Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
– Copia del plan de viaje -musitó, y se pasó las manos sobre el rostro.
No era posible ver la pantalla desde donde estaba. En su lugar, clavó la vista en los ojos de la mujer mayor. Se movían de arriba abajo, entre el teclado y la pantalla. De pronto la arruga sobre los ojos se volvió preocupada.
– Tenía el billete -dijo por último-. Pero no estaba en el avión. Ella…
Las letras sonaban bajo los dedos que danzaban.
– Marianne Kleive tenía el billete, pero no cogió el avión.
– ¿En Copenhague?
– No. En Sidney.
Era increíble. No era posible. Marianne no hubiese dejado jamás, jamás, de avisarla si algo le hubiese impedido volver a casa. Ya hacía más de treinta horas desde que el avión había dejado suelo australiano, y en ese tiempo hubiera podido encontrar un teléfono. Un ordenador conectado a Internet. O algún otro medio. Era imposible de entender.
– Un momento -dijo la mujer, y cogió otra vez la copia del billete.
La mujer del anorak tenía cuarenta y tres años y se llamaba Synnøve. El nombre le iba bien. Llevaba el cabello rubio trenzado, el rostro limpio, y podían habérsele calculado diez años menos. Había escalado hasta estar a sólo ciento cuarenta metros de la cima del monte Everest antes de verse obligada a regresar y había circunnavegado el globo. Había encontrado piratas no lejos de las islas Canarias y había estado al borde de la muerte a raíz de un accidente de buceo en Stord. Synnøve Hessel era una mujer que sabía pensar rápido y de forma constructiva, y muchas veces su resolución había salvado su vida y las de otros.
Ahora todo estaba en silencio. Totalmente en silencio.
– Lo siento -musitó la mujer tras el mostrador-. Marianne Kleive tenía un billete para Sidney el domingo último. Pero aquí veo que ella…
Cuando encontró la mirada de la otra mujer, sintió el golpe.
– Lo siento -repitió igual-. No viajó nunca. Marianne Kleive no utilizó su billete. No el de ida y vuelta a Sidney, en todo caso. Puede ser que haya viajado a otro lugar. Con otro billete, quiero decir.
Sin agradecer la ayuda amable y notoriamente antirreglamentaria, sin decir nada en absoluto, sin siquiera coger la copia del plan de viaje que ella no había realizado nunca, Synnøve Hessel se dio la vuelta frente al mostrador de informaciones de SAS y comenzó a correr a través del vacío vestíbulo de partida.
No tenía idea de adonde ir.
El hijo de la dicha
Ahí de pie y con la mano en el picaporte, Trude Hansen no recordaba hacia dónde estaba yendo. Se bamboleó y se dio cuenta de que ya tenía suficiente como para llegar hasta mañana. El alivio fue tan grande que le flaquearon las rodillas y tuvo que apoyarse en la pared en cuanto se soltó.
Allí dentro olía cada vez peor.
Tenía que hacer algo con eso.
«Pronto», pensó, y se tambaleó hacia la pequeña sala. En la alcoba, un saco de dormir yacía sobre la cama sin hacer. A los pies, una imagen de Hello Kitty adornaba un bolsito rojo de tocador. Alguien le había pintado colmillos y un parche de pirata sobre un ojo. Con manos que no le obedecían del todo, finalmente pudo coger la carterita y abrir la cremallera. Todo estaba bien.
Abastecida. Tres dosis.
Como había hecho ya en incontables oportunidades, evaluó la posibilidad de usarlas todas de una vez. Con apatía, calculaba rutinariamente las posibilidades de que todo terminara si se inyectaba voluntariamente una sobredosis. Tan cierto como que siempre pensaba así en las ocasiones en que tenía suficiente heroína como para considerar suicidarse, era que siempre descartaba la idea. Probablemente no moriría. Y cuando volviese en sí, ya no le quedaría más.
La idea de quedarse sin droga era peor que la de seguir viviendo.
Tomó el bolsito de tocador y negoció los pocos pasos hasta el sofá verde situado contra la pared. Estaba lleno de botellas de cerveza vacías del día anterior. A alguien se le había caído un cigarrillo durante la noche sobre uno de los almohadones; ella se quedó quieta por un momento mirando fijamente el gran círculo de la quemadura con un agujero negro en el centro.
Sobre el sofá colgaba la foto de la confirmación de Runar.
Atrajo el retrato hacia sí y se dejó caer sobre las botellas.
Runar la miraba fijamente desde la foto grande, enmarcada en paspartú y bordes dorados. Llevaba el cabello cortado como un jugador de hockey, con una permanente de rizos. El traje era azul pastel. La pequeña corbata rosa. Había lucido tan guapo, pensó. Era su hermano mayor y el más elegante de la iglesia ese día. Después, una vez que la ceremonia por fin terminó y mamá quiso volver a casa antes de que algunos de los otros padres comenzaran a preguntar por la fiesta, él la había alzado con un solo brazo y así la había llevado hasta el autobús. Y eso que ella tenía nueve años y estaba muy gorda.
Comieron alitas de pollo.
Mamá, Runar y ella.
Runar no recibió ni un solo regalo, todo el dinero se fue en el traje nuevo, el peluquero y el fotógrafo. Pero habían comido alitas de pollo y patatas fritas, y Runar había bebido cerveza con la comida. El había sonreído. Ella se había reído. Mamá había olido deliciosamente a limpio.
Extrajo con indolencia la cuchara y el mechero que Runar le había dado. Pronto se sentiría mejor. Muy pronto. Si sólo sus manos fuesen un poco más dóciles…
Su mente perezosa trató de calcular cuánto tiempo había pasado desde la muerte de Runar. ¿19 + 19? No. Error. Del 19 al 19 había treinta y un días. O treinta. No recordaba cuántos días hay en noviembre. Y tampoco cuántos habían pasado después. No podía siquiera precisar qué día era hoy.
Lo único que sabía con seguridad era que Runar había muerto el 19 de noviembre.
Ella estaba en casa. Él iba a venir. Le había prometido que vendría. Sólo tenía que ir a buscar dinero. Buscar heroína. Buscar todo lo que ella precisaba; Runar ayudaría a su hermanita, tal como siempre había hecho.
Se demoró. Se demoró un tiempo larguísimo. Entonces llegó la pasma.
Vinieron aquí. Llamaron al timbre, ridículamente temprano por la mañana. Cuando ella abrió, le dijeron que habían asaltado a Runar en el parque Sofienberg esa noche. Cuando lo encontraron tenía grandes heridas en la cabeza, y probablemente ya estaba muerto. Alguien había llamado a una ambulancia y, de todos modos, ya estaba muerto cuando llegó al hospital.
La mujer policía estaba seria y quizá trató de consolarla.
Ella sólo recordaba que le pusieron un papel en la mano. El teléfono y la dirección de una funeraria. Cinco días después se despertó tan tarde que comprendió que no llegaría al entierro.
Desde entonces la pasma no había hecho una mierda.
No habían atrapado a nadie.
Ella no había escuchado nada.
En cuanto vació la jeringa en una vena detrás de la rodilla, la calidez se extendió con tanta velocidad que la hizo suspirar. Se dejó caer despacio hacia atrás sobre el sofá verde. Los brazos delgados como palos abrazaron el retrato de Runar. Lo último que alcanzó a pensar antes de que todo se volviese una cálida nube de nada fue que su hermano mayor le cedió las últimas tres alitas de pollo el día de su confirmación, cuando por primera vez su mamá le dio cerveza.
A la Policía no le importaban esas cosas de Runar.
Cosas como ella y Runar.
– ¿Le importa algo, por lo menos?
Synnøve Hessel estaba al borde de perder la compostura por primera vez en los últimos cuarenta y cinco minutos. Se inclinó hacia el policía con las manos firmemente aferradas al borde de la mesa, como si temiese estar a punto de golpear.
– Por supuesto -dijo él sin mirarla-. Pero usted seguramente entiende que debemos hacer preguntas. Si supiera cuántas personas huyen de sus vidas sin…
– ¡Marianne no huyó de nada! ¡¿Cuándo entenderá que no tenía ninguna razón para escaparse?!
El policía suspiró, vencido. Hojeó los papeles que tenía frente a sí, antes de echar un vistazo al reloj. La pequeña sala de interrogatorios estaba volviéndose insoportablemente caliente. El sistema de ventilación susurraba desde el techo, pero el termostato debía de haberse roto. Synnøve Hessel se quitó el jersey de Setesdal y se quedó en camiseta, para enfriarse. Entre los pechos se le dibujaba una marca oval húmeda y ella sintió que sudaba bajo los brazos. Decidió no darle importancia. El policía olía peor que ella.