Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
Y por la noche… En fin, ya verían lo que hacían.
Hasta entonces se concentró en el informe de Wexford, que siempre devoraba de un tirón antes de releerlo con detenimiento, fijándose en los detalles.
CAPÍTULO 10
Cuando Con llegó a Dunbarton House, descubrió que ya había varios invitados en el salón, a quienes conocía en mayor o menor profundidad. Sin embargo, solo vio realmente a dos, a Elliott y a Vanessa, los duques de Moreland.
Hannah se acercó a él con la mano derecha extendida. Esbozaba su característica sonrisa arrogante y tenía los párpados entornados.
– Señor Huxtable -lo saludó-, es un detalle que haya venido.
– Duquesa. -Le hizo una reverencia mientras aceptaba su mano, aunque ella se soltó antes de que pudiera llevársela a los labios.
– Supongo que ya conoce a todo el mundo -comentó-. Por favor, sírvase un poco de té y pastas y únase a los demás. -Señaló con gesto vago la mesa, donde una criada estaba sirviendo el té.
Y se alejó para reunirse con Elliott y Vanessa, con quienes se sentó y charló, desentendiéndose del resto de los invitados.
¿Era una actitud deliberada?, se preguntó Constantine.
Por supuesto que lo era.
Elliott, que se había tensado considerablemente al verlo entrar, se sumó con presteza a la conversación. Parecía relajado, interesado y feliz. Desde luego sonreía mucho más de lo acostumbrado. Aunque era inevitable que se encontraran con relativa frecuencia en la misma estancia durante la temporada social y que incluso se vieran obligados de vez en cuando a mantener una charla cordial, Con rara vez miraba a su primo, su antiguo amigo, de un tiempo a esa parte. Pero su impresión era cierta, ya que se había percatado mucho antes, si bien no lo había analizado. Elliott era feliz. Llevaba nueve años casado, tenía tres hijos que iban desde los ocho años hasta unos pocos meses de vida, y estaba contento.
Recordaba una época en la que Elliott consideraba el matrimonio como una tortura a evitar en la medida de lo posible. Hasta que llegara el momento se limitaba a disfrutar de la vida al máximo. Los dos lo habían hecho. Cuanto más peligrosa era una aventura, más les gustaba. La muerte del padre de Elliott lo cambió todo… y también cambió a su primo. Porque de repente se convirtió en vizconde, en el heredero a un ducado… y en el tutor legal de Jonathan, el conde de Merton. Y de un día para otro se transformó en un hombre serio y sin sentido del humor, en un hombre consumido por una devoción absoluta hacia el deber.
Con cogió un plato y una taza de té y se unió al resto de los invitados, como le habían dicho que hiciera. Se le daba bien relacionarse con los demás. Claro que ¿a qué dama o caballero bien educado no se le daba bien? La habilidad para entablar conversaciones banales era un atributo indispensable entre las clases altas.
El problema de las conversaciones banales, sin embargo, era que permitían que la mente divagara y se pusiera a pensar en cualquier cosa que le apeteciera.
Vanessa estaba envejeciendo bien. Ya habría pasado de los treinta. No era tan guapa como sus hermanas, pero siempre había sido cariñosa, vivaracha y simpática, y todas esas cualidades trascendían la belleza física. Le cayó bien desde el principio. Cuando llegó a Warren Hall con Stephen y sus hermanas poco después de la muerte de Jon, él se encontraba consumido por el odio y el resentimiento. Se quedó para recibirlos solo porque Elliott le había ordenado que se fuera. Sin embargo, sentía algo extraño con respecto a la muerte de Jon, y era que su hermano no desapareció cuando enterraron su cuerpo en el cementerio. Se trasladó a una parte de sí mismo que mucho se temía que era su corazón, de modo que le resultaba imposible mirar ciertas cosas o a ciertas personas sin verlas tal como Jon las habría visto.
A Jon le habría encantado descubrir que tenía nuevos primos. Nuevas personas a las que amar. Y a él le resultó muy fácil encariñarse de Vanessa porque era imposible odiarla.
Llevaba años intentando no pensar en ella. Le había hecho daño. Él le presentó con toda deliberación a la antigua amante de Elliott en el teatro poco después de casarse, y luego había acompañado a esa mujer a un baile en casa de Elliott y Vanessa. La alta sociedad en pleno fue testigo del momento. Lo había hecho para avergonzar a su primo, por supuesto. Pero a la postre había humillado a Vanessa y le había provocado un sufrimiento indecible. Después, Elliott le contó barbaridades sobre él, y con la misma resolución y franqueza con la que parecía abordar todos los problemas de la vida, Vanessa lo llevó a un aparte en los jardines de Vauxhall una noche y le soltó sin pelos en la lengua lo que pensaba de él, añadiendo que esperaba no volver a verlo nunca y que no volvería a dirigirle la palabra por voluntad propia en lo que le quedaba de vida. Una promesa que había mantenido.
El recuerdo de aquella conversación seguía remordiéndole la conciencia. Y no podía hacer nada en absoluto para cambiarlo. En su momento se disculpó por haberla expuesto deliberadamente a semejante humillación. Vanessa se negó a perdonarlo. No había nada más que decir al respecto.
¿Por qué había invitado la duquesa a los duques esa tarde si sabía que no se hablaban? ¿A qué estaba jugando? ¿Y durante cuánto tiempo iba a permitir él que siguiera el juego?
No mucho, decidió. Se lo dejaría bien claro más tarde, cuando la acompañara al parque. Aunque allí no podrían mantener una conversación en privado. Así que tendría que buscar la oportunidad de hacerlo.
La duquesa no pasó todo el tiempo con Elliott y Vanessa. Circuló entre el resto de sus invitados y demostró ser una anfitriona amable y acogedora. Con había asistido a algún que otro baile organizado por ella en el pasado, pero nunca había estado en una de sus reuniones más íntimas.
Lord Enderby la invitó con gran deferencia a llevarla a dar un paseo por el parque más tarde.
– Siento muchísimo rechazar su invitación, lord Enderby -rehusó ella-. Ya he aceptado la invitación del señor Huxtable.
Con se percató de que todas las miradas se clavaban en él. En el caso de que alguien hubiera descartado por imposible el rumor que debía de llevar circulando desde hacía una semana, seguramente ya no tendría dudas al respecto. Porque no la había invitado durante ese té, y todos se habían dado cuenta. De modo que quedó claro que lo habían acordado de antemano.
– Tal vez en otra ocasión -le dijo ella a Enderby.
Sus palabras actuaron a modo de señal para que los invitados se marcharan. Con se quedó junto a una de las ventanas, con la vista clavada en el exterior y las manos entrelazadas a la espalda mientras la duquesa despedía a sus invitados.
– Voy a por mí bonete y nos vemos en la acera -le dijo ella cuando se quedaron a solas.
Y se marchó antes de que él pudiera darse media vuelta.
¿Eran imaginaciones suyas o había un deje gélido en su voz?
¿Qué sentido tenía semejante actitud?
Sin embargo, lo supo de repente. O estuvo casi seguro de saberlo. Qué tonto había sido al no darse cuenta antes, de hecho… Esa misma mañana, en cuanto recibió su parca nota. O la noche anterior, en cuanto desapareció sin dirigirle la palabra.
Le había hecho unas preguntas indiscretas a su amiga durante el baile y ella lo había descubierto de alguna manera.
Además, ¿dónde estaba la señorita Leavensworth esa tarde?
Bajó las escaleras. Se percató de que su tílburi ya estaba delante de la puerta.
– ¿Dónde está la señorita Leavensworth esta tarde? -preguntó Constantine mientras la ayudaba a subir al alto asiento de su tílburi, tras lo cual rodeó el carruaje para sentarse junto a ella y hacerse cargo de las riendas.
A Hannah le encantaba pasear en tílburi. Pero el paseo de esa tarde no era por diversión. Estaba de mal humor. Abrió la sombrilla y se cubrió con ella.