La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
»El taxi aún no se había perdido de vista cuando Proque intentó trepar a la barandilla del puente que cruzaba el Sena. Un transeúnte logró agarrarlo por una pierna y ambos se enzarzaron en una pelea. El taxista, que los había estado observando, saltó del coche, pero ni siquiera entre los dos pudieron reducirlo. Proque se libró de ellos a mordiscos y puntapiés, los empujó violentamente y volvió a subirse a la barandilla. Entonces apareció un policía, y los tres metieron a Proque en el taxi, donde continuó debatiéndose, fuera de sí; sobre el empedrado quedaron esparcidos los billetes de cien francos. Al final el policía logró colocarle las esposas y le pidió al taxista que los llevase al hospital. Cuando el coche arrancó Proque se quedó inmóvil junto al policía, inanimado como un saco, pero de improviso dio un brinco y, antes de que el policía pudiera echarlo hacia atrás, agarró el volante con las dos manos. El tráfico era intenso a aquella hora, y no tardaron en chocar contra otro coche, concretamente contra la puerta delantera de un Citroën, con tal violencia que la mano del conductor quedó aprisionada entre el volante y la puerta, rompiéndose la muñeca.
»Finalmente el agente, con ayuda de otro taxi, pudo ingresar a Proque en el hospital. Quizá por negligencia, no se tomaron su caso demasiado en serio. Proque se hallaba sumido en un estado de estupor, lloraba de vez en cuando, no contestaba a las preguntas, pero se mantenía tranquilo. Lo retuvieron para someterlo a observación, y durante la visita vespertina del médico jefe, cuando vieron que la habitación estaba vacía, pensaron que había huido. En realidad yacía debajo de la cama, envuelto en una manta que había estirado desde el lecho, y tan pegado a la pared que solo por casualidad se dieron cuenta de que estaba allí. Estaba inconsciente. Había logrado trasladar un trozo de navaja de afeitar a hurtadillas de su traje al pijama del hospital, y se había cortado las venas. Cuando lo hallaron, había perdido ya mucha sangre. Después de tres transfusiones dejó de temerse por su vida, pero más tarde surgieron complicaciones, ya que tenía el corazón débil.
»Yo me enteré de este caso al día siguiente de producirse el accidente en la Île Saint-Louis. En realidad no parecía ser asunto de la Sûreté, pero el dueño del Citroën tenía un abogado que vio en ello una magnífica oportunidad de fastidiar a la policía. La versión del abogado acusaba de descuido imperdonable en el ejercicio de su deber al policía que había permitido, durante el traslado de un loco furioso, que este se abalanzara sobre el volante del taxi en el que viajaban y lanzase el vehículo contra el coche de su cliente, causándole, además de heridas y daños materiales, un grave trastorno psíquico. Por consiguiente, la policía tenía que responder de ello. Seguramente se exigiría el pago de una indemnización —por supuesto, de las arcas ministeriales—, ya que el policía culpable del accidente estaba de servicio.
»A fin de contar con una cierta ventaja, el abogado informó en este sentido a la prensa. Con ello el asunto dejaba de ser un incidente rutinario y ascendía varios escalones, pues ahora entraba en juego el prestigio de la Sûreté, o mejor dicho, de la policía judiciaire, de modo que el jefe me llamó a su despacho y me encargó investigar el caso.
»El diagnóstico médico estableció originalmente un estado agudo de excitación psíquica, de síntomas parecidos a los de la esquizofrenia; pero cuanto más se examinaba a Proque, menos podía mantenerse este diagnóstico. Al cabo de seis días, era ya un hombre acabado, apenas vivo, visiblemente envejecido, pero por lo demás completamente normal. Al séptimo día de su estancia en el hospital hizo una declaración. Explicó que su cliente, en vez de darle los convenidos 1500 francos, le había dado solamente 150 porque no le entregó todas las copias. El lunes, mientras estaba montando los cristales de unas gafas, lo acometió súbitamente una cólera tal respecto a su cliente, que lo dejó todo y salió corriendo de la tienda “para ajustarle las cuentas”. No recordaba haber entrado en la pastelería ni haberse subido a la barandilla del puente sobre el Sena. Solo sabía que le había montado una escena al cliente en su domicilio y que este le había pagado el resto del dinero adeudado.
»Por la noche su estado empeoró con rapidez. Murió al amanecer de un fallo cardíaco. Los médicos fueron unánimes en dictaminar una psicosis reactiva. Aunque la muerte de Proque solo se relacionaba indirectamente con su delirio del lunes, el caso fue adquiriendo más importancia conforme fueron pasando los días. Un muerto es siempre un triunfo en la mano. La víspera de la muerte de Proque fui a ver a su madre, quien disfrutaba de muy buena salud mental para su edad. Me acompañó a la Rue Amélie un joven funcionario del departamento de narcóticos, quien mientras tanto debía examinar la cámara oscura y los preparados que Proque guardaba en ella. Estuve mucho rato con madame Proque, pues cuando por fin logré que se le soltara la lengua, no hubo modo de pararla. Al despedirme, me pareció de pronto oír sonar la campanilla de la tienda, pues la ventana estaba solo entornada. Mi acompañante se hallaba detrás del mostrador y hojeaba un libro de contabilidad.
»—¿Ha encontrado algo? —le pregunté.
»—No, nada.
»Pero su réplica se me antojó un poco confusa.
»—¿Ha entrado alguien?
»—Sí. ¿Cómo lo sabe?
»—He oído sonar la campanilla.
»—Sí —repitió él, y me contó lo ocurrido. Había oído la campanilla, pero como en aquel momento estaba subido a una silla (quería examinar la caja de conexiones eléctricas) tardó un poco en salir a la tienda. El visitante oyó que alguien se movía en el local de atrás y, convencido de que era Proque, dijo en voz alta:
»—¿Qué tal está? ¿Cómo se siente hoy, mi querido Dieudonné?
»Entonces el funcionario entró en la tienda y vio a un hombre de mediana edad, sin sombrero, que al advertir su presencia se sobresaltó e hizo ademán de dirigirse hacia la puerta. Aquí intervino la casualidad. En general los hombres del Departamento de Narcóticos van vestidos de paisano, pero aquel día se celebraba una pequeña fiesta porque uno de los inspectores había sido condecorado, y en su honor todos debían presentarse de uniforme. Y como la recepción estaba fijada para las cuatro, el muchacho ya iba de uniforme, para no tener que ir a su casa a cambiarse.
»Así pues, el desconocido se turbó bastante al ver ante sí a un policía uniformado. Dijo que venía a recoger sus gafas y mostró un recibo con un número. El policía contestó que el dueño de la tienda estaba enfermo y que por lo tanto no podría recoger sus gafas. Con esto quedaba dicho todo, pero el cliente no se movió del sitio. Al final inquirió con voz ahogada si Proque había enfermado de repente. Nuestro hombre asintió.
»—¿Es algo serio?
»—Bastante serio.
»—Yo… necesito las gafas con urgencia —dijo entonces el desconocido, evidentemente porque no se atrevía a formular una pregunta más concreta—. Pero ¿vive todavía? —interrogó al final.