El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
– Ser Giovanni -me dirigí al conde Pico como si ambos fuésemos adultos y yo su igual-. Hay que llamar a un sepulturero para hoy, y a un sacerdote para mañana; ella quería que la sepultasen en Santo Spirito. ¿Podríais tener la…?
Antes de que pudiese terminar, Pico me respondió solemnemente:
– Será un honor para mí, madonna Lisa. Mientras tanto… -Se volvió hacia mi padre, que seguía acunando el cuerpo de mi madre-. Vamos a llevarla al interior.
– A sus habitaciones -dije-. Zalumma, adelántate y cubre la cama para que no se ensucie, y que los sirvientes lleven toallas y agua.
Mi padre apretó fuertemente el cadáver contra su pecho.
– Yo la subiré.
– Por favor, Antonio -le rogó Pico-. Necesitarás ayuda, al menos para bajarla del carruaje.
Mi padre mantuvo la actitud distante y se negó a mirarlo a los ojos, pero después asintió. Entre los dos la bajaron; sin embargo, en cuanto acabaron, mi padre se apresuró a sujetarla él solo.
– Ahora la llevaré yo -afirmó.
No hubo manera de convencerlo, así que Pico se fue a Santo Spirito para ocuparse de los arreglos del entierro. Zalumma se apresuró a entrar en la casa.
Yo caminaba unos pocos pasos por delante de mi padre, que no dejaba de rezar.
– Ave Maria, gratia plena. Dominus tecum, benedicta tu… Dios Todopoderoso, permite que su alma ascienda rápidamente hacia ti. Tanto padecer, y todo por su culpa, desde el principio…
La locura le dio fuerzas. Entró en la casa al mismo paso y subió la empinada y angosta escalera.
En las habitaciones de mi madre, Zalumma, con los ojos enrojecidos pero compuesta, esperaba con la puerta abierta.
– Ahora traerán el agua para el baño -dijo-. Ya he preparado la cama.
Con mucho cuidado, mi padre depositó el cuerpo sobre la cama, cubierta con varias viejas sábanas de lino.
– Vamos a quitarle esto -dije. Con la ayuda de Zalumma le quité la preciosa capa de armiño que estaba rígida debido a la sangre seca de debajo del cuerpo. Cuando acabamos, mi padre se dejó caer de rodillas, sujetó la mano de mi madre y la besó.
Desde la planta baja nos llegaron los gemidos de dolor cuando el cochero comunicó al resto de la servidumbre la muerte de mi madre. No tardaron en traer el agua y las toallas.
– Ahora debes irte -le pedí a mi padre-. Tenemos que lavarla.
Él sacudió la cabeza y se aferró al cuerpo.
– Debemos rezar por ella -afirmó-. Rezar hasta recibir una señal de Dios de que está en el cielo y ha dejado de sufrir. Adveniat regnum tuum.
– ¡Mirad qué nos han deparado tantos rezos! -le increpó Zalumma con los ojos encendidos de furia-. ¡Idos!
Me interpuse entre ellos.
– Padre, si lo deseas, puedes continuar rezando en otra habitación. -Le solté suavemente la mano aferrada a la de mi madre, luego se la sujeté con firmeza y lo ayudé a levantarse-. No tardaremos mucho. -Lo acompañé hasta la puerta, y la cerré en cuanto salió.
Me volví hacia la cama. Vi que Zalumma contemplaba a su ama con pena y el más puro amor. Un instante después llorábamos abrazadas.
– ¿Cómo puede ser? -gemí, con la barbilla hundida en su hombro-. ¿Cómo Dios ha permitido algo tan terrible?
– Dios ha dado a los hombres el poder de elegir entre el bien y el mal -murmuró Zalumma-. Con demasiada frecuencia, escogen lo segundo.
Había querido a mi madre más que a nada en el mundo; en cuanto a mi padre, el amor que le profesaba se había resquebrajado. Ahora solo tenía a Zalumma. Mi madre y la necesidad de que la cuidasen siempre nos había unido; había llegado el momento de encontrar un nuevo propósito.
Zalumma me palmeó la espalda con la misma suavidad y cariño como hubiese hecho con un bebé.
– Ya está, ya está -dijo, y suspiró.
Me aparté de ella y recuperé el control de mis emociones.
– Mírate -dije, con un incongruente arranque de humor, al contemplar sus cabellos erizados que parecían formar una corona de espinas, y las manchas de color marrón rojizo en su rostro.
– Podrías asustar al más valiente de los héroes.
– Lo mismo podría decir de ti -replicó Zalumma con una débil sonrisa-. Tendremos que lavarnos las manos primero, y después darnos prisa. -Su expresión se ensombreció mientras se esforzaba por contener las lágrimas-. No tardará mucho más en ponerse rígida.
Nos situamos en lados opuestos de la cama y comenzamos a trabajar. Primero desatamos los lazos de las extravagantes mangas de brocado, con sus bordados de oro; luego el pesado sobrepelliz, también de terciopelo. A continuación, el vestido ajustado, la gamurra, y finalmente, la camicia, la enagua de seda color marfil. Se lo quitamos todo, hasta que yació desnuda; entonces Zalumma le quitó el anillo de esmeralda y me lo entregó solemnemente. Hubo que quitarle también el collar y los pendientes; no se permitía ningún adorno.
En una muestra de respeto, Zalumma me dio una de las toallas y dejó que me ocupase de limpiar la sangre del rostro magullado. Mojé la toalla en la palangana una y otra vez, hasta que el agua se volvió roja.
– Voy a buscar más agua -dijo Zalumma. Aunque yo casi había acabado de limpiar el rostro, y Zalumma las manos, aún quedaba sangre en el cuello y el pecho.
Zalumma salió de la habitación, y yo saqué del armario la mejor camicia blanca y un velo de lino blanco; la ley disponía que solo podía llevar una sencilla prenda blanca, y únicamente se permitían la lana y el lino. Después busqué su peine e hice todo lo posible por desenredar su pelo. Con mucha suavidad, pasé primero el peine por las puntas y fui subiendo hasta el cuero cabelludo. Sus cabellos olían a agua de rosa y a hierro.
Mientras le desenredaba los cabellos, le sostuve la cabeza con una mano para poder llegar a los rizos de la nuca. Fue entonces, mientras movía suavemente la cabeza para cambiarla de posición, cuando noté cómo los dientes del peine primero se hundían un poco y luego subían.
Me produjo un sensación lo bastante extraña como para que me detuviese. Dejé el peine y, con dedos temblorosos, palpé la zona hundida en el cráneo, entre la sien y la oreja izquierda. Separé los cabellos y vi la depresión y la cicatriz.
Mi madre siempre había insistido en que solo Zalumma podía arreglarle los cabellos. La prohibición no solo afectaba a toda la servidumbre, sino a mí también.
Zalumma regresó en aquel momento. Caminaba con mucho cuidado para no derramar el agua. Al ver mi expresión, abrió mucho los ojos, dejó la palangana en la mesa de noche y cerró la puerta.
– Hay una herida en la cabeza -dije con la voz cargada de emoción-. Una herida y una cicatriz.
La seguí con la mirada mientras Zalumma mojaba dos toallas, las estrujaba y después se acercaba para darme una.
– Tú lo sabías. Siempre lo has sabido. ¿Por qué no me lo dijiste? Solo lo insinuaste, pero sabías que era verdad.
La toalla colgó de su mano; agachó la cabeza, abrumada. Cuando por fin la levantó, la expresión era decidida. Fue a decir algo, pero antes de que pudiese pronunciar una palabra, llamaron a la puerta.
Mi padre la abrió sin esperar respuesta; al ver el cadáver desnudo de su esposa en la cama hizo una mueca y desvió la mirada.
– Por favor, dejad que rece por ella aquí. Quiero estar con ella ahora, antes de que se marche para siempre.
Zalumma se volvió hacia él, con los puños apretados como si fuese a golpearlo.
– ¡Cómo os atrevéis! -gritó-. ¡Cómo os atrevéis, cuando vos sois el único responsable de esto!
– Zalumma -le advertí. Mi padre había cometido un grave error al llevar a mi madre a Savonarola, pero su intención había sido buscar un remedio a su mal.
– ¡Es verdad! -añadió Zalumma con un siseo furioso-. Finalmente habéis acabado aquello que comenzasteis hace tanto tiempo. ¡Marchaos, idos ahora mismo y dejad que nosotros cuidemos de ella!
Mi padre se retiró y cerró la puerta sin decir palabra.
Zalumma continuó mirando la puerta, con el cuerpo tenso y tembloroso. Apoyé una mano en su hombro, pero me la apartó, y luego se volvió hacia mí. Los años de odio reprimido salieron como un torrente:
– ¡Él la golpeó! ¿Lo entiendes? ¡Él la golpeó, y yo tuve que prometer callar mientras ella viviese!