El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– ¿Qué le parece si los curas de San Esteban nos encargamos de la barbacoa? -se ofreció.
Gabriella agradeció la sugerencia. Era uno de los pocos trabajos que detestaba. El humo se le metía en los ojos y le resultaba muy incómodo manejar las brasas con el hábito puesto. Para los curas era más fácil, pues siempre acudían a las comidas con camisetas y tejanos.
– Tendré que preguntárselo a la hermana Emanuel, pero seguro que aceptará encantada. Las barbacoas no son nuestro fuerte.
– ¿Y qué me dice de un partido de béisbol?
– ¿Qué?
– San Mateo contra San Esteban. Aunque si cree que sería mucha desventaja para ustedes, podríamos mezclar los equipos.
– ¡Qué gran idea! Hace dos años jugamos un partido entre las monjas y nos divertimos mucho.
El padre Joe la miró con fingida gravedad.
– No estamos hablando de algo irrisorio, hermana -dijo haciéndose el ofendido-. Esto es serio. Los curas del San Esteban tienen el mejor equipo de la archidiócesis. ¿Qué me dice?
– Tendrá que preguntárselo a la madre Gregoria, pero seguro que le encantará la idea. ¿En qué posición juega usted? -preguntó Gabriella con tono burlón, aunque la comida del 4 de Julio empezaba a ponerse realmente interesante.
– De lanzador, por supuesto. Sepa que este brazo fue seleccionado por uno de los mejores equipos de segunda de Ohio.
Era evidente que el padre bromeaba, pero también era cierto que le encantaba jugar al béisbol.
– ¿Y qué ocurrió? ¿Por qué no está con los Yankees?
– Porque Dios me hizo una oferta mejor el cura sonrió, feliz de hablar con su joven a miga de algo tan mundano como el béisbol. Casi siempre conversaban sobre cosas serias, como sus vidas, su pasado y sus respectivas vocaciones-. ¿Y en qué posición juega usted?
– Creo que se me da muy bien la posición de bateadora -respondió Gabriella con fingida solemnidad. Desde luego, jamás había practicado ningún deporte. Vivía en el convento desde los diez años y su ejercicio físico se limitaba sus paseos por el jardín.
– En ese caso la pondremos fuera del diamante -dijo el cura, y prometió hablar con la madre Gregoria antes de marcharse.
En pocos días el rumor sobre el gran partido, como acabaron llamándolo, se extendió por todo el convento. A la madre superiora le encantó la idea. Las monjas no paraban de cuchichear sobre el acontecimiento. Algunas no habían vuelto a jugar al béisbol desde la infancia, otras fanfarroneaban de lo buenas que eran y las postulantes discutían amistosamente acerca de las posiciones que querían ocupar. La hermana Agatha, de constitución regordeta, insistía en que quería jugar entre la segunda y la tercera base.
Y cuando el gran día llegó, todo el mundo estaba impaciente. La comida, como siempre, fue abundante, y los curas de San Esteban se hicieron cargo de la barbacoa. Había salchichas, hamburguesas, pollo, costillas, patatas fritas y las primeras mazorcas de maíz del verano. También había helado casero y tarta de manzana. Un cura comentó que parecía que las hermanas se hubieran vuelto locas en la cocina. La gente estaba encantada. Aparte de la Navidad, el 4 de Julio era la fiesta predilecta del convento. Y cuando la comida se acabó y la última porción de helado cubrió la cara del último niño, hablaron de béisbol.
El padre Joe era, naturalmente, el capitán del equipo de San Esteban, el cual organizó de forma sumamente profesional y ecuánime. Los curas y las monjas habían decidido, mediante votación, que el partido sería más emocionante mezclando los sexos. Tal como Joe había prometido, Gabriella jugó fuera del diamante para el equipo de San Esteban. Hasta la hermana Anne parecía relajada. Jugaba de primera base por San Mateo. Los curas tenían ventaja al ir vestidos con tejanos y camiseta. Las monjas, en cambio, llevaban el hábito y se sujetaban la toca como mejor podían. Pero pese a los largos faldones, asombraron a todo el mundo con sus carreras, que realizaban casi con la misma agilidad que los hombres. Y la gente gritó de entusiasmo cuando la hermana Timmie se deslizó sobre la tercera base sin enseñar las piernas. La hermana de la lavandería, no obstante, dijo que ese hábito ya nunca sería el mismo. Y cuando la hermana Inmaculada hizo una carrera completa para San Mateo, ambos equipos estallaron en vítores y aplausos. Era un gran día para todos. El equipo de San Esteban ganó sólo por un punto y l madre Gregoria sorprendió a todos con limonada, cajas de cerveza y deliciosas galletas de limón hechas por las novicias. Gabriella no recordaba haberse divertido tanto en su vida, y cuando ella y el padre Joe hicieron un análisis del partido, él alabó su juego mientras ella reía y mordisqueaba una galleta.
– ¿Bromea? Me pasé el partido rezando para que la bola nunca pasara por mi lado, y gracias al Señor no lo hizo. No sé qué hubiera hecho.
– La habrían eliminado, probablemente -bromeó el cura.
La gente lo había pasado en grande y lamentaba que el día tocara a su fin. Las familias se marcharon a sus casas justo antes de la cena y los curas y monjas compartieron las sobras de la barbacoa. Había suficiente para todos, y después de cenar se sentaron en el jardín para admirar los fuegos artificiales que iluminaban el cielo.
– ¿Cómo celebraba el 4 de Julio cuando era niña? -preguntó el padre Joe con su particular voz profunda.
Gabriella se echó a reír. Ambos estaban de muy buen humor.
– Escondiéndome en el armario y rezando para que mi madre no me encontrara y me diera una paliza.
– Supongo que es una forma de pasar el día -respondió él, tratando de restar importancia a un asunto que, para ella, siempre sería doloroso.
– En aquel tiempo sobrevivir era un trabajo que me ocupaba todo el día. Sólo recuerdo haber celebrado las festividades anuales aquí. Siempre me ha encantado la fiesta del 4 de Julio.
– Y a mí -miró a Gabriella con una ternura que la sorprendió-. Cuando era pequeño solíamos acampar con amigos. Mi hermano y yo intentábamos comprar bengalas, pero nadie quería vendérnoslas.
Gabriella le miró atónita.
– No me había dicho que tuviera un hermano.
El padre Connors la miró fijamente a los ojos.
– Se ahogó cuando yo tenía siete años -dijo tras un breve silencio-. Él tenía nueve… Fuimos a nadar al río y le atrapó un remolino. Mis padres nos tenían prohibido ir al río. -sin darse cuenta, sus ojos se llenaron de lágrimas. Y sin pensarlo, Gabriella le acarició la mano y algo casi eléctrico pasó entre ellos-. Cuando le vi desaparecer la primera vez no supe cómo reaccionar… era verano y todo estaba muy verde, y no encontré ninguna rama lo bastante larga para tendérsela. Me quedé allí, mirando cómo mi hermano desaparecía una y otra vez, y luego corrí a buscar ayuda… pero cuando regresé… -se detuvo. Ella tuvo ganas de abrazarle, pero sabía que no podía-. Se ahogó antes de que pudiéramos rescatarlo… No pude hacer nada para salvarlo… y siempre tuve la sensación de que mis padres me culpaban de su muerte. Nunca me lo dijeron, pero yo siempre lo supe… se llamaba Jimmy. -las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas cuando Gabriella le acarició de nuevo la mano y esta vez él la sostuvo.
– ¿Por qué razón iban a culparte? No fue culpa tuya, Joe -era la primera vez que Gabriella lo tuteaba, pero ninguno de los dos lo notó.
Él vaciló antes de contestar y retiró la mano para enjugarse las lágrimas.
– Fui yo quien le pedí que me llevara al río. Fue culpa mía. No debí pedírselo.
– Tenías siete años. Tu hermano pudo negarse a acompañarte.
– Jimmy nunca me decía no. Estaba loco por mí… y yo por él. Nunca fue lo mismo después de su muerte. Mi madre perdió la alegría.
Gabriella se preguntó si ahí residía uno de los motivos por los que ella se había quitado la vida. Quizá, después de haber perdido a su hijo, el repentino fallecimiento de su marido había sido demasiado para ella. Con todo, haber dejado a Joe huérfano había sido una crueldad. Gabriella lo consideraba un acto sumamente egoísta, pero no dijo nada.