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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Pero cuando sus miradas se encontraron, ambos comprendieron lo duro que había sido, lo lejos que habían llegado y lo mucho de sí mismos que habían dejado atrás. El padre Connors le dio una palmadita en la mano y Gabriella se sobresaltó al notar el contacto de su piel. Era una mano firme y fuerte y enseguida le hizo pensar en su padre. Llevaba tantos años sin sentir la proximidad de un hombre que era im posible que no le saltaran los recuerdos del único varón que había conocido o tenido tan cerca. Consciente de la reacción que había provocado, Connors se levantó lentamente.

– Será mejor que vaya a comprobar si mis colegas se han emborrachado ya y me los lleve a casa.

Gabriella se echó a reír cuando imaginó a los curas dando traspiés y desplomándose sobre las monjas.

– A mí me parece que están sobrios.

Dos de los curas se hallaban charlando con la madre superiora y el tercero con una familia. La hermana Emanuel estaba reuniendo a las postulantes para organizar la limpieza de la cocina, y los niños y demás invitados parecían contentos pero cansados. Habían pasado un domingo de Resurrección fantástico, sobre todo Gabriella.

– Nunca hablo de estas cosas -le confió al padre Connors antes de ir a reunirse con sus compañeras-. Todavía me asusta.

– No lo permita -le aconsejó él sabiamente-. Sus padres ya no pueden hacerle daño, Gabbie. Se han ido. Y aquí está segura. -era como si la hubiese liberado, con su dulzura, sus palabras y su amable presencia, como si pudiera protegerla por el solo hecho de estar junto a ella durante un rato-. Nos veremos en el confesionario -dijo con una sonrisa-. Intente no meterse en líos con la hermana Anne.

A veces, cuando hablaba con ella, el padre Connors se sentía viejo. Gabriella tenía veintiún años y sabía muy poco del mundo que se extendía más allá de los muros del convento. Él tenía diez años más y, en su opinión, bastante más experiencia.

– Estoy segur de que tendrá mucho que decir sobre nuestra conversación de esta tarde -repuso con exasperación. La irritaba enormemente tener que soportar las acusaciones de la joven postulante de Vermont.

– ¿Por qué? -preguntó asombrado el padre Joe.

– Siempre está picajosa por algo. La semana pasada se quejaba de mis relatos. Decía que yo me dedicaba a escribir cuando tenía que estar rezando los maitines o los laudes. Siempre hay algo que le molesta.

– Siga rezando por ella. Ya se cansará.

Gabriella asintió con la cabeza y dejó al padre Joe con la hermana Emanuel.

En la cocina había un montón de cacharros y bandejas que fregar, y el suelo estaba increíblemente sucio. Pero por una vez la hermana Anne estaba tan atareada que ni siquiera reparó en Gabriella. Gabbie se puso un delantal, se arremangó y se inclinó sobre los cacharros con un estropajo y una botella de jabón líquido. Tardaron varias hors en dejarlo todo limpio. Para entonces las monjas estaban sentadas en la sala hablándole la estupenda comida que habían preparado las novicias y postulantes, las familias se habían ido a sus casas y el padre Joe se hallaba en su habitación del colegio de San Esteban mirando por la ventana con el rostro extrañamente serio.

10.-

Durante los dos meses siguientes Gabriella estuvo muy atareada haciendo sus labores domésticas, asistiendo a misa, estudiando y trabajando alegremente en el huerto. Estaba escribiendo un nuevo relato,y era tan largo que cuando la madre Gregoria leyó la primera parte dijo que iba camino de convertirse en una novela. Estaba orgullosa de Gabriella y hasta la hermana Anne había dejado de molestarla.

A mediados de junio, cuando el calor empezó a apretar en Nueva York, las monjas mayores se fueron al convento de Catskills para su retiro estival. Las demás hermanas se quedaron para trabajar en el hospital Mercy y en la escuela de verano. Las postulantes y novicias, por su parte, raras veces salían del convento y el verano no era una excepción. La madre Gregoria también se quedó. Llevaba años sin tomarse unas vacaciones, un privilegio que reservaba a las monjas más mayores.

Un grupo de hermanas misioneras llegó a la ciudad y se alojó en el convento de San Mateo, y las historias que contaban sobre África y Sudamérica eran fascinantes. Gabriella se preguntó si algún día sentiría el deseo de ser una de ellas, cosa que no contó a la madre Gregoria para no entristecerla, y cuando las misioneras se fueron, escribió hermosos relatos sobre lo que había aprendido de ellas. Después de leerlos, la hermana Emanuel insistió en que debían ser publicados. Pero Gabriella sólo escribía por placer. La escritura era una afición que la liberaba. Tenía la impresión de que no era ella quien escribía, sino un espíritu que la utilizaba como vehículo. Cuando escribía sentía que no existía, que era un cristal por el que otro espíritu miraba. Era una sensación difícil de explicar, y la única persona que supo de ella fue el padre Joe el día que la encontró escribiendo en un banco del jardín y comiendo una manzana. Tras pedir permiso, leyó lo que Gabriella había escrito y se emocionó profundamente. Era la historia de un niño que había muerto y regresado a la tierra para perseguir la injusticia y traer paz a los hombres.

– Debería publicarlo -dijo él. Tenía la tez bronceada porque había estado jugando al tenis en Long Island con unos amigos. Gabriella pensó enseguida en sus padres. Era la primera vez que oía a alguien habla de tenis desde que era niña. Aunque estaba segur de que en la universidad había tenido compañeros aficionados a ese deporte, nunca se relacionó con ellos-. Hablo en serio -insistió el cura-. Posee un gran talento.

– No, no es así. Simplemente me gusta -entonces Gabriella le habló de la sensación que experimentaba cuando escribía, del espíritu que parecía atravesarla-. Cuando me hago consciente de que estoy escribiendo me quedo en blanco. Pero cuando me dejo llevar y me olvido de mí misma, las palabras salen solas.

– Me está asustando -bromeó el padre Joe, pero la comprendía muy bien y estaba impresionado-. Quienquiera que lo haga, debe continuar. Por cierto ¿cómo le van las cosas?

Había disfrutado de una semana de vacaciones y tenía la sensación de que hacía siglos que no veía a su amiga.

– Bien. Hemos estado organizando el almuerzo del 4 de Julio. ¿Vendrá?

El convento de San Mateo organizaba una barbacoa cada año. La madre Gregoria era muy buena a la hora de celebrar festividades importantes. Era la forma que tenían las hermanas de mantener el contacto con sus amigos y familiares. Gabriella miró al padre Joe y tuvo la sensación de estar hablando con un hermano. Casi sin esfuerzo estaban forjando una profunda amistad.

– ¿Es una invitación formal? -preguntó él, presa de la misma sensación.

– Usted no la necesita. Asistirán todos los sacerdotes, secretarios y monaguillos de San Esteban. También vendrá bastante gente del hospital y algunas familias, aunque muchas estarán fuera de la ciudad.

– Yo no. Este mes me toca trabajar seis días por semana. Me tienen muy ocupado salvando pecadores.

– Como ha de ser -Gabriella sonrió y le tendió una ramita de menta y un puñado de fresas-. Si no le importa que no estén lavadas, pruébelas. Están deliciosas.

Él se llevó una fresa a la boca y puso cara de éxtasis.

– Qué maravilla.

Cualquiera que le hubiese visto no habría sabido discernir si se refería a la fruta o a Gabriella. Parecía muy contento de volver a verla. La acompañó al vestíbulo para que ella solicitara un envío de semillas a la hermana encargada de los suministros de jardinería y le comunicó que aceptaba encantado la invitación a la comida del 4 de Julio.

Al día siguiente se vieron en el confesionario y charlaron afablemente. Gabriella se había acostumbrado al estilo relajado del padre Joe y no tenía mucho de qué confesarse. El sacerdote le dio la absolución y, una vez terminadas las confesiones, salió del confesionario y se detuvo para saludarla.

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