El psicoanalista [The Analyst - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:
Cuando alzó los ojos, la consulta se había llenado de sombras.
El día había pasado mientras él estaba absorto. En las hojas que tenía delante había plasmado doce recuerdos distintos del periodo en cuestión. En esa época, dieciocho mujeres como mínimo habían hecho algún tipo de terapia con él. Era una cifra manejable, pero le preocupaba que hubiera otras que era incapaz de recordar.
Del grupo que recordaba, sólo tenía el nombre de la mitad. Y se trataba de pacientes de mucho tiempo. Tenía la inquietante sensación de que la madre de Rumplestiltskin era una mujer a la que sólo había visto brevemente.
La memoria y los recuerdos eran como las amantes de Ricky: ahora le parecían esquivas y veleidosas.
Al levantarse de la silla tenía las rodillas y los hombros entumecidos. Se estiró despacio, se agachó y se frotó la recalcitrante rodilla, como si pudiera vigorizaría. Se dio cuenta de que no había probado bocado en todo el día y, de repente, se sintió hambriento. No tenía demasiadas cosas para preparar en la cocina, y se volvió para mirar por la ventana la noche que caía sobre la ciudad, a sabiendas de que tendría que salir a comprar algo. La idea de salir de casa casi apagó su hambre y le secó la garganta.
Era una reacción curiosa. Había tenido tan pocos miedos en la vida, tan pocas dudas… Ahora, el mero hecho de salir de casa le hacía vacilar. Pero se armó de valor y decidió dirigirse dos manzanas al sur, a un bar donde podría tomar un bocadillo. No sabía si le estarían vigilando (esto se estaba convirtiendo en una duda constante para él), pero decidió ignorar la sensación y continuar.
Y se recordó que había hecho progresos.
El calor de la calle pareció abofetearle, como si hubiera encendido una estufa de gas en su cara. Caminó las dos manzanas como un soldado, con la mirada al frente. El local estaba a mitad de la manzana, con media docena de mesitas fuera en verano y un interior estrecho y mal iluminado, una barra situada en un lado y otras diez mesas apiñadas en el resto del espacio. Había una mezcla de adornos en las paredes que iban desde recuerdos deportivos hasta carteles de Broadway, fotografías de actores y actrices y algún que otro político. Era como si el local no hubiese logrado forjarse del todo una identidad como punto de reunión de un grupo concreto y, por ello, procurara satisfacer a una clientela diversa creando un batiburrillo en su interior. Pero la cocina, como en muchos sitios parecidos de Manhattan, preparaba una hamburguesa y un bocadillo de carne con queso más que aceptables y, de vez en cuando, incluía algún plato de pasta en el menú, todo a precios bastante económicos, algo en lo que Ricky no pensó hasta entrar por la puerta. Ya no tenía ninguna tarjeta de crédito disponible, y su efectivo era escaso. Tomó nota mentalmente de que debía empezar a llevar cheques de viaje encima.
El interior del local estaba en penumbra, y parpadeó para que sus ojos se habituasen a la luz mortecina. Había unas cuantas personas en el bar y una mesa o dos vacías. Una camarera de mediana edad lo vio vacilar.
– ¿Quieres cenar, cariño? -le preguntó con una familiaridad que parecía fuera de lugar en un bar que favorecía el anonimato.
– Sí -contestó.
– ¿Mesa para uno?
Su tono indicaba que sabía que iba solo y que comía solo todas las noches, pero que alguna cortesía anticuada, fuera de lugar en la gran ciudad, le exigía hacer esa pregunta.
– Si otra vez.
– ¿Prefieres sentarte a la barra o a una mesa?
– Una mesa. A ser posible, en el fondo.
La camarera se giró y vio una vacía en la parte de atrás.
– Sígueme -indicó. Lo condujo hasta una mesa y abrió un menú delante de Ricky-. ¿Algo de beber?
– Una copa de vino. Tinto, por favor.
– Marchando. El especial del día son los linguíni con salmón.
Están de rechupete.
Ricky observó cómo la camarera se dirigía hacia la barra. El menú tenía cubiertas de plástico y era mucho más grande físicamente de lo necesario para la modesta selección que ofrecía. Ricky estudió la lista de hamburguesas y de entrantes descritos con un florido entusiasmo literario que quería ocultar la simplicidad de su realidad. Dejó el menú sobre la mesa, a la espera de que la camarera le sirviese el vino. La chica había desaparecido; seguramente había ido a la cocina.
En su lugar, delante de él, estaba Virgil.
Sostenía en las manos dos copas de vino tinto. Vestía unos vaqueros desteñidos y una camiseta lila, y llevaba bajo el brazo un caro portafolios de piel color caoba. Dejó las bebidas en la mesa, apartó una silla y se sentó frente a él. Alargó la mano y le arrebató el menú.
– Ya he pedido el especial para los dos -dijo con una sonrisita seductora-. La camarera tiene toda la razón: está de rechupete.
La sorpresa lo atenazaba, pero no reaccionó exteriormente. Miró con dureza a la joven, con esa inexpresiva cara de póquer que tan bien conocían sus pacientes.
– ¿Así que crees que el salmón será fresco? -se limitó a decir.
– Seguro que da coletazos y boqueadas -contestó Virgil.
– Eso parecería apropiado.
La joven bebió un sorbo de vino. Ricky apartó su vaso a un lado y bebió agua.
– Con la pasta y el pescado se bebe vino blanco -indicó Virgil-.
Pero bueno, no estamos en la clase de lugar que sigue las normas, ¿no? No me imagino a ningún sumiller que se acerque ceñudo para comentarnos lo inadecuado de nuestra elección.
– Yo tampoco -contestó Ricky.
Virgil continuó hablando con rapidez pero sin ningún nerviosismo. Sonaba más bien como un niño entusiasmado por su cumpleaños.
– Por otra parte, beber tinto da un aire más despreocupado, ¿no crees, Ricky? Un atrevimiento que sugiere que, en realidad, no nos importa lo que digan las convenciones y hacemos lo que queremos. ¿Puedes sentir eso, Ricky? Me refiero a cierto espíritu de aventura y anarquía, a alejarse de las normas. ¿Qué opinas?
– Opino que las normas están cambiando todo el rato.
– ¿Las de etiqueta?
– ¿Estamos hablando de eso? -repuso.
Virgil sacudió la cabeza, con lo que su melena rubia se agitó seductora. Echó un poco la cabeza atrás para reír y Ricky pudo ver su cuello largo y atractivo.
– No, claro que no, Ricky. En eso tienes razón.
La camarera les llevó una cestita de mimbre llena de panecillos y mantequilla, lo que les sumió en un silencio glacial, un momento de complicidad compartida. Cuando la camarera se marchó, Virgil cogió un panecillo.
– Estoy hambrienta -afirmó.
– ¿Arruinarme la vida quema calorías? -repuso Ricky.
– Eso parece -sonrió ella-. Me gusta, de verdad. ¿Cómo deberíamos llamarlo, doctor? ¿Qué tal «dieta de la destrucción»? ¿Te gusta? Podríamos amasar una fortuna y marcharnos a alguna exótica isla paradisíaca, solos tú y yo.
– No me parece -soltó Ricky con aspereza.
– Lo imaginaba -contestó Virgil mientras untaba el panecillo con abundante mantequilla.
Mordió la punta con un ruido crujiente.
– ¿Por qué estás aquí? -preguntó Ricky en voz baja, calmada, pero que contenía toda la insistencia que podía imprimirle-. Tú y tu jefe parecéis tener muy bien planeada mi ruina. Paso a paso.
– ¿Has venido a burlarte de mi? ¿A añadir un poco de tormento a su juego?
– Nadie ha descrito nunca mi compañía como un tormento -dijo Virgil con fingida expresión de sorpresa-. Querría pensar que la encontrabas, si no agradable, por lo menos interesante.
Y piensa en tu propia situación, Ricky. Viniste aquí solo, viejo, nervioso, lleno de dudas y ansiedad. Quien se hubiera dignado siquiera a mirarte habría sentido una lástima fugaz y habría seguido comiendo y bebiendo sin hacer caso del anciano en que te has convertido. Pero todo eso cambia cuando yo estoy sentada frente a ti. De repente ya no eres tan previsible, ¿verdad? -Sonrió-. No puede ser tan malo.