimos reflejos rojos de sangre del Sol poniente eran todavía visibles en el oeste, pero el crepúsculo había borrado todo el color de los árboles, confundiendo la sombra con la noche que se avecinaba y tendiendo una mortaja negra como el carbón sobre el paisaje.

Tarod se deslizó de la silla, sintiendo un terrible dolor en la espina dorsal cuando sus pies chocaron con el suelo desigual, y por un momento apretó la cara contra el flanco de la bestia, sintiéndose agotado. Después alzó los brazos y asió a Cyllan de la cintura para bajarla del caballo. Cuando ella le miró, su cara era un óvalo pálido e indistinto, en el que solamente los ojos parecían como tiznados de negro en la creciente penumbra. El sintió que los dedos de Cyllan se cerraban sobre sus brazos para conservar el equilibrio y, entonces, ella acabó de apearse y se agarró súbitamente a él.

— Tarod...

Pronunció su nombre una y otra vez, como si fuese un talismán y él la llevó hacia el lugar donde unos brezos enmarañados formaban un refugio natural y las hojas caídas de los pinos simulaban una suave alfombra sobre el césped. Se sentaron juntos en aquel lecho improvisado y al fin ella levantó la cabeza y le miró.

—Creí que nunca volvería a verte. —Sus dedos tocaron indecisos la cara de él, como si no confiase en lo que veían sus ojos—. Te estuve buscando escuchando todos los rumores, esperando... Creía que tenías que estar vivo, pero...

—Silencio. —Tarod la besó, conmovido por la dolorosa familiaridad de su piel bajo los labios—. No digas nada.

Los cabellos de Cyllan le rozaron la cara y él los apartó a un lado, resiguiendo con los dedos el contorno de su rostro. Ella se sentía muy pequeña, muy vulnerable.. , y cuando él la besó de nuevo, volvió la cabeza para que su boca se encontrara con la de ella, y él la atrajo más hacia sí, de modo que la capa que llevaba les envolvió a los dos. A pesar de la fatiga, despertaban en él unos sentimientos que no podía y no quería contener; impulsado por una comprensión que no se atrevía todavía a reconocer, la necesitaba y la deseaba con una fuerza desconocida antes de aquel momento.

Ella iba a hablar, pero los labios de él le impusieron silencio, y Tarod sintió que ella le respondía, vacilante al principio pero después con creciente fervor, mientras los recientes terrores cedían a las emociones del momento. El caballo resopló junto al árbol y Cyllan se sobresaltó nerviosamente; Tarod le sonrió y la estrechó con más fuerza.

—No temas, amor mío —dijo suavemente—. Nada puede dañarte. Ahora no...

Mucho más tarde, Cyllan se despertó de un sueño intranquilo y vio que Tarod estaba de pie en el borde del bosque, su silueta se recortaba contra un cielo impregnado de luz gris de plata. Ambas lunas estaban en lo alto, pero poco más que en cuarto creciente; se había levantado un viento insidioso que agitaba los árboles floridos y apartaba los negros cabellos de la cara de Tarod, dando a su perfil un relieve anguloso. A su lado estaba el bayo, con la cabeza gacha y dormitando; en cambio, Tarod no había dormido, según pudo ver Cyllan por la curvatura de sus hombros; su inquietud era un aura palpable.

Ella se puso silenciosamente en pie, recogiendo la capa con que la había cubierto él, y se le acercó despacio. Al oírla, Tarod se volvió, y ella vio que tenía algo en la mano, algo que brillaba fríamente. Su sonrisa estaba matizada de tristeza.

—Deberías seguir durmiendo.

—No estoy cansada, ya no. —Le tocó la mano; estaba helada, y Cyllan le envolvió en la manta—. ¿Y tú...?

—Creo que no podría dormir aunque quisiera.

Sus dedos se movieron inquietos y la piedra del Caos captó y reflejó un vivo destello de luz. Durante casi dos horas, Tarod estuvo contemplando el paisaje de perspectivas deformadas por las lunas, buscando en su mente la respuesta a un dilema que sabía que no podía resolver, y se sintió incapaz de expresar a Cyllan los sentimientos que le agitaban. Se había creído inmune a la influencia de la piedra del Caos, pero se había equivocado; los lamentables sucesos del día anterior lo habían demostrado sin dar lugar a dudas. El antiguo poder había vuelto a él y lo había empleado sin reparar en las consecuencias... , y ahora se debatía entre su aversión a la piedra y el embriagador conocimiento de que volvía a estar entero. Por muy maligna que pudiese ser la joya, fuese cual fuere su herencia caótica, contenía su alma, era parte integrante de él y, sin ella, habría sido poco más que una cáscara vacía.

La noche pasada, cuando había hecho el amor con Cyllan le pasmó la intensidad de sus propias emociones. Los largos y solitarios días en que se había sentido vacío y sin alma dejaron su huella, y casi había olvidado lo grande que podía ser la fuerza de las pasiones humanas, buenas o malas. Era como si su existencia tomase dimensión, una dimensión en que cada sentido, cada sentimiento, cada pensamiento, eran más brillantes, claros y agudos. Una vez dijo a Cyllan que, hasta que recobrase su alma, no podía amar ni entregarse de la manera que realmente deseaba, y ahora se daba cuenta de lo verdaderas que fueron sus palabras. Sin embargo, la piedra, sin la cual estaba solamente vivo a medias, le imbuía una maldad a la que había ya sucumbido una vez y a la que, sin duda, volvería a sucumbir. Esta era la naturaleza del dilema, y a Tarod le resultaba difícil vivir consigo mismo.

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