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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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Al amanecer llegan al otro lado de Hielo. Clay, que marcha rodeado de Destructores por todas partes, queda protegido del frío por un muro de espeso pelaje. Su andar recobra vigor y su cuerpo se mantiene animosamente erguido. Los suaves relámpagos de la aurora han aparecido y desaparecido durante la noche entera. Clay goza del reposo que se halla más allá del agotamiento.

Han encontrado a muchos otros Destructores (que normalmente se desplazan en grandes grupos) mientras cruzaban la blancura. Ligados a tensas tareas, atados a tácitas obligaciones, estos Destructores se mueven con un resuelto aspecto que Clay no ha visto en otros seres de este mundo. Los miembros de un grupo saludan a los de otro con gruñidos convenientemente bestiales, que Clay no considera, ni mucho menos, hostiles en esencia. Pero en todos los sonidos que intercambian no hay nada que él pueda reconocer como una palabra. Y tampoco le es posible penetrar en las mentes de estos siniestros seres con sus pensamientos, aunque está convencido de que poseen intelectos fuertes y fríos. Le tratan con un interés que podría definirse como el de criaturas que se divierten y se lamen los labios. Es obvio que él los atrae, pero ¿qué desean, su compañía o, en último término, el sabor de su carne? Clay sabe que deben despreciarle: él es un descolorido animal sin pelo, que apenas tiene la forma de un hombre, muy débil, muy vulgar. Le empujan para que siga andando, le golpean con sus caderas en cuanto se detiene. Llega el día.

Con los primeros rayos de sol Clay sorprende a los Destructores en su gran tarea. Trabajan en gran número a lo largo de la frontera entre Hielo y la comarca próxima. Algunos, muy diligentes, talan árboles y arrancan arbustos; realizan su labor con brazos, hombros y pecho, y sus cuerpos reflejan el violento esfuerzo que la tarea exige. Otros recogen los restos dejados por los desbrozadores y forman montones con ellos. Nuevos grupos incineran periódicamente estas pilas, al parecer mediante intensas llamaradas de concentración. Otro equipo, agachándose y saltando, desgarra la hierba con espantosas garras desnudas, acuchillando la red de raíces, rastreras, briznas y correosa cizaña que mantiene unida la tierra hasta formar algo fuerte y capaz de resistir. Finalmente llega un cuarteto de Destructores, brazos enlazados, ojos cerrados, que sale lentamente de Hielo. Avanzan con enorme esfuerzo, como si empujaran con el pecho una banda metálica que les cerrara el paso. Pero con cada esforzado paso que dan, la superficie de Hielo sufre una minúscula expansión. Una línea de hielo brota en la zona interfacial del congelado terreno y la tierra recién revuelta. La congelación, al principio, es sólo una resplandeciente película blanca sobre los terrones; pero rápidamente va cobrando sustancia, profundiza, conquista. Los austeros Destructores, al avanzar hacia territorio fértil, empujan tras ellos el borde del glaciar. El hielo tiene ya quince centímetros de espesor en el punto donde iniciaron el trabajo de la mañana, deslizándose en pendiente desde ahí hasta la línea de congelación pegada a sus talones.

—¿Pretendéis congelar así el planeta entero? —pregunta Clay.

Risas bonachonas. Nadie replica. El borde de hielo avanza medio centímetro más. Más lejos, un árbol cae estruendosamente. ¿Hay Destructores en todo el borde del glaciar, en acción para expandir su dominio? ¿Cuánto tiempo tardará el mundo en quedar completamente cubierto?

—Naturalmente —le explica un Destructor—, también perdemos terreno. El sol nos hace retroceder. Nuestros enemigos derriten el contorno. Algunos días no hacemos nada más que reparar los daños de la jornada anterior, y muchas veces pasa una semana sin ganancia neta de territorio.

—Pero ¿por qué lo hacéis? —pregunta Clay.

Más risas. Ninguna respuesta. ¿Ha hablado realmente este Destructor? Clay no ha visto moverse los labios. No ha visto mandíbulas en movimiento.

Recorre el límite del hielo, siempre acompañado por varios Destructores que no le dejan extraviarse. Clay se siente como si estuvieran enseñándole la palpitación y la productividad de una fábrica. Los Destructores están orgullosos de su obra. ¡Fíjate en nosotros, comprueba nuestra gran dedicación! Quédate con tus ociosos Deslizadores, quédate con tus perezosos Respiradores, quédate con tus arraigados Esperadores, quédate con tus feroces Devoradores: ¡nosotros no somos holgazanes, no somos soñadores! Observa con qué celo consumimos el bosque. ¡Observa la pasión con que extendemos el hielo! Nosotros estamos comprometidos, somos los que hacemos las hazañas. Y el hielo crece. Y el suave verano mengua.

—Había seis Deslizadores —dice Clay—. Yo iba con ellos y los perdí en la niebla. ¿Sabéis dónde pueden estar? ¿Podéis explicarme por qué me retenéis aquí? Sería mucho más feliz en un sitio donde haya calor.

No hay respuesta.

—¿No pensáis hablar conmigo alguna vez? Puesto que me entendéis, ¿por qué no os molestáis en responder?

Por la noche los Destructores llevan a Clay al corazón de Hielo.

De nuevo la aurora. De nuevo las salpicaduras verdes, rojas y amarillas, los silbidos, los crujidos. Los gruñidos en las profundidades de la tierra. Clay presencia un festín de los Destructores, sentado y acurrucado para protegerse del frío. Han capturado un animal con cinco trompas y lo han arrastrado hasta el campamento. Su mole es elefantina y su forma más bien esférica, con largo pelo negro, lustroso y áspero, e incierto número de patas gruesas y cortas. Los Destructores lo rodean. Todos levantan el brazo izquierdo; las uñas se deslizan fuera de las vainas; la aurora emite llamaradas más violentas y cae fuego que arranca siniestros reflejos de las brillantes hojas amarillas. De pronto el concentrado flujo energético encuentra su foco, se precipita hacia la cautiva bestia. El pelo de la criatura se eriza, dejando al descubierto sus tristes ojazos, una purpúrea piel llena de granos, una abolsada boca. Las cinco trompas se enderezan y lanzan trompetazos de dolor. El animal cae y deja de moverse. Los Destructores se abalanzan sobre él. Poseen la nostalgia de viejos carnívoros que ansían un mundo de universal rapacidad, y arrancan, desgarran y despedazan la carne con superflua furia. Uno de ellos, haciendo gala de sangriento humor, trae a Clay lo que éste supone es un apreciadísimo bocado: un órgano interno del tamaño de un puño, con el iridiscente brillo verde de las alas de un escarabajo. Clay lo mira, vacilante. No ha ingerido alimento sólido desde su despertar, y aunque tuviera aún necesidad de comida dudaría ante un pedazo de carne cruda. Aunque esta carne no parece cruda. Clay nota calor en sus manos, no sólo calor animal sino también un cosquilleante ardor que ha debido causar la llamarada de la aurora. El Destructor que le ha ofrecido el bocado hace una pantomima del acto de comer, y se echa a reír, y se da palmadas de placer en su escorzado muslo. Clay frunce el ceño. El instinto le indica que debe desconfiar de la generosidad de los siervos de Mal. ¿Y si la carne le transforma en un Destructor? ¿Y si se encoge? ¿Y si crece? ¿Y si se envenena? ¿Y si tiene alucinaciones? Clay sacude la cabeza. Se dispone a devolver el bocado al Destructor y recibe una mirada de amenaza tan terrible que reprime el gesto al momento y se lleva la carne a los labios. Da un mordisco. Admite en su boca una pizca de carne. El gusto es extraordinario: rico, picante, un toque de clavo y dejo de ostra. Clay sonríe. El Destructor sonríe con aspecto casi benévolo. Clay da otro mordisco.

Ahora nota los efectos. Un gusto metálico en el paladar, una cinta de ardiente acero apretada a su frente, una cortina de fuego que brota de sus poros. Clay engulle la carne. ¿Dónde están los Destructores? Tendidos en la nieve, saciados, eruptando. Clay ya no les teme. Chapuceras bestias. Monos asesinos, una jugarreta de la evolución. Obtienen emociones creativas extendiendo el hielo.

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