El psicoanalista [The Analyst - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:
Nada era secreto.
De haber sido un niño, se habría echado a llorar en ese mismo instante.
Esa noche sus sueños estuvieron poblados de imágenes sombrías y violentas. En uno, se vio intentando avanzar por una habitación mal iluminada, sabiendo todo el rato que si tropezaba y se caía, seria engullido por la penumbra del olvido, pero aun así cruzaba la estancia con paso vacilante, agarrándose a paredes vaporosas con dedos entumecidos, en un recorrido que parecía imposible.
Despertó en medio de la negrura de su habitación, lleno de ese pánico momentáneo que se tiene al pasar de la inconsciencia a la conciencia, con la chaqueta del pijama manchada de sudor, la respiración ahogada y la garganta seca, como si llevara horas gritando desesperado. Por un instante no estuvo seguro de haber dejado atrás la pesadilla, y hasta que encendió la lámpara de la mesilla y vio el conocido espacio de su habitación, su corazón no empezó a recuperar su ritmo normal. Dejó caer la cabeza de nuevo sobre la almohada, necesitado de reposo y a sabiendas de que no lo obtendría. No le costó interpretar sus sueños. Eran tan malignos como estaba empezando a serlo su vida.
El anuncio apareció esa mañana en la portada del Times, en la parte inferior, como Rumplestiltskin había especificado. Lo leyó varias veces y pensó que, por lo menos, daría a su torturador algo en qué pensar. No sabía cuánto tiempo tardaría en contestarle, pero esperaba alguna clase de respuesta con rapidez, tal vez en el periódico de la mañana siguiente. Mientras tanto, decidió que lo mejor sería seguir trabajando en el rompecabezas.
Con la publicación del anuncio, tuvo un sentimiento momentáneo e ilusorio de triunfo, como animado por haber dado un paso adelante. La desesperación abrumadora del día anterior al descubrir la falta del ordenador y el robo de las declaraciones de la renta quedaba, si no del todo olvidada, por lo menos aparcada.
El anuncio dio a Ricky la sensación de que por lo menos ese día no era una víctima. Se encontró concentrado, capaz de centrarse, con una memoria más aguda y precisa. El día le pasó volando, tan deprisa como lo habría hecho uno normal con pacientes, mientras recuperaba recuerdos y viajaba por su propio paisaje interior.
Al final de la mañana, había elaborado dos listas de trabajo independientes. Limitándose aún al período que empezaba en 1975 y acababa en 1985, en la primera lista identificó unas setenta y tres personas a las que había proporcionado tratamiento. Este variaba desde un máximo de siete años para un hombre muy perturbado hasta tres meses para una mujer que pasaba por una crisis matrimonial. Como promedio, la mayoría de sus pacientes se situaba en la gama de tres a cinco años. En casi todos los casos se trataba de tradicionales análisis freudianos, de cuatro a cinco sesiones semanales, con el uso del diván y las diversas técnicas de la profesión. En unos pocos no era así; se trataba de encuentros cara a cara, sesiones más sencillas de conversación en los que había actuado menos como analista y más como un terapeuta corriente, con opiniones y consejos, que son precisamente las cosas que un analista más se esfuerza en evitar. A mediados de los años ochenta había ido dejando esta clase de pacientes para limitarse exclusivamente a la experiencia exhaustiva del psicoanálisis sabía que también había varios pacientes, tal vez dos docenas en esos diez años, que habían empezado tratamientos y los habían interrumpido. Los motivos para abandonar la terapia eran diversos: algunos no disponían del dinero o el seguro médico necesarios para pagar las sesiones; otros se habían visto obligados a mudarse debido a exigencias profesionales o escolares. Unos pocos habían decidido que no recibían suficiente ayuda o que ésta no era lo bastante rápida, o estaban demasiado enfadados con el mundo como para continuar. Eran pocos, pero existían.
Integraban su segunda lista, mucho más difícil de elaborar.
Se dio cuenta enseguida de que se trataba de una lista más peligrosa. Incluía personas que podían haber transformado su rabia en una obsesión por Ricky, y haber transmitido ésta después.
Colocó ambas listas en la mesa, frente a él, y pensó que debería empezar el rastreo de nombres. Cuando tuviera la respuesta de Rumplestiltskin, podría eliminar a varias personas de cada una de ellas y seguir adelante.
Toda la mañana había esperado que sonara el teléfono, con una respuesta de su agente de bolsa. Le sorprendía un poco no tener noticias de él, porque en el pasado había manejado siempre el dinero de Ricky con diligencia y seriedad. Marcó el número otra vez y volvió a salirle la secretaria.
Pareció algo nerviosa al oír su voz.
– Oh, doctor Starks, el señor Williams estaba a punto de llamarle. Ha habido cierta confusión con su cuenta -aseguro.
– ¿Confusión? -A Ricky se le hizo un nudo en el estómago-.
¿Cómo puede confundirse el dinero? Las personas pueden confundirse. Los perros pueden confundirse. El dinero no.
– Le pasaré con el señor Williams -dijo la secretaria.
Tras un breve silencio se oyó en la línea la no exactamente conocida pero tampoco irreconocible voz del corredor. Todas las inversiones de Ricky eran conservadoras, fondos mutuos y bonos.
Nada arriesgado ni agresivo, sólo un crecimiento modesto y regular. Tampoco eran demasiado considerables. De todos los profesionales relacionados con el ámbito de la medicina, los psicoanalistas figuraban entre los más limitados en cuanto a lo que podían cobrar y a la cantidad de pacientes que podían atender. No eran como los radiólogos, que tenían tres pacientes a la misma hora en salas distintas, ni como los anestesistas, que iban de una operación a otra como si de una cadena de montaje se tratara. Los psicoanalistas no solían hacerse ricos, y Ricky no era la excepción. La casa de Cape Cod y el piso eran de propiedad, pero eso era todo. Ningún Mercedes. Ningún yate fondeado en Long Island Sound. Sólo algunas inversiones prudentes destinadas a proporcionarle suficiente dinero para jubilarse, si alguna vez decidía reducir el volumen de pacientes. Ricky hablaba con su corredor una o dos veces al año, nada mas. Siempre había supuesto que era uno de los peces más pequeños de la firma.
– ¿Doctor Starks? -El agente de bolsa se dejó oír con brusquedad y hablando deprisa-. Disculpe que le haya hecho esperar, pero estábamos intentando resolver un problema…
– ¿Qué clase de problema?
Ricky parecía tener el estómago contraído.
– Bueno, ¿ha abierto usted una cuenta bursátil con uno de esos nuevos corredores de bolsa off-line? Porque…
– No, no lo he hecho. En realidad, no sé de qué me está hablando.
– Bueno, eso es lo extraño. Al parecer ha habido muchas operaciones de un día en su cuenta.
– ¿Operaciones de un día?
– Es contratar operaciones bursátiles con rapidez para intentar mantenerse por delante de las fluctuaciones del mercado.
– Entiendo. Pero yo no lo he hecho.
– ¿Alguien más tiene acceso a sus cuentas? Tal vez su esposa…
– Mi esposa murió hace tres anos -repuso Ricky con frialdad.
– Por supuesto -contestó el agente de inmediato-. Lo recuerdo.
Disculpe. Pero acaso alguien más. ¿Tiene hijos?
– No. ¿Dónde está mi dinero?
Ricky fue cortante, exigente.
– Bueno, estamos comprobándolo. Puede convertirse en un asunto para la policía, doctor Starks. De hecho, es lo que estoy empezando a pensar. Es decir, si alguien logró acceder de modo ilegal a su cuenta…
– ¿Dónde está mi dinero? -insistió Ricky.
– No puedo afirmarlo con precisión -contestó el agente tras vacilar-. Nuestros auditores internos están revisando la cuenta.
Lo único que puedo decirle es que ha habido una actividad importante…
– ¿Qué quiere decir? El dinero estaba ahí…
– Bueno, no exactamente. Hay literalmente docenas, puede que incluso centenares de contrataciones, transferencias, ventas, inversiones…