El psicoanalista [The Analyst - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:
Recogió las notas, los blocs y demás papeles de la mesa, buscando.
Pero también supo que lo que buscaba ya no estaba.
Alguien se había llevado de la mesa la carta de Rumplestiltskin, la que describía los parámetros del juego y contenía la primera pista. La prueba material de la amenaza a Ricky había desaparecido. Lo único que quedaba, como supo de inmediato, era la realidad.
13
Tachó otro día con una equis en el calendario y anotó dos números de teléfono en un bloc. El primero era el de la detective Riggins. El segundo era uno que no usaba desde hacia años y, aunque dudaba que siguiera en funcionamiento, había decidido probar de todos modos. Era del doctor William Lewis. Veinticinco años antes, el doctor Lewis había sido su mentor, el médico que psicoanalizó a Ricky mientras éste obtenía su título. Es una faceta curiosa del psicoanálisis que cualquiera que desee practicarlo deba antes someterse a él. Un cirujano cardíaco no ofrecería su propio tórax al bisturí como parte de su formación, pero un analista lo hace.
Esos dos números representaban polos opuestos de ayuda. No estaba seguro de si alguno de ellos podía proporcionarle ninguna pero, a pesar de la recomendación de Rumplestiltskin de que no contara los hechos a nadie, ya no creía poder evitarlo. Necesitaba hablar con alguien. Pero ¿quién?
La detective contestó al segundo tono anunciando simplemente y con brusquedad quién era:
– Riggins al aparato.
– Soy el doctor Frederick Starks. No sé si se acordará de mi, pero la semana pasada hablamos sobre la muerte de uno de mis pacientes.
Hubo un momento de duda que no obedecía a la dificultad de reconocerlo, sino más bien a la sorpresa.
– Claro, doctor. Le mandé una copia de la nota de suicidio que encontramos el otro día. Creía que eso dejaba las cosas bastante claras. ¿Qué le preocupa ahora?
– ¿Podría hablar con usted sobre algunas de las circunstancias que rodearon la muerte del señor Zimmerman?
– ¿Qué clase de circunstancias, doctor?
– Preferiría no comentarlo por teléfono.
– Eso suena muy melodramático, doctor. -Soltó una risita-. De acuerdo. ¿Quiere venir aquí?
– Supongo que tendrán alguna sala donde podamos hablar en privado.
– Por supuesto. Tenemos una horrible sala de interrogatorios donde obtenemos confesiones de los sospechosos. Más o menos lo mismo que usted hace en su consulta, sólo que menos civilizado y más expeditivo.
Ricky paró un taxi en la esquina y pidió que le llevara unas diez manzanas al norte y le dejara en la esquina de Madison con la Noventa y seis. Entró en la primera tienda que vio, una zapatería femenina, dedicó noventa segundos exactos a examinar los zapatos a la vez que miraba con disimulo por el escaparate a la espera de que cambiara el semáforo de la esquina. En cuanto lo hizo, salió, cruzó la calle y paró otro taxi. Pidió al conductor que se dirigiera al sur hasta la estación Grand Central.
Grand Central no estaba demasiado abarrotada para ser un mediodía de verano. Un flujo regular de gente se dispersaba por el interior cavernoso hacia los trenes de cercanías o los enlaces del metro evitando los esporádicos indigentes que cantaban o murmuraban cerca de las entradas sin prestar atención a los grandes anuncios vibrantes que llenaban la estación de una luz que parecía de otro mundo. Ricky se incorporó a la corriente de personas que procuraba vacilar lo menos posible en su paso por la estación.
Era un lugar en que la gente intentaba no mostrar indecisión, y se unió al desfile de personas decididas y resueltas con esa pétrea expresión urbana que parecía servirles de armadura frente a los demás, de modo que todos los que viajaban eran como una pequeña isla emocional, anclada interiormente, que no iba a la deriva flotando, sino que se movía de modo constante en una corriente diferenciada y reconocible. Él, por otro lado, carecía de rumbo pero disimulaba. Tomó el primer metro que llegó, en dirección al oeste, viajó sólo una parada y bajó deprisa para abandonar el sofocante andén y sumergirse en el aire caliente de la calle y parar de nuevo el primer taxi que vio. Se aseguró de que el coche estuviera orientado hacia el sur, que era el sentido contrario al que se dirigía. Pidió al taxista que diera la vuelta a la manzana y bajara por una calle lateral, en la que tuvo que abrirse paso entre camiones de reparto sin que Ricky dejara de mirar por la ventanilla trasera para detectar si alguien lo seguía.
Pensó que si Rumplestiltskin, Virgil, Merlín o cualquier otro secuaz podía seguirlo a lo largo de esa ruta sin que él lo viera, no tenía la menor posibilidad. Se arrellanó en el asiento y viajó en silencio hasta la comisaría de la Noventa y seis con Broadway.
Riggins se levantó cuando Ricky cruzó la puerta de la oficina de detectives. Parecía menos exhausta que la primera vez que se vieron, aunque su vestimenta no había cambiado demasiado: elegantes pantalones oscuros, zapatillas de deporte, camisa de hombre azul celeste y una corbata roja anudada con holgura. La corbata rozaba la pistolera que llevaba en el hombro izquierdo.
A Ricky le pareció un aspecto de lo más curioso. La mujer combinaba la ropa masculina con una presencia femenina: el maquillaje y el perfume contradecían la masculinidad del atuendo. El cabello le caía en rizos lánguidos sobre los hombros, pero las zapatillas de deporte delataban urgencia e inmediatez.
Le estrechó la mano con firmeza.
– Me alegro de verle, doctor. Aunque debo decir que es algo inesperado.
Pareció valorar con rapidez su aspecto, mirándolo de arriba abajo como un sastre examina a un caballero poco en forma que quiere encajarse un traje moderno y con estilo.
– Gracias por recibirme -empezó, pero ella le interrumpió.
– Tiene un aspecto terrible, doctor. Quizá se esté tomando demasiado en serio el pequeño enfrentamiento de Zimmerman con el metro.
– No duermo muy bien -admitió Ricky a la vez que meneaba la cabeza con una leve sonrisa.
– No me diga -contestó ella.
Hizo un ademán con el brazo en dirección a una sala anexa.
La sala de interrogatorios era lóbrega e inquietante, un recinto estrecho desprovisto de cualquier adorno, con una mesa metálica en el centro y tres sillas plegables de metal, iluminada por un fluorescente. La mesa tenía la superficie de linóleo, estropeada con arañazos y manchas de tinta. Ricky pensó en su consulta y, en particular, en el diván y en cómo cada objeto a la vista del paciente tenía un efecto en el análisis. Pensó que esta sala, tan yerma como un paisaje lunar, era un lugar horrible para explicarse pero, acto seguido, comprendió que las explicaciones que se daban en ese sitio eran terribles de por sí.
Riggins debió de percatarse del modo en que examinaba la habitación porque dijo:
– El presupuesto oficial para decoración es muy exiguo este año. Tuvimos que prescindir de los picassos en las paredes y de los muebles de Roche Bobois. -Señaló una de las sillas de metal-.
Siéntese, doctor. Cuénteme qué le preocupa. -La detective Riggins intentó contener una sonrisa-. ¿No es eso más o menos lo que diría usted?
– Más o menos. Aunque no sé qué le resulta tan divertido.
Ella asintió y parte del humor de su voz desapareció.
– Disculpe -dijo-. Es la inversión de papeles, doctor Starks. No solemos recibir profesionales destacados de la zona residencial. Solemos tratar con delitos bastante rutinarios y feos. Atracos en su mayoría. Bandas. Indigentes que entablan peleas que acaban en homicidios. ¿Qué le preocupa tanto? Prometo tomármelo muy en serio.
– Le divierte verme…
– Estresado. Sí, lo admito.
– ¿No le gusta la psiquiatría?
– No. Tuve un hermano clínicamente deprimido y esquizofrénico. Entró y salió de todas las instituciones mentales de la ciudad y todos los médicos hablaron y hablaron pero no lo ayudaron en absoluto. Esta experiencia me predispuso en contra. Dejémoslo así.