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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– No -mintió Zalumma-. Ha tenido ataques desde que sufrió una herida en la cabeza, pero no hay nada del Maligno en ellos.

Savonarola se acercó a la cabeza de mi madre y apoyó suavemente las manos en sus hombros. Desapareció la timidez, y dijo con gran confianza:

– Recemos en silencio.

Todos obedecimos, y agachamos la cabeza. Me atreví a espiar con los ojos entrecerrados. El sacerdote y Domenico entraron, y el dominico cerró la pesada puerta. Ambos se acercaron presurosos a fray Girolamo. Se abrieron paso a empellones y se colocaron al lado derecho de mi madre, lo más cerca que pudieron del objeto de su adoración. La consecuencia fue que nos desplazaron a Zalumma y a mí, y acabamos a la altura de las piernas de mi madre.

Mi padre, con los ojos enrojecidos, agachó la cabeza, pero mantuvo los ojos abiertos, la mirada fiera y vigilante. Se encontraba a la izquierda de mi madre, con Pico a su lado.

Después de una larga pausa, Savonarola frunció el entrecejo.

– Dios me ha hablado. Un pecado sin expiar ha causado la enfermedad de esta mujer; un pecado guardado en silencio y enterrado durante mucho tiempo ha manchado su alma. Rezaré a Dios para que abra su corazón y la alivie de su carga, para que pueda verse libre de cualquier influencia del Maligno. -Levantó la cabeza, y en voz baja preguntó a mi padre-: ¿Sabes, señor, de algún terrible pecado que ella no haya querido confesar?

Mi padre lo miró con la más sincera expresión de asombro; una súbita emoción lo abrumó tanto que enmudeció, y solo pudo soltar un angustioso gemido.

– Antonio, amigo mío -intervino Pico-, debes confiar en fray Girolamo. Dios nos ha traído a todos aquí con un propósito. Todo esto es por el bien de madonna Lucrezia.

– ¿Alguien carece de fe? ¿Alguien desea marcharse? -Fray Girolamo nos miró a todos.

– ¡Yo rezaré contigo! -anunció con ardor el sacerdote.

Savonarola le dirigió una mirada de advertencia.

– Aquellos que lo deseen pueden poner las manos sobre ella conmigo y seguir en silencio mi oración.

– Solo reza para que no sufra ningún daño -le suplicó mi padre-. ¡Solo reza para que Dios la cure!

Savonarola replicó con una mirada que lo hizo callar en el acto. El sacerdote y fray Domenico se apresuraron a apoyar las palmas en los antebrazos y la cintura de mi madre; mi padre apoyó una mano en su brazo derecho, junto con Pico. Zalumma y yo solo pudimos apoyar las manos en los tobillos de mi madre.

El pequeño monje levantó las manos, las apoyó firmemente en los hombros de mi madre y cerró los ojos.

– ¡Oh, Señor! -entonó con el atronador tono que había empleado en el sermón-. Ves ante ti a una mujer, una pobre pecadora…

Mi madre se sacudió debajo de sus manos. Abrió los ojos.

– ¿Antonio? -susurró con voz ronca.

Mi padre le cogió la mano.

– Lucrezia, estoy aquí -respondió con dulzura-. Todo irá bien. Fray Girolamo reza por tu curación. Descansa, y ten fe.

Durante su conversación, el fraile había seguido con su plegaria.

– Hay oscuridad enterrada aquí, una abertura para Satanás. ¡Señor! Ha hecho que le robasen su cuerpo, que se lo arrancasen…

El miedo hizo que mi madre abriese mucho los ojos. Aunque amodorrada, sintió que aumentaba la presión de las manos de Savonarola en sus hombros; se movió débilmente como si quisiera sacudirse de encima todas las manos que la sujetaban.

– ¡Antonio! ¿Qué está diciendo? ¿Qué ha pasado?

En aquel mismo momento, el sacerdote -que había comenzado a temblar con piadoso fervor- gritó:

– ¡El diablo la posee, oh Señor!

– ¡Sí! -tronó Domenico, con su vozarrón-. ¡Los demonios, Señor!

– Basta -susurró mi madre.

Zalumma intervino. Sus palabras fueron rápidas y firmes; dirigidas principalmente al sacerdote, pero también a Savonarola. Empujó la enorme espalda de Domenico, en un intento por llegar hasta su ama.

– ¡Basta! ¡La estáis asustando! ¡Tiene que estar tranquila!

– Todo irá bien, Lucrezia -dijo mi padre-. Todo irá bien…

Savonarola no hizo caso a nadie; su apasionado diálogo era entre él y Dios.

– ¡Oh, Señor! Nadie puede salvarla sino Tú. No soy digno de mirarte, pero te suplico muy humildemente: sálvala de sus pecados. Cúrala…

El sacerdote picado de viruela, perdido en su propio frenesí, continuó la plegaria como si fuese suya:

– ¡Líbrala de la garra de Satanás! ¡Escúchame, demonio! ¡No soy yo sino Dios quien te lo ordena: deja a esta mujer! ¡En nombre de Jesucristo, abandona su cuerpo y déjala libre!

Fray Domenico, animado su fervor por las palabras del sacerdote, se inclinó y sujetó los brazos de mi madre con excesiva fuerza. La salpicó con su saliva cuando le gritó directamente a la cara:

– ¡Vete, demonio, en el nombre de Cristo!

– Ayúdenme -rogó mi madre débilmente-. Antonio, en el nombre de Dios…

Al mismo tiempo, mi padre sujetó las gruesas muñecas de fray Domenico.

– ¡Suéltala! -gritó-. ¡Déjala!

El tono de Savonarola se hizo más agudo, como un reproche al sacerdote, a Domenico, a mi padre.

– Aquí pedimos una curación, el perdón del pecado. Solo entonces, Señor, el Maligno la dejará ir…

– ¡Basta! -ordenó Zalumma, por encima de las voces que rezaban-. ¿Es que no veis lo que le estáis haciendo?

El cuerpo de mi madre se puso rígido. La mandíbula comenzó a moverse, sus miembros golpearon la mesa de madera. La cabeza se sacudió a uno y otro lado, y la sangre de la lengua herida salpicó a los hombres.

Zalumma y yo intentamos ocupar nuestras posiciones de emergencia, pero los monjes y el sacerdote no me dejaron acercarme a la cabeza de mi madre. Con Zalumma, me tendí sobre las piernas de mi madre, pero fray Domenico nos apartó con un brazo, sin siquiera mirarnos. Mi padre se inclinó sobre ella y le pasó un brazo por debajo de los hombros.

– ¡Lo ves, babbo, el diablo asoma! -gritó Domenico exultante, y se rió-. ¡Vete! ¡Tú no tienes ningún poder aquí!

– Recemos a Dios -gritó fray Girolamo-. Oh, Señor, te suplicamos que libres a esta mujer del pecado, de la influencia del Maligno; te pedimos que la cures. ¡Si hay algún obstáculo, revélalo ahora, Señor!

– ¡Vete, Satanás! -añadió el sacerdote, con el mismo volumen y fervor-. ¡Márchate, en el nombre del Padre!

Fray Domenico, con sus facciones bovinas encendidas con una aterradora convicción, se vio atrapado entre las plegarias del prior y el sacerdote. Optó por seguir la línea marcada por su amo, y gritó:

– ¡Revélate ahora, Señor! ¡Márchate, Satanás, en el nombre del Hijo!

Mientras pronunciaba estas palabras, el cuerpo de mi madre se curvó hacia arriba en un espasmo tan violento que los hombres la soltaron. Se hizo un extraño silencio; el sacerdote y Savonarola, sorprendidos, interrumpieron los rezos. En cambio, la reacción de Domenico fue descargar sus enormes manos con todas sus fuerzas sobre el corazón de mi madre.

– ¡Márchate, en el nombre del Espíritu Santo!

En el inesperado silencio, escuché un suave pero espantoso sonido: el chasquido de algo que se quebraba amortiguado por la carne que lo cubría, el sonido del esternón de mi madre al partirse. Grité, casi sin escuchar los alaridos de Zalumma y el furioso rugido de mi padre.

Los ojos de mi madre se desorbitaron. La sangre brotó de su interior, se derramó por las comisuras de los labios, se deslizó por las mejillas y acabó en las orejas. Intentó toser, pero solo inhaló sangre; luego se oyó el escalofriante gorgoteo de alguien que busca desesperadamente aire y solo encuentra líquido. Se ahogaba.

Mi padre apartó a Domenico de mi madre, y después volvió a su lado. Sin pensarlo, me lancé contra el monje y comencé a darle puñetazos; apenas me di cuenta de que también Zalumma le pegaba.

Recuperé la cordura, y corrí junto a mi madre. Me agaché, con los codos apoyados en la mesa, mi rostro muy cerca del de mi madre y del de mi padre. Zalumma estaba a mi lado, con un hombro apoyado contra el mío.

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