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El psicoanalista [The Analyst - es]

Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:

Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.- Así comienza el anónimo que recibe Fredrerick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una tranquila vida cotidiana. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible.
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Ricky corrió, y el aire no le llegaba a los pulmones y le raspaba los labios. Una manzana después de otra, sin detenerse para cruzar las calles y dejando a su paso un estallido de cláxones de taxis y palabrotas, sin ver ni oír, con la cabeza llena sólo de imágenes de muerte. No redujo la velocidad hasta que vio la entrada de su casa. Entonces se detuvo y se agachó para tomar aliento, con los ojos escocidos de sudor. Permaneció así, intentando recobrarse durante lo que parecieron varios minutos, eliminándolo todo salvo el calor y el dolor muscular, sin oír otra cosa que su respiración dificultosa.

«No estoy solo», pensó cuando levantó por fin los ojos.

No era una sensación distinta a la experimentada los últimos días al verse desbordado por esa misma ansiedad. Era casi previsible, basada sólo en una brusca paranoia. Intentó controlarse para no rendirse a la sensación, casi como si no quisiera ceder a una pasión secreta, como el antojo de comer un dulce o las ganas de fumar. No fue capaz.

Se volvió rápidamente para descubrir a quien lo estuviera observando, aunque sabía que eso era inútil. Sus ojos volaron de los posibles sospechosos que paseaban sin prisas por la calle a las ventanas vacías de los edificios cercanos. Fue girando como si buscase algún movimiento delator que desenmascarase la persona encargada de vigilarlo, pero todas las posibilidades parecían remotas, escurridizas.

Observó su casa. Se le ocurrió que alguien la había allanado en su ausencia. Virgil había sido el cebo. Avanzó y se detuvo. Con un acopio de fuerza de voluntad, se obligó a controlar las emociones que se revolvían en su interior y se ordenó conservar la calma, concentrarse y estar atento. Inspiró hondo y se recordó que había muchas probabilidades de que, en cuanto salía de su casa, con independencia del motivo, Rumplestiltskin o sus secuaces se colaran en ella. Esa vulnerabilidad no podía remediarse con una visita del cerrajero y había quedado demostrada el otro día, cuando se había encontrado sin luces al llegar.

Tenía el estómago tenso, como un atleta al llegar a la meta.

Pensó que todo lo que le había pasado operaba a dos niveles.

Cada mensaje de Rumplestiltskin era a la vez simbólico y literal.

Su casa ya no era segura.

Inmóvil en la calle, frente a la casa en que había vivido la mayoría de su vida adulta, Ricky se sintió casi apabullado al darse cuenta de que quizá no quedara ningún rincón de su existencia en el que Rumplestiltskin no hubiera penetrado.

«Tengo que encontrar un lugar seguro», pensó por primera vez.

Sin tener idea de dónde podría descubrir tal sitio (si interna o externamente), subió los peldaños de la entrada.

Para su sorpresa, no había ningún indicio de intrusión. La puerta no estaba entornada. Las luces iban bien. El aire acondicionado zumbaba de fondo. No tuvo la sensación abrumadora de temor ni la intuición de que hubiera entrado nadie. Cerró la puerta con llave con alivio. Sin embargo, el corazón le seguía palpitando y tenía el mismo temblor en las manos que había notado antes en el restaurante, cuando Virgil se había ido. Levantó una mano frente a la cara para comprobar la existencia de tics nerviosos, pero tenía el pulso engañosamente firme. Ya no se fiaba de eso; era casi como si pudiera notar que una flojedad se había apoderado de sus músculos y tendones, y que en cualquier instante perdería el control.

El agotamiento alcanzaba hasta el último rincón de su cuerpo con un martilleo terrible. Le costaba respirar, pero no entendía por que.

– Necesitas una buena noche de descanso -se dijo en voz alta, y reconoció el tono que usaría con un paciente dirigido a si mismo-. Tienes que dormir, pensar y avanzar.

Por primera vez se planteó coger el recetario y prescribirse algún medicamento que le ayudara a relajarse. Sabía que tenía que concentrarse y le parecía que eso le estaba resultando cada vez más difícil. Detestaba las pastillas pero pensó que, por esta vez, podía necesitarlas. Un antidepresivo. Un somnífero para descansar un poco. Y quizás unas anfetaminas para concentrarse por la mañana y el resto de la semana hasta que se cumpliera el plazo de Rumplestiltskin.

Ricky tenía en el escritorio un vademécum que rara vez usaba y se dirigió hacia ahí con la idea de que la farmacia abierta veinticuatro horas que había a un par de manzanas le mandara a casa lo que pidiera por teléfono. Ni siquiera tendría que aventurarse a salir.

Sentado tras el escritorio, repasó con rapidez las entradas del vademécum y no tardó en decidir lo que necesitaba. Encontró el recetario y, al llamar a la farmacia, leyó su número de colegiado por primera vez en lo que le parecieron años. Tres fármacos distintos.

– ¿Nombre del paciente? -preguntó el farmacéutico.

– Son para mi -dijo Ricky.

– No son medicamentos que puedan mezclarse, doctor Starks -comentó el farmacéutico tras vacilar-. Debería ir con cuidado con las dosis y las combinaciones.

– Descuide. Iré con cuidado.

– Sólo quería que supiera que una sobredosis podría ser mortal.

– Ya lo sé -aseguró Ricky-. Pero cualquier cosa tomada en exceso puede matarnos.

El farmacéutico lo consideró un chiste y rió.

– Supongo que sí -contestó-. Pero con algunas cosas te vas de este mundo con una sonrisa en los labios. El chico estará en su casa antes de una hora. ¿Quiere que se lo anote en la cuenta? Hace mucho que no la usa.

– Sí, gracias -dijo Ricky tras pensar un momento.

Sintió una punzada de dolor, como si el hombre le hubiese atravesado el corazón con la pregunta más inocente del mundo.

La última vez que había usado la cuenta de la farmacia había sido cuando su mujer yacía agonizante y había comprado morfina para que le enmascarara el dolor. De eso hacía por lo menos tres años.

Aplastó el recuerdo mentalmente e inspiró hondo.

– Diga al chico que llame a la puerta tal como voy a decirle, por favor: tres timbres cortos, tres timbres largos, tres timbres cortos -explicó-. De ese modo sabré que es él y abriré.

El farmacéutico pareció pensar un instante.

– ¿No es eso un SOS en código Morse? -preguntó.

– Exacto -confirmó Ricky.

Colgó y se reclinó en la silla. Tenía la cabeza llena de imágenes de su esposa en sus últimos días. Era demasiado doloroso para él, así que sus ojos se dirigieron hacia el escritorio. Observó que la lista de familiares que Rumplestiltskin le había enviado estaba situada en un lugar destacado en el centro del cartapacio y, en un ofuscante momento de duda, no recordó haberlo dejado en ese sitio. Alargó la mano despacio hacia la hoja, pensando de repente en las imágenes de los adolescentes de las fotografías que Virgil le había enseñado. Empezó a repasar los nombres para tratar de relacionar las caras con las palabras, que se mostraban borrosas como un espejismo en una carretera. Intentó serenarse, pensando que tenía que establecer la relación, que era importante, que la vida de un inocente podría correr peligro.

Mientras intentaba concentrarse, bajó la mirada.

Se sintió súbitamente confuso. Empezó a mirar alrededor con rapidez mientras lo asaltaba una inquietud terrible. Se le secó la boca y, de golpe, sintió náuseas.

Recogió las notas, los blocs y demás papeles de la mesa, buscando.

Pero también supo que lo que buscaba ya no estaba.

Alguien se había llevado de la mesa la carta de Rumplestiltskin, la que describía los parámetros del juego y contenía la primera pista. La prueba material de la amenaza a Ricky había desaparecido. Lo único que quedaba, como supo de inmediato, era la realidad.

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