La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Y ahora, señorito George, debe portarse bien; acuérdese de cuánta gente confía en usted. Quédese siempre cerca de su madre. No se le ocurra adoptar esas costumbres tontas de los muchachos de hacerse demasiado mayores para cuidar de sus madres. ¿Sabe qué, señorito George? El Señor da muchas cosas buenas dos veces, pero sólo nos da la madre una vez. Nunca verá usted otra mujer igual, señorito George, aunque viva cien años. Así que aférrese a ella y crezca para ser su consuelo, como un buen chico. Lo hará, ¿verdad?
– Sí, lo haré, tío Tom -dijo George, muy serio.
– Y cuidado con su forma de hablar, señorito George. A su edad, la naturaleza vuelve testarudos a los jóvenes algunas veces. Pero los verdaderos caballeros, como espero que usted vaya a ser, nunca utilizan palabras que no sean respetuosas con sus padres. ¿No se ofenderá, señorito George?
– Desde luego que no, Tom. Siempre me has dado buenos consejos.
– Soy mayor que usted, ¿sabe? -dijo Tom, pasando su mano grande y fuerte por los finos rizos, hablando con una voz tan tierna como la de una mujer- y veo todas las cosas que tiene usted dentro. Ay, señorito George, lo tiene usted todo: educación, privilegios, sabe leer y escribir, y será un hombre instruido y bueno y estarán orgullosos de usted su madre y su padre y toda la gente de la finca. Sea usted buen amo, como su padre; y cristiano, como su madre. Acuérdese del Creador en sus años mozos, señorito George.
– Seré bueno de verdad, tío Tom, te lo prometo -dijo George-. Voy a ser de primera, no te preocupes. Y haré que vuelvas a casa. Como he dicho a la tía Chloe esta mañana, volveré a hacer nuestra casa con un salón con su alfombra para ti, cuando sea mayor. ¡Aún tienes que pasar buenos ratos!
Haley salió a la puerta con las esposas en la mano.
– Oiga usted, señor -dijo George, apeándose con un aire muy superior-, haré saber a mi padre y mi madre cómo trata usted al tío Tom.
– Hazlo -dijo el tratante.
– ¿No le da vergüenza pasar la vida comprando a hombres y mujeres y encadenándoles, como si fueran ganado? Supongo que se sentirá mezquino -dijo George.
– Siempre que la gente importante como vosotros queráis comprarlos, soy tan bueno como vosotros -dijo Haley-; no es más mezquino comprarlos que venderlos.
– No haré ninguna de las dos cosas, cuando sea hombre -dijo George-. Me siento avergonzado hoy de ser de Kentucky. Antes siempre me sentía orgulloso de ello y George se sentó muy erguido en su caballo y miró a su alrededor como si esperase que el estado quedara impresionado por su opinión.
– Bien, adiós, tío Tom; aguanta el tipo -dijo George.
– Adiós, señorito George -dijo Tom, mirándolo con afecto y admiración-. ¡Que Dios Todopoderoso le bendiga! ¡Ay, no hay muchos como usted en Kentucky! -dijo con el corazón rebosante, mientras iba perdiendo de vista la cara juvenil e ingenua. Desapareció bajo la mirada de Tom y se desvaneció también el chacoloteo del caballo, el último sonido y la última visión de su hogar. Pero le parecía tener un lugar cálido encima del corazón, allí donde las manos juveniles habían puesto ese precioso dólar. Tom levantó la mano y lo apretó contra su pecho.
– Pues, te diré, Tom -dijo Haley, acercándose al carro y tirando dentro las esposas- voy a ser franco contigo, como lo soy con todos mis negros, y te diré, para empezar, tú me tratas bien y yo te trataré bien a ti; nunca soy duro con mis negros. Hago por ellos lo mejor que puedo. Así que más vale que te pongas cómodo y no intentes ninguno de tus trucos, porque conozco todos los trucos de los negros y no tienes nada que hacer. Si los negros se quedan quietos y no quieren escapar, lo pasan bien conmigo. Si no, entonces es culpa suya y no mía.
Tom le aseguró a Haley que no tenía ninguna intención de escaparse en ese momento. De hecho, parecía una advertencia algo superflua para un hombre que llevaba un gran par de grilletes de hierro en los pies. Pero el señor Haley acostumbraba a iniciar sus relaciones con su mercancía con pequeñas recomendaciones de este estilo, calculadas, creía, a inspirar confianza y buen humor y a evitar la necesidad de escenas desagradables.
Y aquí nos despedimos, de momento, de Tom, para seguir la fortuna de otros personajes de nuestra historia.
CAPÍTULO XI
A finales de una tarde lluviosa, un viajero se apeó en la puerta de un pequeño hotel rural de la aldea de Nen Kentucky. Un grupo variopinto se hallaba reunido en el bar, llevado por las inclemencias del tiempo a buscar refugio, y el lugar presentaba el aspecto habitual de tales reuniones. Lo más característico del cuadro eran los ciudadanos de Kentucky grandotes y huesudos, vestidos con camisas de caza, que arrastraban sus extremidades desgarbadas por la mayor parte de la sala con los andares perezosos típicos de la zona; sus rifles, junto con las bolsas de perdigones, los zurrones, los perros de caza y los pequeños negros, estaban apilados en los rincones. A cada extremo de la chimenea, estaba sentado un caballero de largas piernas, la silla inclinada hacia atrás, el sombrero en la cabeza y los tacones de las botas embarradas apoyadas en la repisa, postura, queremos informar a nuestros lectores, que favorecía mucho la inclinación a la reflexión inherente a las tabernas del oeste, donde los viajeros dan muestras de una clara preferencia por esta forma particular de elevar sus pensamientos.
El posadero, que estaba detrás de la barra, como la mayoría de sus paisanos, era alto de estatura, bondadoso de corazón y desgarbado de articulaciones, con una tremenda mata de pelo en la cabeza y un sombrero de copa en lo alto.
De hecho, todos los presentes llevaban en la cabeza este emblema característico de la soberanía del hombre: ya fuera sombrero de fieltro, jipijapa, grasienta piel de castor o elegante chistera, allí estaba con verdadera independencia republicana. Realmente parecía ser la marca distintiva de cada individuo. Algunos los llevaban inclinados gallardamente: éstos eran los humoristas, unos tipos campechanos y tranquilos; otros los llevaban encasquetados hasta la nariz: éstos eran los tipos duros, los hombres de verdad, que, cuando llevaban sombrero, era porque querían; había quienes los llevaban echados hacia atrás: eran hombres despiertos, que querían tener un buen panorama; mientras que los descuidados, que no sabían cómo llevaban el sombrero ni les importaba, los llevaban puestos de cualquier forma. A decir verdad, los diferentes sombreros eran todo un estudio shakespeariano.
Algunos negros, con pantalones poco formales y camisas algo escasas, correteaban de un lado a otro sin ningún resultado aparente aparte de la expresión de un deseo genérico de mover cielo y tierra en bien del amo y sus huéspedes. Si sumamos a este cuadro un alegre fuego chisporroteante que ardía en una amplia chimenea, las puertas y las ventanas abiertas de par en par, las cortinas de percal ondulando y chasqueando con la brisa de aire húmedo y frío, tenemos una idea de lo que son las alegrías de una taberna de Kentucky.
El hombre de Kentucky de hoy es una buena ilustración de la doctrina de la transmisión de instintos y rasgos. Sus antepasados eran grandes cazadores, hombres que vivían en el bosque y dormían bajo el cielo abierto, iluminados por la luz de las estrellas; y el descendiente de hoy actúa siempre como si las casas fueran un campamento: a todas horas tiene el sombrero puesto, se mueve dando tumbos y apoya los talones en las mesas y las repisas igual que su padre se volcaba por el verde césped y ponía los pies sobre los árboles y los troncos; mantiene ventanas y puertas abiertas en invierno y en verano, para poder llenarse de aire los grandes pulmones, llama a todo el mundo «forastero» con imperturbable afabilidad y en general es el ser más franco, tranquilo y jovial de todos los vivientes.