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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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– ¿Como si llevase peluquín?

– Sí, podría haber sido un peluquín. Y una barbita, también.

A lo mejor también era postiza. No era corpulento, pero sin duda estaba bien alimentado. De unos treinta años…

Ortiz vaciló.

– ¿Qué?

– Recuerdo que las farolas se le reflejaban en los zapatos. Los llevaba muy lustrados. Eran carísimos. Esos mocasines con borlitas delante, ¿cómo se llaman?

– No lo sé. ¿Cree que podría reconocerlo si lo viera?

– Lo dudo. La calle estaba muy oscura. La única luz era la de las farolas. Y me parece que miré más el billete de cien que a él.

A Ricky eso le pareció razonable.

– ¿Anotó la matrícula de la limusina?

Ortiz tardó un momento en contestar.

– No, joder. No se me ocurrió. Mierda. Debería haberlo hecho, ¿verdad?

– Si -dijo Ricky.

Pero sabía que no era necesario, porque ya conocía al hombre que había estado esa mañana en la calle esperando la furgoneta de reparto: era el abogado que decía llamarse Merlin.

A media mañana recibió una llamada telefónica del director del First Cape Bank, el hombre que guardaba el efectivo que le quedaba en un cheque bancario a su nombre. El directivo del banco parecía nervioso y alterado. Mientras hablaba, Ricky intentó recordar su cara, pero no pudo, aunque estaba seguro de que lo había visto en persona alguna vez.

– ¿Doctor Starks? Soy Michael Thompson, del banco. Hablamos el otro día.

– Sí. Me está guardando un dinero, ¿verdad?

– Lo tengo bajo llave en el cajón de mi escritorio. No le llamo por eso. Ha habido un movimiento inusual en su cuenta.

– ¿Qué clase de movimiento inusual? -quiso saber Ricky.

El hombre pareció reflexionar antes de contestar.

– Bueno, no me gusta especular, pero parece que han intentado acceder a su cuenta sin autorización.

– ¿De qué modo?

Pareció dudar de nuevo.

– Bueno, como ya sabe, estos últimos años hemos incorporado la banca electrónica, como todo el mundo. Pero como somos una entidad pequeña y localizada…, bien, nos gusta considerarnos anticuados en muchos sentidos…

Ricky sabía que esas palabras eran el eslogan publicitario del banco. También sabía que el consejo de administración del banco acogería con entusiasmo cualquier absorción por parte de uno de los megabancos el día en que le llegara alguna oferta lo bastante jugosa.

– Sí -afirmó-. Ése ha sido siempre uno de los mayores atractivos que ofrecen a los clientes.

– Gracias. Nos gusta pensar que ofrecemos un servicio personalizado.

– Pero ¿qué hay de ese acceso sin autorización?

– Poco después de haber cerrado la cuenta de acuerdo con sus instrucciones, alguien quiso efectuar cambios en ella a través de nuestros servicios de banca electrónica. Nos enteramos de estos intentos porque un individuo llamó después de que el acceso les fuera denegado.

– ¿Llamaron?

– Alguien que afirmó ser usted.

– ¿Qué dijo?

– Era para quejarse. Pero en cuanto oyó que la cuenta estaba cerrada, colgó. Fue todo muy misterioso y algo desconcertante, porque nuestros registros informáticos indican que conocía su contraseña. ¿Se la ha proporcionado a alguien?

– No -dijo Ricky, pero por un momento se sintió idiota.

Su contraseña era 37383, el equivalente en cifras de las letras que componían la palabra FREUD, y era tan obvio que casi se sonrojó. Usar la fecha de su cumpleaños podría haber sido peor, pero lo dudaba.

– Bueno, supongo que hizo bien en cerrar la cuenta.

Ricky reflexionó por un instante antes de preguntar:

– ¿Tiene alguna forma de rastrear el número de teléfono o el ordenador que se usó para intentar acceder a mi cuenta?

El hombre vaciló.

– Pues sí -dijo-. Pero la mayoría de los ladrones electrónicos saben burlar a los investigadores. Usan ordenadores robados, códigos de teléfono ilegales y ese tipo de cosas para ocultar su identidad. A veces el FBI tiene éxito, pero disponen del sistema de seguridad informático más sofisticado del mundo. Nuestro sistema local es bastante menos efectivo. Y no se produjo ningún robo, de modo que la responsabilidad penal es limitada. La ley nos exige que informemos del intento a las autoridades bancarias, pero se tratará sólo de una entrada más en lo que lamentablemente es un archivo creciente. De todos modos, pediré que se ejecute ese programa para usted. Aunque no creo que nos lleve a ninguna parte.

Los ladrones de banca electrónica son muy listos. Solemos acabar en un callejón sin salida.

– ¿Podría intentarlo y decirme cómo ha ido, por favor? Enseguida. Tengo algunas limitaciones de tiempo -dijo Ricky.

– Lo probaremos y le llamaremos -contestó el hombre antes de colgar.

Ricky se reclinó en la silla y se permitió la fantasía de que el banco le daría un nombre y un número de teléfono y que así descubriría la identidad de su torturador. Luego sacudió la cabeza, porque no se imaginaba que Rumplestiltskin, tan meticuloso y precavido en todo, cometiera un error tan simple. Era más probable que hubiese accedido a esa cuenta y hecho la llamada posterior con la precisa intención de proporcionar a Ricky un camino a seguir. Esa idea le preocupó.

Aun así, a medida que el día empezó a escapársele de las manos, Ricky se percató de que sabía mucho más sobre el hombre que lo acechaba. La pista de Rumplestiltskin en el poema había sido curiosamente generosa, en especial para alguien que había insistido al principio en que sus preguntas pudieran contestarse con un «sí» o un «no». La respuesta había acortado mucho la distancia que le separaba del nombre del hombre. Veinte años atrás lo situaban en un periodo entre 1978 y 1983. Y su paciente era una mujer soltera, lo que descartaba bastante gente. Ahora tenía una base para trabajar.

Se dijo que sólo necesitaba reconstruir cinco años de terapias.

Examinar todas las pacientes femeninas de ese período. En algún lugar estaría la mujer que poseía la combinación adecuada de neurosis y trastornos que habría sido dirigida después al niño.

«Encuentra la psicosis en flor», pensó.

Siguiendo su formación y su costumbre, se sentó e intentó aislarse para recordar.

«¿Quién era yo hace veinte años? -se preguntó-. ¿A quién trataba?»

12

El psicoanálisis tiene un principio que está en la base de toda terapia: todo el mundo lo recuerda todo. Puede que no se recuerde con precisión fotográfica, que las percepciones y las reacciones estén enturbiadas o sesgadas por todo tipo de fuerzas emocionales, que los hechos recordados con claridad sean en realidad turbios pero, cuando por fin se revisa, todo el mundo lo recuerda todo. Las heridas y los temores pueden acechar escondidos bajo capas de estrés, pero están ahí y pueden encontrarse, por muy potentes que sean las energías psicológicas de la negación. Ricky era partidario de este proceso de eliminación de capas para llegar al meollo de los recuerdos y descubrir la capa dura de debajo.

Así pues, empezó a sondear su propia memoria. De vez en cuando lanzaba una mirada a los retazos de notas que constituían sus archivos, enfadado consigo mismo por no ser más preciso.

A cualquier otro médico, enfrentado con un asunto de años anteriores, le bastaría con quitar el polvo a una carpeta y extraer de ella los datos necesarios. Pero su tarea era mucho más compleja, porque todas sus carpetas estaban archivadas en su memoria. Aun así, Ricky sintió que podía lograrlo. Muy concentrado, con un bloc en el regazo, se dedicó a reconstruir su pasado.

Una tras otra, fueron cobrando forma imágenes de personas.

Era un poco como intentar conversar con fantasmas.

Descartó a los hombres para dejar sólo a las mujeres. Los nombres le acudieron despacio; de modo bastante curioso, casi era más fácil recordar las quejas. Anotó en el bloc cada imagen de una paciente, cada detalle sobre un tratamiento. Todavía era disperso, inconexo, ineficiente y poco coherente, pero se dijo que estaba avanzando.

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