Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
– Tienes que ayudarme, Kjetil.
A ella le pareció que las pupilas de él se achicaban. Quizá
fuese porque de pronto la luz le cayó en los ojos cuando dejó que las patas delanteras de la silla tocasen el suelo y se inclinó hacia ella.
– Por eso estoy aquí. Nosotros. La Policía. To protect and to serve, como dicen.
Otra vez ensayó una sonrisa, que tampoco entonces fue retribuida.
– Estoy absoluta, pero absolutamente segura de que algo terrible le ha sucedido a mi pareja.
Kjetil Berggren acomodó despacio los papeles frente a sí y los colocó en una carpeta que empujó hacia la izquierda de la gran mesa que los separaba.
– Lo mejor es que lo oiga todo junto -dijo-. Desde el principio.
Al comienzo había entendido a su padre.
Cuando la Policía llamó al timbre de la casa de Os en la noche de Navidad, justo antes de que todos se fuesen a dormir, Lukas Lysgaard pensó ante todo en su padre. Su madre había muerto, dijo el policía, y parecía sinceramente apenado por tener que darle aquella noticia tan triste. Es verdad que tenían consigo al arcipreste de Fana, el colega más íntimo de su madre, pero el pobre hombre estaba tan transido por la pena que se había quedado sentado en el coche mientras los dos policías se encargaban de la triste tarea de decirle a Lukas Lysgaard que su madre había sido asesinada hacía tres horas.
Lukas había pensado de inmediato en su padre.
También en su madre, por supuesto; amaba a su madre. Una pena sorda empezó a drenarlo de fuerza en cuanto entendió bien lo que le decían. Pero era su padre el que lo había preocupado.
Erik Lysgaard era un hombre apacible.
Algunos decían que era indeciso, pero otros sabían apreciar al tipo tranquilo, retraído. Nunca se daba mucha importancia a sí mismo fuera de la familia. Sólo lo justo. Hablaba poco, y escuchaba mucho. Erik Lysgaard era un hombre al que uno se acostumbraba al conocerlo más de cerca. Tenía sus amigos, por supuesto, algunos compañeros de infancia y un par de colegas del colegio en donde trabajaba hasta que la espalda se le puso tan difícil que lo retiraron por invalidez.
Pero fundamentalmente era el marido de su esposa.
«Solo no es nadie», fue el pensamiento que golpeó a Lukas cuando comprendió que su madre había muerto. «Papá no es nadie sin mamá.»
Y al principio lo había entendido.
Esa noche, la bendita, terrible noche que Lukas no olvidaría jamás en su vida, la Policía lo condujo a Nubbebakken. El mayor de los policías había preguntado si querían tener compañía hasta que llegase el nuevo día.
Ni él ni su padre querían a nadie en la casa.
Su padre se había reducido hasta algo que era difícil de reconocer. Estaba tan delgado y débil que casi no proyectaba sombra cuando le abrió la puerta a su hijo y le dio la espalda, sin decir una palabra, y regresó a la sala.
Lloró de forma aterradora. Durante un buen rato lo hizo casi en silencio, para enseguida aullar bajo y largo, sin sollozos; un dolor animal que asustó a Lukas, que se sintió más desamparado de lo que esperaba, en especial porque su padre le negaba el contacto físico. Tampoco quería hablar. Cuando fue evidente que empezaba a hacerse de día, una mañana de Navidad negra como el carbón y lluviosa, Erik aceptó finalmente tratar de dormir. Pero no quiso que su hijo lo ayudase, pese a que Eva Karin, durante más de diez años, cada noche, le había quitado los zapatos y lo había ayudado acompañándolo hasta la cama para aplicarle en la espalda un bálsamo casero que asiduamente recibía de uno de los feligreses de sus años en Stavanger.
Igualmente, Lukas lo había entendido.
Ahora empezaba lo difícil.
Ya habían pasado cinco días desde el asesinato y nada había cambiado. Su padre no había comido nada durante esos días. Bebía agua, mucha agua, y un par de tazas de café con azúcar y leche por las tardes. Ni siquiera cuando Lukas lo llevó a casa junto a su propia familia, con la esperanza de que sus nietos le despertasen algún tipo de chispa de vida en el viejo, quiso comer algo. La visita fue un fiasco. Los niños estaban aterrados al ver a su abuelo llorar de forma tan rara, y el mayor, de ocho años, ya tenía suficiente con aceptar que la abuela no volvería nunca, nunca, nunca más.
– Así no va, papá.
Lukas empujó un puf hasta el sillón orejero de su padre y se sentó en él.
– Debemos pensar en el entierro. Tú debes comer. Eres una sombra de ti mismo, papá, y esto no puede seguir así.
– No puede haber entierro hasta que la Policía lo autorice -dijo el padre.
Hasta su voz se había hecho más delgada.
– No. Pero debemos planificarlo.
– Tú puedes hacerlo.
– No estaría bien, papá. Tenemos que hacerlo juntos.
Silencio.
El viejo reloj de pie se había detenido. Erik Lysgaard había dejado de izar las piñas de bronce, pesadas como el plomo, que colgaban bajo la esfera, antes de irse a dormir cada noche. Ya no precisaba escuchar cómo pasaba el tiempo.
El polvo bailaba en la luz que entraba por la ventana.
– Tienes que comer, papá.
Erik alzó la mirada y tomó con cuidado las manos de su hijo entre las suyas, por primera vez desde la muerte de Eva Karin.
– No. Eres tú quien debe comer. Eres tú quien debe seguir viviendo.
– Papá, tú…
– Tú eras el hijo de nuestra dicha, Lukas. Nunca un hijo fue más bienvenido que tú.
Lukas tragó saliva y sonrió.
– Eso dicen todos los padres. Yo mismo se lo digo a mis hijos.
– Pero hay tanto que tú no sabes.
Aunque afuera seguían los sonidos de la ciudad, era como si no lograsen colarse dentro de la casa muerta de Nubbebakken. Lukas no podía siquiera oír el latido de su propio corazón.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó.
– Hay muchas cosas que se van con una persona. Con Eva Karin se fue todo. Así debe ser.
– Tengo derecho a saber, papá. Si es algo que tiene que ver con la vida de mamá, con vuestra vida, como…
La risa seca de su padre lo asustó.
– Todo lo que tú tienes que saber es que fuiste un hijo amado. Siempre fuiste el gran amor de tu madre, y el mío.
– ¿Fui?
– Mamá murió -dijo su padre con dureza-. Yo no voy a vivir mucho más.
Lukas recogió bruscamente las manos y enderezó la espalda.
– Recupérate -dijo-. Recupérate ya.
Se puso de pie y comenzó a andar rápido por el cuarto.
– Esto debe terminar. Ahora. ¡Ahora! ¿Me escuchas, papá?
Su padre apenas reaccionó ante aquel violento arrebato. Se quedó allí sentado, tal como había estado sentado en el mismo sillón, con la misma expresión vacía, desde hacía cinco días.
– ¡No puedo entenderlo! -gritó Lukas-. ¡Mamá no puede entenderlo!
Cogió una figura de porcelana de una pequeña mesa al lado del televisor. Dos cisnes en un corazón dividido, regalo de bodas de los padres de Eva Karin. Había sobrevivido a ocho mudanzas y era una de las cosas más queridas de su madre. Lukas agarró los cisnes por el cuello con ambas manos. Los golpeó contra su muslo hasta que le dolieron los músculos y las figuras se rompieron en pedazos. Los bordes cortantes se le hincaron en las palmas. Cuando arrojó los restos al suelo, la sangre salpicó la alfombra.
– No te permito morir. ¡No te permito morir, coño!
Tenía que llegar a eso.
Lukas Lysgaard no se había atrevido nunca a decir tacos en presencia de sus padres, ni siquiera en su plena juventud. Ahora su padre se puso de pie a una velocidad que nadie hubiese creído posible juzgando su condición. Tres pasos y se plantó frente a su hijo. Levantó el brazo. El puño se detuvo a pocos centímetros de la mandíbula del joven. Y ahí se detuvo, como congelado en una escena absurda; más alto ahora, y más ancho. Era de él de quien Lukas había heredado los hombros, y era como si de pronto estos hubieran encontrado su lugar. Todo el hombre se agrandó. Lukas no respiraba. Se encogió bajo la mirada de su padre, como si hubiese vuelto a ser un adolescente. Terco y joven, y el muchachito de su padre.