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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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En el cajón superior había objetos de escritorio cuidadosamente ordenados, un par de cartas en papel floreado y manuales de juegos de ordenador. En el cajón inferior encontró una fotografía descolorida de una mujer joven, que llevaba pantalones de campana al estilo de finales de los sesenta. Llevaba la cintura al aire, una larga melena color castaño con la raya en medio, pendientes de aro enormes y su expresión era de seriedad y leve aburrimiento. Kincaid se preguntó quién era y por qué guardaba la foto.

Una estantería junto a la ventana contenía sobre todo libros en rústica, de literatura fantástica, de caballeros y magia, y un par de novelas históricas. Kincaid las hojeó y luego se quedó en la ventana mirando el tejado de St. Mary levantándose incorpóreo por encima del seto de la vicaría. Trató de analizar la diferencia entre el orden de esta habitación y el del estudio de Alastair Gilbert. Al cabo de un rato decidió que el de Gilbert indicaba un control ejercido porque sí, mientras que esta habitación evocaba una serenidad intencionada y cuidadosamente reservada.

– ¡Bingo! -exclamó Deveney en un tono que no era de júbilo. Arrodillado sobre la alfombra, el sargento sacó una caja de madera tallada del cajón inferior de una cómoda de pino y luego la llevó al escritorio. Soltó un taco en voz baja mientras la abría.- Maldita sea. Pobre Bri.

Las piezas de joyería estaban perfectamente ordenadas sobre el forro de terciopelo.

Encontraron la plata de Madeleine Wade y las fotos de Percy Bainbridge detrás de una caja de zapatos que había en un estante del armario.

– No se esforzó mucho por esconder las cosas -dijo Deveney mientras sacaba la lista de su bolsillo.

– No creo que tratase de esconderlas. -Kincaid toqueteó un antiguo broche tallado y luego un par de delicados pendientes de perlas y filigrana de oro-. ¿Coinciden estos pendientes con la descripción de los de la vicaria?

Deveney miró la lista.

– Creo que sí.

– Pero no hay otros. A menos que los hayamos pasado por alto, los de Claire Gilbert no están aquí.

– Quizás los tirara en el seto. Le entraría pánico después de lo que había hecho -dijo Deveney. Luego añadió, cuando oyeron voces en el piso inferior-: Parece que el hijo pródigo ha regresado. Llamaremos a la comisaría para que vengan los chicos a dejarlo todo patas arriba. Es hora de que hablemos con el pequeño Geoff.

* * *

Brian Genovase tenía a su hijo abrazado y en un primer momento Kincaid pensó que lo tenía sujeto para que no se fuera. Pero al acercarse y cuando Brian se apartó al fin, vio que el joven temblaba tanto que apenas se podía tener en pie.

– Geoff. -El tono neutro de Deveney lo dijo todo, y las rodillas de Geoff se doblaron justo cuando Kincaid lo estaba mirando.

– Por Dios, se va a desmayar. -Kincaid saltó hacia él, pero Brian ya había agarrado a su hijo por la cintura y lo llevó hasta un banco.

– Cabeza entre las piernas -ordenó Brian y Geoff obedeció. Sus rizos casi rozaban el suelo, el silbido de su respiración era muy sonoro.

Deveney salió un momento por la puerta y cuando volvió al poco rato dijo:

– Lo siento, Bri. Hemos de llevárnoslo a la comisaría. -Y en voz baja dijo a Kincaid-: He llamado al coche patrulla.

Brian estaba junto a su hijo, con la mano en su hombro.

– No puedes. No te lo puedes llevar. No lo entiendes.

– Tendremos que presentar cargos, Brian -dijo Deveney con delicadeza-. Pero te prometo que no le pasará nada en la comisaría.

Geoff levantó la cabeza y habló por primera vez, entrecerrando los dientes para evitar el castañeteo.

– Está bien, papá. -Se apartó el pelo de la cara y respiró hondo-. Tengo que decir la verdad. No hay más remedio.

* * *

Brian Genovase insistió en acompañar a su hijo a la comisaría de Guildford. Cuando subieron a la parte de atrás del coche y Deveney se metió en el lado del conductor, un puñado de vecinos había salido y miraba desde la distancia. La doctora Wilson, que pasaba a toda velocidad con su pequeño Mini junto al prado, frenó de golpe cuando vio el coche de policía.

Kincaid deseó ahora no haber enviado a Gemma a entrevistar a Malcolm Reid, pero no hubieran podido adivinar que Geoff iba a tener un ataque de pánico. Miró su reloj y deseó que al menos estuviera de vuelta en la comisaría cuando tuvieran todo listo para empezar el interrogatorio.

Recuperó el Rover y estaba dando marcha atrás cuando vio una imagen borrosa por el retrovisor y oyó un golpe en el maletero. Al cabo de un momento tenía a Lucy Penmaric golpeando en la ventanilla y gritándole. Sus palabras no fueron comprensibles hasta que apagó el motor y bajó el cristal.

Entre sollozos Lucy gimió:

– ¿Por qué se lo llevan? No los deje. No deje que se lo lleven de aquí. No podría soportarlo. -Cuando salió del coche y se puso a su lado, Lucy se le enganchó y tiró de su manga con suficiente fuerza como para arrancarla.

– Lucy. -Estrechó las manos de la joven, cerradas en un puño, entre las suyas-. No te podré ayudar si no te calmas. -Tragó saliva y asintió. Kincaid notó como relajaba las manos un poco-. Bien. Despacio. Dime qué pasa.

Seguía hipando aunque pudo decir:

– La doctora Wilson pasó por casa y dijo que se estaban llevando a Geoff en… -Su rostro se volvió a contraer.

Kincaid apretó sus manos.

– Cálmate. Tienes que ayudarme a aclarar esto. -Parecía una niña asustada, muy lejos de aquella joven desenvuelta que había visto la noche del asesinato de Alastair Gilbert-. Sólo tenemos que hacerle unas preguntas, eso es todo. No hay nada que…

– No me trate como a un bebé. Usted cree que Geoff lo mató. A Alastair. No lo comprende. -Se soltó las manos y se apretó los nudillos contra la boca, luchando por controlarse.

– ¿Qué es lo que no entiendo?

– Geoff es incapaz de hacerle daño a nadie. No mataría ni a una araña. Dice que tienen tanto derecho a existir como él. -Tal era su deseo de explicarse que tropezaba con las palabras-. Siempre dice que no es lícito el uso de la fuerza y que el fin no justifica los medios. Es de su libro favorito. Opina que siempre se puede encontrar una solución pacífica.

Kincaid suspiró al reconocer el origen de las ideas de Geoff. También había sido uno de sus libros favoritos y se preguntó qué partes de la visión del Rey Arturo había sido capaz de mantener intactas en medio de sus obligaciones cotidianas como policía.

– Quizás Geoff no hiciera daño a nadie -dijo-, pero, ¿cogería cosas que no le pertenecen?

Lucy apartó la mirada.

– Eso fue hace tiempo. Y él no odiaba a Alastair por lo que…

– ¿Odiar a Alastair por qué, Lucy?

– Por ser un policía -dijo, recuperándose con rapidez. Se limpió las lágrimas y se sorbió la nariz-. Aunque probablemente debería haberlo odiado, por la manera en que lo trataron.

Kincaid la miró socarronamente y luego decidió dejar pasar esa alegación.

– No estoy hablando de lo que pasó cuando Geoff fue enviado a prisión, Lucy. Te estoy preguntando si ahora, aquí, ha estado cogiendo cosas de gente para la cual ha hecho trabajos.

Con una voz pequeña y desconcertada dijo:

– ¿Geoff?

– Nada de mucho valor. La mayoría son recuerdos. ¿Sabes que quizás es algo que no puede evitar? -Tocó su mejilla. Sus ojos eran enormes y oscuros, incluso con tan poca luz, y sus pupilas se habían dilatado por la angustia.

Negó con la cabeza.

– No. No me lo creo. Eso son sólo cosas usadas que ha recogido para el juego.

– ¿Qué juego? -Vio que se retraía en el medio paso atrás que dio y en la boca apretada-. Lucy, si no me lo dices no lo puedo ayudar. He de saber de qué va todo esto.

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