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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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Te diré que, cuando la atendiste, como señorita la conociste.

Y los días que se sucedieron, sus labios jamás sonrieron.

Dejaste tus promesas sin cumplir.

Y la venganza de su hijo vas a sufrir.

El padre lejos, la madre fallecida: por eso quiero acabar con tu vida.

Y será mejor que termine esta rima, o el tiempo se te echará encima.

Bajo el poema había una gran R roja y, debajo, en tinta negra, un rectángulo dibujado alrededor de una necrológica, con una gran flecha que señalaba la cara y la reseña del fallecido, y las palabras: «Aquí encajarás a la perfección».

Estudió el poema durante un momento que se convirtió en minutos y, por último, se acercó a la hora, mientras digería cada palabra del modo que un gourmet haría con una excelente comida parisina, sólo que Ricky encontraba su sabor amargo y salado. Ya era bien entrada la mañana, otro día más tachado, cuando se percató de lo evidente: Rumplestiltskin había tenido acceso a su periódico entre la llegada al edificio de piedra rojiza y la entrega en su puerta. Sus dedos volaron hacia el teléfono y, en unos minutos, obtuvo el número del servicio de reparto. El teléfono sonó dos veces antes de que contestara una grabación:

«Si desea suscribirse, por favor, pulse uno. Si tiene alguna queja sobre el reparto o si no ha recibido su periódico, por favor, pulse dos. Para obtener información sobre su cuenta, por favor, pulse tres».

Ninguna de estas opciones le pareció adecuada, pero sospechó que una queja podría arrancarle una respuesta humana, así que probó el dos. Eso provocó un timbre de llamada, seguido de una voz de mujer:

– ¿Cuál es su dirección, por favor? -dijo sin mas.

Ricky dudó pero se la dio.

– Todos los repartos a esa dirección aparecen como efectuados -afirmó la mujer.

– Si, recibí mi periódico, pero quiero saber quién lo repartió.

– ¿Cuál es el problema, señor? ¿Necesita un segundo reparto?

– No.

– Este número es para las personas que no han recibido el periódico.

– Ya lo sé -replicó él, empezando a exasperarse-. Pero hubo un problema en el reparto.

– ¿No fue a tiempo?

– Sí fue a tiempo.

– ¿Hizo demasiado ruido el repartidor?

– No.

– Este número es para quejas del reparto.

– Si, ya me lo ha dicho. O no exactamente eso, y lo entiendo.

– ¿Cuál es su problema, señor?

Ricky vaciló mientras buscaba palabras corrientes para hablar con la joven.

– Mi periódico estaba pintarrajeado -soltó al fin.

– ¿Quiere decir que estaba roto, mojado o ilegible?

– Quiero decir que alguien lo había alterado.

– A veces los periódicos salen de prensa con errores en la paginación o el doblado. ¿Se trata de esa clase de problema?

– No -respondió Ricky-. Lo que quiero decir es que alguien escribió cosas ofensivas en mi periódico.

– Esta es nueva -comentó la mujer tras una pausa. Su reacción casi la convirtió en una persona real en lugar de la típica voz incorpórea-. Nunca la había oído antes. ¿Qué clase de cosas ofensivas?

Ricky decidió mostrarse vago. Habló deprisa y con agresividad.

– ¿Es usted judía, señorita? ¿Sabe cómo sería recibir un periódico en el que alguien hubiera dibujado una esvástica? ¿O puertorriqueña? ¿Cómo le sentaría que alguien le hubiera puesto «Vuélvete a San Juan»? ¿Es afroamericana? Conoce la palabra que %genera odio, ¿verdad?

– ¿Alguien le dibujó una esvástica en el periódico? -preguntó la chica, a quien parecía costarle seguirle el ritmo.

– Algo así. Por eso necesito hablar con la persona encargada del reparto.

– Creo que será mejor que hable con mi supervisor.

– De acuerdo. Pero antes quiero el nombre y el teléfono de la persona que efectúa los repartos en mi edificio.

La mujer vaciló, y Ricky pudo oír cómo revolvía unos papeles. Luego hubo una serie de repiqueteos de teclas de fondo. Cuando ella volvió a hablar fue para leer el nombre de un supervisor de ruta, un conductor, sus números de teléfono y sus direcciones.

– Me gustaría que hablara con mi supervisor -dijo tras darle la información.

– Pídale que me llame -respondió Ricky antes de colgar.

En unos segundos estaba llamando al número que acababan de darle. Le contestó otra mujer.

– Reparto de Prensa.

– Con el señor Ortiz, por favor -pidió con educación.

– Ortiz está en la zona de carga. ¿De qué se trata?

– Un problema con el reparto.

– ¿Ha llamado a Envíos?

– Sí. Es como conseguí este número. Y su nombre.

– ¿De qué clase de problema se trata?

– ¿Qué le parece si comento eso con el señor Ortiz?

– A lo mejor no vuelve hasta mañana -repuso la mujer tras un momento de duda.

– ¿Por qué no lo comprueba? -sugirió Ricky con frialdad-. De este modo podemos evitar una situación tan innecesaria como desagradable.

– ¿Qué clase de situación desagradable? -preguntó la mujer, a la defensiva.

– Pues que me presentara ahí acompañado de un policía y tal vez de mi abogado.

Ricky se marcó un farol con su mejor tono patricio de «soy un varón blanco rico y el mundo me pertenece».

La mujer hizo una pausa.

– Espere un momento -dijo después-. Avisaré a Ortiz.

Unos segundos más tarde, un hombre con acento hispano cogió el teléfono.

– Soy Ortiz. ¿Qué ocurre?

– Hacia las cinco y media de esta mañana dejaron un ejemplar del Times en la puerta de mi casa, como todos los días -explicó Ricky-. La única diferencia es que hoy alguien me ha puesto un mensaje dentro del periódico. Por eso llamo.

– No sé nada sobre…

– Señor Ortiz, no ha infringido ninguna ley y no es usted quien me interesa. Pero si no coopera conmigo, montaré un buen escándalo. Dicho de otro modo, todavía no tiene ningún problema, pero se lo voy a crear a no ser que me dé unas cuantas respuestas útiles.

Ortiz intentó asimilar la amenaza de Ricky.

– No sé de ningún problema -aseguró-. Ese tío me dijo que no habría ningún problema.

– Yo diría que mintió. Cuéntemelo -exigió Ricky en voz baja.

– Enfilamos la calle donde mi sobrino Carlos y yo tenemos repartos en seis edificios. Esa es nuestra ruta. Había una limusina negra aparcada en mitad de la calle con el motor en marcha, esperándonos. Un hombre bajó y nos dijo que necesitaba un periódico de ese edificio. Le pregunté por qué. Dijo que no era asunto mío y que no me preocupase, que sólo quería dar una sorpresa a un viejo amigo en su cumpleaños. Quería escribirle algo en el periódico.

– Continúe.

– Me dijo el piso y la puerta. Entonces sacó un bolígrafo y escribió en una página del periódico. Lo hizo sobre el capó de la limusina, pero no pude ver qué ponía.

– ¿Había alguien más?

Ortiz reflexionó un momento.

– Bueno, tenía que haber alguien al volante, seguro. Las ventanillas eran oscuras, pero tal vez había alguien más. El hombre miró dentro, como si comprobara con alguien si lo estaba haciendo bien, y terminó. Me devolvió el periódico y me dio veinte dólares…

– ¿Cuánto?

– Puede que fueran cien… -rectificó Ortiz en tono vacilante.

– ¿Y luego qué?

– Hice lo que me pidió, dejar el periódico en la puerta correcta.

– ¿Le esperaba fuera cuando salió?

– No. La limusina se había ido.

– ¿Podría describirme a ese hombre?

– Blanco, de traje oscuro, quizás azul. Corbata. Ropa muy buena. Parecía un tío forrado. Sacó el billete de cien de un fajo como si fuera calderilla para un mendigo.

– ¿Y su aspecto?

– Gafas oscuras, no demasiado alto, con un cabello bastante curioso, como si se lo hubieran dejado caer sobre la cabeza.

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