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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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Era un favor excesivo, teniendo en cuenta las costumbres de la policía en general, y sobre todo las de la francesa. Excesivo e insuficiente. No creía que Pingaud nos hubiera mentido; no podía tratarse de una investigación fingida ni de una historia ficticia. Desde luego el comisario Leclerc estaba jubilado, pero nada habría sido más fácil que reunirnos con él en alguna parte. Comprendía que no nos quisieran enseñar las actas, que aquello era algo sagrado para ellos, pero el magnetófono sugería que su intención era atajar cualquier discusión por adelantado. La mera información tenía que bastarnos. A un magnetófono no se le pueden formular preguntas. ¿Qué se escondería detrás de todo esto? En cuanto a Barth, o estaba tan perplejo como yo, o quería —o tal vez debía— guardar sus dudas para sí mismo. Todo esto se me pasó por la mente como un relámpago al tiempo que surgía del magnetófono una voz profunda, segura de sí misma y un poco entrecortada:

«Señor, para evitar malentendidos… le contaré lo que puedo contarle. El inspector Pingaud responde por usted, pero hay cosas que no pienso revelar. Conozco el dosier que usted ha traído consigo, lo conocí antes que usted, y voy a darle mi opinión al respecto: no contiene ningún material de investigación. ¿Comprende a qué me refiero? Profesionalmente, no me interesa lo que no entra en los párrafos del código penal. Hay en el mundo miles y miles de cosas incomprensibles, platillos volantes, exorcismos, tipos que desde la pantalla de la televisión doblan tenedores a distancia, pero nada de esto me concierne como policía. Como lector del France Soir puedo ocuparme de ello durante cinco minutos y decir: “¡Vaya!”. Por lo tanto, al afirmar que en esta historia italiana no hay material para una investigación, puedo equivocarme, pero no en vano tengo a mis espaldas treinta y cinco años de trabajo policial. Por otra parte, si usted no comparte mi opinión, es cosa suya. El inspector Pingaud me ha rogado que le exponga un caso del que me ocupé hace dos años. Cuando se lo haya contado, comprenderá la razón de que no apareciera en la prensa. Seré brusco y le diré que si intentara hacer público este material, todo sería desmentido. No tardará en comprender por qué. Se trata de una razón de Estado y yo soy un policía francés. Le ruego que no se ofenda; es una cuestión de lealtad profesional, y he tenido que emplear las formalidades acostumbradas.

»El caso mencionado pasó a las actas. Estuvo a cargo de la policía, de la Sûreté y finalmente del contraespionaje. Los autos están archivados y pesan en su conjunto varios kilos. Pero empecemos. El sujeto principal es un individuo llamado Dieudonné Proque. El nombre de Proque no suena a francés. El sujeto se llamaba anteriormente Procke, pues era un judío alemán emigrado a Francia con sus padres en su juventud, durante la época de Hitler, en el año treinta y siete. Los padres eran burgueses y, hasta la época nazi, fervientes patriotas alemanes. Tenían en Estrasburgo parientes lejanos, residentes en Francia desde el siglo xviii. Me remonto a tiempos tan lejanos porque lo investigamos en profundidad, tal como solemos hacer en los casos complicados. Cuanto más enigmático es un caso, tanto más profundamente hay que buscar. El padre no le dejó nada al morir. Proque estudió Óptica. Durante la ocupación residió en Marsella, en la zona libre, en casa de unos familiares, y el resto del tiempo, a excepción de estos seis años, vivió en París, en mi mismo arrondissement. Poseía una pequeña óptica en la Rue Amélie, y el negocio no le iba demasiado bien. No tenía dinero y no podía competir con las tiendas importantes. Vendía poco y se dedicaba sobre todo a reparaciones, a cambiar cristales de gafas y muchas veces a arreglar juguetes. Esto es, no se dedicaba solamente a los aparatos ópticos. Era el óptico de la gente sin dinero. Su madre le sobrevivió; vivía con él y llegó casi a los noventa años. Era un solterón empedernido y tenía sesenta y un años cuando ocurrió lo que voy a relatarle.

»Proque no tenía antecedentes penales, no figuraba en nuestros ficheros pese a que sabíamos que su taller fotográfico, que había montado en la parte trasera de la tienda, no era una afición tan inofensiva como él daba a entender. Hay gente que gusta de tomar fotografías de desnudos, no necesariamente pornográficas, y que no saben o no quieren revelarlas ellos mismos, y entonces necesitan a una persona de confianza que lo haga por ellos. Tiene que ser una persona honrada, alguien que no haga copias extra para sí mismo o para otros. Hasta cierto límite, esto no constituye un delito. Hay gente que pone a otros en situaciones comprometedoras y los fotografía en secreto con el fin de hacerles chantaje. En nuestro fichero figuran unos cuantos tipos de estos, y no es aconsejable para ellos tener una cámara oscura propia o un fotógrafo con antecedentes penales. Proque se dedicaba a estos menesteres, pero con moderación. Sabíamos que revelaba esta clase de fotografías y que solía hacerlo cuando necesitaba una inyección de dinero. Pero no existía ningún motivo para tomar cartas en el asunto. Hoy en día hay muchas otras cosas que reclaman la atención de la policía, siempre corta de presupuesto, de medios y de personal. Por otra parte, Proque no ganaba mucho con este trabajo. Nunca se había atrevido a exigir mucho a sus clientes. Era cauto y de naturaleza temerosa, y vivía bajo el dominio de su madre. Sus días se regían con la regularidad de un reloj. Todos los años se marchaban de viaje, siempre en julio, siempre a Normandía, a un piso de tres habitaciones atestadas de trastos viejos, encima de una tienda. La pensión era antigua y los inquilinos, siempre los mismos, se conocían desde hacía años, desde antes de la guerra.

»Tengo que describirle a Proque, ya que ello tiene cierta importancia para mi relato. Era bajo, estaba prematuramente encorvado, tenía un defecto en el ojo izquierdo —el párpado se le caía continuamente— y en la gente que no lo conocía mucho producía la impresión, en particular por la tarde, de que era sordo, algo estúpido o incluso distraído. Sin embargo, su mente era completamente normal, solo sufría accesos de cansancio, en especial por la tarde, provocados por un descenso de la presión arterial. Por eso tenía siempre sobre la mesa del taller un termo de café al que recurría cuando empezaba a cabecear durante el trabajo. Con los años, este cansancio, estos continuos bostezos, estos mareos, fueron repitiéndose de un modo cada vez más frecuente. Al final su madre lo mandó al médico. Fue a ver a dos doctores, que le recetaron unos estimulantes inofensivos cuyos efectos duraron poco tiempo. Esto que le digo era sabido por todos los inquilinos de la casa, cualquiera de ellos podría contárselo perfectamente. Es probable que también conocieran su negocio secreto de la cámara oscura. Era un hombre de lo más transparente. Lo de las fotos era en el fondo casi un juego de niños, comparado con lo que veíamos cada día en la policía. Por otra parte, yo pertenezco a la brigada criminal; las mœurs, las costumbres, diríase, morales constituyen un mundo en sí mismas. Después de lo ocurrido, las introdujimos en las investigaciones, pero sin resultado.

»¿Qué añadir para completar su retrato? Proque coleccionaba viejas postales, se quejaba de tener una piel muy sensible, no podía tomar el sol, pues le provocaba erupciones, y aparte de esto no era hombre que diera valor al hecho de estar bronceado. Pero en otoño del año antepasado su rostro se oscureció visiblemente, la piel adquirió un brillo cobrizo semejante al causado por los rayos ultravioleta, y sus viejos clientes o conocidos empezaron a preguntarle: “¿Qué pasa, señor Proque? ¿Va usted al solárium?”. Y él enrojecía como una doncella y explicaba a todo el mundo que no, que tenía una dolencia horrible, un furúnculo en cierto lugar fatal, y que, como ya duraba demasiado, el médico le había recetado sol artificial, vitaminas y un ungüento. Y hay que decir que no debía de ir muy descaminado, porque al final todos aquellos baños de sol hicieron que su estado mejorase ostensiblemente.

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